miércoles, 27 de enero de 2016

La receta del mejor salami

LA RECETA DEL MEJOR SALAMI por Dadelhos Pérez


No volvimos a saber más de aquel extraño que cambió por completo nuestras vidas. Fue un relámpago sin trueno ni lluvia que iluminó almas mermando ansia, un auténtico milagro dentro del paupérrimo sin sentido de nuestro quehacer diario. Nos alimentó, sin duda.
Mentiría si colocase sobre la mesa lo que demasiados entendieron tras la marcha del diferente, soy consciente de todo y nada a la vez, al ser un mentecato anciano que vive en sus soledades cuidando mis plantas y leyendo las prosas de autores que ensoñaron otras vidas, añoranzas o deseos, vaya usted a saber.
Mis días han sido iguales durante décadas, acabando en el porche de mi humilde casa para admirar el todo maravilloso que despunta cuando el crepúsculo mata pariendo noche, porque así son las cosas, morir para que otros vivan, falaz interpretación de la existencia, lo sé, es resquemor por la hipocresía desmedida del famélico ser humano, odio todo lo referente a esa mierda que perdurará incluso cuando la tierra decida ponerse loción mata piojos. Porque en eso nos hemos convertido, en meros chupadores insaciables de ella, nuestra auténtica madre.
El caso es qué una tarde primavera mientras preparaba el abono para las remolachas, plantación novedosa que cuidé esmerado por ver fruto más que por degustarlo, Ron se puso insolente con sus ladridos... Es mi viejo socio, lo recogí en la senda que conduce a mi casa, andaba solo, desorientado, entre lloros tanto como con el rabo entre piernas... El pequeño se zampó casi un litro de leche, el pan y los huesos sobrantes del cocido. Nunca vi comer tanto a un animal tan pequeño. Semanas después le pillé lamiendo las viejas botellas de ron que guardo en el cobertizo y asombrado por su quehacer, destapé una vertiendo el licor en su plato. Desde entonces le llamo Ron, se lo bebió estoico sentándose a la espera de más. ¡Dios! Alcoholicé al cachorro por culpa de mis intrigas.


¿El extraño?
Disculpe, hace generaciones que no recibo visitas y la sin hueso anda igual de famélica que mi fiel aliado cuando lo recogí en la senda... El extraño, por supuesto...
De la verdad sólo queda su mensaje, cómo ya le dije, soy un viejo encorvado que vive soledades y consume letras para el espíritu. Y de aquello hace tanto que me siento mucho más viejo de lo que soy. Pero sí, apareció de la nada como los milagros que tanto predican los asiduos al pensamiento único, esos que también aparecen llamando a la puerta y vendiendo la verdad verdadera con corbatas y pelos peinados al estilo de los sesenta, el más recatado, sin duda. Y siempre sonríen cuando abres, mucho antes de comenzar su redundo sermón caza billetes. Es una lástima, ¿sabe? Actúan tan idénticos que se ve el plumero, los arduos ensayos orquestado por el pastor buena vida para que fieles en creencia se conviertan en mercaderes de la misma con la proclama Paga por el ascenso a lo divinomientras pasas calamidades en lo terrenal, añadiría cual puntilla perfecta al imperfecto negocio de la descarada estafa. Pese a que repitan una y otra vez que no obligan a nadie, ahí me han dado, el ladrón que se cuela en casa ajena tampoco, sólo pasa por allá y acá llevándose lo que no necesita el dueño o dueña.


Me parece más que interesante lo que me cuenta, señor. Pasaría toda la tarde bebiendo sus increíbles exprimidos de frutas azucarados y escuchando. Pero no vine por eso.
No entiendo la prisa que no grita su mirada, joven. En la mayoría de ocasiones correr es perder pues la meta es el final del recorrido. Le contaré lo que sucedió con aquel estupendo personaje, muchacho. ¿No le apetece probar mi salami? Lo preparo a conciencia con la receta que me enseñó mi madre, es un secreto que pasa de generación en generación. Desgraciadamente no me casé, mis pasos se alejaron de la sociedad demasiado pronto. Bueno, si caí prendado por la belleza estudiantil de una muchacha con voz canela, única y hermosa como las divas de cuadros imperfectos a manos perfectas que describe la belleza de modelos mezcladas con sentimientos amartelados del artista. Siempre me impresionó ver la implicación en los lienzos puros, los alejados de mercaderes o creadores sacamantecas, dinero, ya sabe. El artista genuino convertido en marca y azotado por las obligaciones de vender o morir, artísticamente, claro. No me refiero a la muerte inerte que nos convierte en nada...


El extraño, señor. ¿Le dijo cómo se llamaba?


No entiendo muy bien su pregunta, hijo. ¿Acaso no das tu nombre junto a tu mano cuando conoces desconocido?... Espera aquí en el porche con Ron, traeré unas rodajas de salami con una onza cuarteada de pan blanco, lo preparo cada mañana en el horno de leña, me encanta plantar, recoger y producir mis propios alimentos. Aunque confieso que llevo mal lo de sacrificar animales para los jamones, salamis y demás. Uno acaba cogiéndoles cariño, en el fondo y en la superficie son iguales a nosotros. Los cerdos, por ejemplo; su cariño es envidiable, por eso no puedo matar a Rosa, mi cerda hermosa que pasea por mis terrenos devorando todo lo que pilla a su paso. Y eso que Ron la vigila de cerca, pero nada, es incorregible. Aún recuerdo cuando destrozó la verja y devoró todas las lechugas, no dejó ninguna.


¿Por dónde iba? Ah, sí, claro. El salami y el jugo especial de la familia. Ahora mismo vuelvo muchacho, disfruta con Ron, no habla pero su mirada imperturbable es como la endiablada televisión, si te fijas en ella quedas embrujado. Puede que mueva el rabo sin levantarse, eso quiere decir que le lances cualquier objeto, su forma de hacer amigos. Si por el contrario no lo hace es que no le caíste demasiado bien. Pero que no te preocupe, zagal, a Ron no le gustan los trajes con corbata y relucientes zapatos, le recuerdan a los insufribles vendedores ambulantes, esos que llaman y si no estas, aunque no todos, acaban convertidos en los ladrones de los que te hablaba antes.




(Quedó a solas con el enorme perro de pelaje noche y raza desconocida, que sentado impasible tanto como inmóvil lo observaba petrificado, aquellos destellos que inquietaban aún sin mostrar ferocidad, más bien todo lo contrario. El joven delgado y no más allá de los treinta, harto de tanta insustancial charla, decidió acariciar la cabeza del can que seguía sumido en sus trece, estatua de carne, huesos y pelaje lustroso que enseñaba la buena vida esquivando la fatalidad gracias al pico de oro de su amo.)


No mueves la cola, ¿no te caigo bien? Pues, tú