jueves, 28 de enero de 2016

FRENÉTICO



Construimos murallas cuando el primer zarpazo nos hiere de verdad, es una reacción normal en la naturaleza del ser humano. Algo transitorio que suele quedar postergado en el olvido, cuando nuevos albores iluminan presentes y auguran boyante futuro.—Apagando el habano en el vidrio tallado del cenicero que descansaba entre ambos contertulios, sobre la redonda tabla de roble americano pulido con gusto y detalle. El humo contaminaba la angosta sala nada humilde mientras el fumador pasivo tomaba notas esporádico, mirando al anciano para desviarse fugaz escribiendo en aquella libreta del baratillo.—Siempre existen los que se pierden ante la adversidad y agarran esas sendas introspectivas encerrándose en sus mundos incoherencia, la enfermedad mental, la muerte social y la impotencia de sus cuidadores, nosotros. Y en este edificio hay demasiado de ese infierno, señor, tanto, que incluso falsos rumores se han convertido en leyendas urbanas para desembocar en presuntas maldiciones, cuando la única anatema que existe entre estos muros son los pacientes, sus dolencias, y como apunté, el perverso abandono de sus seres queridos... Esos que aman a los suyos con palabras frente a otros, con cóctel exquisitez en mano y adornado de olvidos antes y después de la falaz barbarie soez, para devolverse a la perversidad allá en sus vidas. A priori de sus futuros infiernos aun sin llamaradas y azufre, esos llegan después. Dependiendo de credos, por supuesto.

No podemos culpar a la gente, consume fantasía. Aunque le doy mi palabra, trataré el tema con suma delicadeza, para mí es algo serio. No me gusta poner énfasis en las crudezas que aquejan a mis semejantes. Aunque debe reconocer que lo qué se dice de la habitación 500 como menos es extraño, se sale de la normalidad por estadística. Tantas muertes...

Disculpe si no le creo, joven. Muchos antes que usted aparecieron con sus ambiciosas novelas por escribir solicitando visitarla, y créame, nada salió como pensaban. Sus solitarios mundos de papel y párrafo bajo el cobijo eventual de árbol en banco de cualquier parque, dista de las realidades del resto de la humanidad. Por eso ustedes viven fantasías que trasladan a sus entretenidas obras y nosotros, el remanente, nos enfrentamos a las crudas regresando a nuestro hogar para sentarnos en el sillón, calzarnos las gafas y vivir sus divagaciones olvidando lo lejos que andan las ansiadas maduras... La habitación 500 sólo es una más... La muerte aparece cada semana como canto de línea en cualquier bingo o lotería caprichosa, no hay distinciones; la 500 lleva tres años vacía, desde que el último aventurado con miras en ventas vertiginosas y promoción con su rostro sonriente solicitó pasar una noche entera, gran error que pagó muy caro, joven. Los mismos años que lleva en el olvido la habitación que pretende, lleva su último morador como paciente 1543 de este hospital... Ustedes andan atiborrados de creatividad, influenciados por misterios que envenenan sus mentes y los convierten en sugestivos al borde de la locura, como le ocurrió a su colega, el que fuerte se presentó en esta misma sala y salió enfermo, en aras fantasías del cuarto.—Pegó ambas palmas sobre la mesa tamboreando dedos ritmado y sin apartar atención del escritor para decirle a media voz.—No puedo correr más riesgos, lo siento.

Mi padre me dijo en un momento de lucidez, entre borrachera y cogorza; (en esta vida manda la literatura, hijo; la razonable o razonada de los libros...—Colocando un sobre amarillento en la mesa.—...y la escueta que se puede leer en el papel moneda.)

Comprar la locura no es un buen negocio, seguro que su padre le aconsejaría de estar en esta sala que olvidase el asunto, ajumado o no. Pero ya es mayorcito para asumir consecuencias frente a sus actos.—Cazando y destripando el amarillento por fuera y morado por dentro a causa de los idénticos que esperaban nuevo propietario.—Firmará un documento donde eximirá de cualquier responsabilidad al centro hospitalario... Espero sinceramente que logre sus pretensiones, joven.

Decidió pasar la noche convencido que sacaría más jugo que en día ensordecedor, los constantes chillidos de los pacientes que tanto detestaba, las camillas transitando a toda leche por el corredor... Demasiadas distracciones para concentrarse en lo oscuro que encerraba la diabólica rebautizada en maldición, mito, pesadilla, locura y muerte; sobre todo muerte... Las habladurías las desechó cual piel frondosa de naranja borde haciendo lo propio con exageraciones de aquellos que hablaban en primera persona sin conocer siquiera la ciudad aun conociendo víctima. Fue meticuloso en sus indagaciones antes de dar el paso ya tomado por encontrar entre toneladas de paja un grano fluorescente, diferente, funesto y atrayente, embriagador y letal... La primera palabra de la locura... El manantial que le otorgaba la posibilidad de dar con ensoñación física, materializada por rarezas que para él resonaban cual promesa de mesías en los llanos áridos donde perdidos andan a ciegas, un rumor lejano y tan próximo como sueño, y no cualquiera, sino de la infancia, los primeros, los que comunican con claridad y se desvanecen entre el regazo del tiempo distorsión ayudado por la sociedad embaucadora... Un proyecto es idea que se labra, un milagro es labranza que te cosecha y acaba consumiéndote...

Me gustaría cenar en el comedor con los pacientes, observarles e interaccionar con ellos. Me ayudaría a comprender mejor el espíritu del lugar.—Solicitaba al viejo director del centro mientras atravesaban el largo pasillo de color hueso hacia el elevador, ya que la 500 se encontraba en la última planta, algo que favoreció la palabrería redundante y asusta viejas que escuchó o leyó en algún lado antes de embarcarse en el proyecto.

¿Quiere cenar con los enfermos? Es una extraña petición, no sé qué espera encontrar entre los perdidos en sus propias brumas.—Golpeando con el índice su frente.—Tendría que ser capaz de entrar aquí para comprender, algo imposible a no ser que crea en esas memeces de magias y credos recargados de agnosticismo exagerado. Pero no le negaré su petición, joven. Puede que vislumbrando la locura y sus tremendos efectos desista, llame a mi despacho, recupere el depósito y salga de aquí como alma lleva el diablo de una vez por todas. Algo que ya le recomendé y redundo interesado por su bienestar. Mi único objetivo, créame. Abandone su locura, indague otras historias.

No, llegado al punto que resta lo ideado y comienza a construir solidez, no abandonaría al igual que con tantas otras pesquisas similares y etéreas, puentes tendidos que parieron novelas asombrosas y cautivadoras dándole un nombre en el difícil universo bombilla de la agonizante literatura papel. El muchacho asintió entre mueca agrado y desafío mirada mientras su anfitrión le señalaba el camino al comedor tras escapar del ascensor. Entrar en la planta cumbre le supo a todo lo contrario, descender al abismo gélido del perdido en carnes, las propias. Incluso los ecos heredados del trajín diario del hospital olvido, producía sequedad casando con aromas moribundos de sanatorio campaña en el sanguinolento frente de muerte tiro adverso o suicidio tras agonía visión.

Doblaron hacia la derecha en sepulcro silencio que mellaba el espíritu descarado del erudito escriba, ansiaba tanto cruzar aquella puerta que comenzó a despertar su lado pueril que tanto le costaba disimular. Preguntas y fabulaciones pasaban de neurona a neurona en debate introspección que dibujaba tremendos convertidos en valles hermosos de vientos quietos, para deshacer y cambiar a prismas asustadizos que nacían del temor de temer, y no al reto encontrado tanto como deseado, miedo a sí mismo, el mayor enemigo de uno es uno. Y su mayor alianza, conocerse.

Le dejaré cenar tranquilo, cuando decida entrar en la quinientos dígaselo a Jorge, le atenderá en todo lo que necesite, es un gran enfermero que no habla demasiado al estar enfrascado diariamente con los pacientes. Aunque no le hace falta, las muecas, gestos, miradas... Un especialista del lenguaje no verbal.—Estrechando manos aún usando sus dos el anciano con mirada rota, despedida, vencida.—No divague en soledades, hijo; no se deje vencer por usted, salga siendo quien es ahora.

El terror es un sinsentido que busca argumento tras invadir el alma, aparece de sopetón recorriendo en alertas que resuenan agudas en el interno sin que el externo comprenda del todo la amenaza. Al igual que las manadas de herbívoros, conque sólo arranque un individuo le sigue el resto sin preguntar, sin advertir, sin vislumbrar... Ese sentir amorfo invadió un segundo al muchacho mientras las zarcas ventanas del experimentado relucían sentires casi patriarcales que chocaban con su mirada, seco sabor nostalgia de recuerdo olvidado que no era capaz de recordar. Quizás algún atardecer con su alcoholizado padre en uno de sus intentos por sanar, jugando a la pelota como cualquier otro niño frente a la casa desespero, la misma que vistió lutos cuando mamá murió, la misma que se transformaba cuando regresaba ese otro papá distinto, bellaco, desalmado y ruin... La mirada del doctor le insufló rarezas que acrecentaron por culpa del caótico ambiente depresivo...

Aún así, cenó junto a idos que no regresaban siquiera un segundo, escuchando divagación mezclada con lloros casi infantiles, babas, rarezas; eran un puñado de críos perdidos en fantasías hermosas que murieron quedando cual fotografía, sin avanzar ni retroceder, estancadas y borrosas, casi difuminadas, al borde de la extinción.

Ya estoy dispuesto, Jorge. Cuando quiera me conduce a la quinientos.

No le comprendo, en realidad no entiendo nada de esta tontería.—Murmuró más que hablarle con gesto prepotente y rancio, cansado, agotado por algún motivo incomprensible para el afamado escritor que no ahondó nada, simplemente caminó junto al enorme enfermero ojeando los números de los habitáculos cual niño que espera su turno para montarse en el parque de atracciones.

La quinientos... Dentro dejé una botella de agua como siempre, papel higiénico y utensilios de aseo. Junto a la cama tiene un pulsador por si necesita algo. Espero pase agradable velada, es lo que siempre les digo a mis enfermos, mi familia.

¿Cómo suena la puerta que abre la desesperación? Pues suena como el oído desespero escucha aunque no exista materialmente, sea humo, imaginación, puede que el prender de un pitillo, la risa coqueta de una joven, el jadeo desenfrenado de dulce amante entregada en lecho viento; en lecho viento parado. Aunque lo peor no es cuando se abre sino cuando retumba cerrándose a tus espaldas, es el pistoletazo de salida y no cabe marcha atrás... La locura no se sirve, te encuentra...

Paredes hueso, suelo hueso, marcos hueso, cama hueso... Se ve que el presupuesto cuando construyeron el edificio andaba corto.—Susurró dejando su libreta sobre la mesita de noche y sin apartar mirada de la única ventana, colgada a una altura exagerada y con barrotes, sin hojas, nada. Parecía alumbrera de viejo castillo medieval, aunque los radiadores le tranquilizaron al no sentir el imperante frío de la estación dueña de éste.

Sentado sobre el colchón observó detallado los azulejos a media pared cuadrados, antiguos, viejos; con sus juntas deterioradas y bastante lejos del plomo impuesto por el albañil que los colocó. No hacía frio y presintió cierta familiaridad en lo desconocido que lo alejaba del susto impacto que narraban las leyendas acerca de la maldita habitación. Por eso sacó el libro donde descubriera las negras habladurías para contrastar sus descripciones con la presente... Tumbó, cruzó las piernas y leyó...

... Flaca estancia con miasma rancia en conquista sigilo, brota del baño enano confundiéndose con el leve viento sutil colado por la tronera extraña que retrae imagen carcelaria. Cuando alcanza la barriga del piso gres amaga terrazo materno, merma del gélido al cálido y viceversa. Es la primera rareza que se presenta sin apenas llamar la atención. Uno debe pasar meses para advertir las primeras que traen las tremendas... Lo frenético del angosto reclusión no está en sus paredes, ni en el silencio de los trabajadores que intervienen e interaccionan desde afueras hacia adentros que se niegan rotundos a la comprensión ahogándose en el desespero de la mentira... La vida luz ofrece pago peaje a cambio de verdad huida de uno mismo, marchada al abismo donde perdido vive, encerrado en sí mismo y a la vez encerrado redundante en otros egos que parió con sus miedos.

Entre estas paredes han muerto tantos como nacieron otros, sin espejo donde observar la obra fatídica, sin criba de tiempo, sin perdones ni reconocimientos... Sólo son el adverso del derecho que jamás se encuentran pese a los fármacos y las atenciones tumbados en diván desesperanza. La maldición se vuelve certera cuando se cree maldito, se bebe del cáliz pecado... Una sobrecarga basta para deshacer el entuerto o volverlo a multiplicar... Puesto que en el pecho, cosido al uniforme invisible de quién pulula países invención radica realidad negada... Eres oscuridad que no teme a la luz aun nacida de ella, de sus sombras recodo... Eres el hijo del padre aun siendo el padre que mató al hijo, un maldito que pierde fuelle por no aceptar sus atrocidades... Eres yo...”

Cerró la lectura dejándola en un extremo de la cama, porque donde cedió, terminaba el texto...

Hijo, ve a por la pelota y juguemos un partido mano a mano.—Arropando sus carnes con la solitaria colcha numerada, como casi todo.—Hijo, respira... Háblale a papá porque papá dejó la bebida y volvió a casa. Mamá nos espera en mesa, hijo, hijo...Hijo...Hijo...Hijo...Hijo...Hijo...


Amaneció con espléndido día animado que animaba más que su predecesor, cuando el fornido y callado enfermero abrió la quinientos dando buenos días con el mismo humor que amaneciera.
Torpe y confundido se levanto el escriba recogiendo sus pertenencias para decir en tono seriado al bonachón parco en parla:

Escuché una historia increíble de una habitación maldita, la quinientos. Me ducharé en un periquete para indagar más, creo que es el argumento que necesito para lanzar mi prometedora carrera como escritor, hijo. Papá ha vuelto, estoy curado, ya no bebo. Tu madre te espera en la mesa, anda ve.—Agarró un puñado de papeles morados que metió en uno de los amarillentos sobres del cajón mesita.—Esta vez lo conseguiré hijo.—Saliendo por la puerta con su pijama reclusión donde figuraba el número 1543 y la libreta cuadriculada, decidido en conseguir pasar una noche en la habitación maldita, la leyenda que leyó en algún lado, en algún escrito, novela, relato o apunte en la primera hoja de su cuadriculada...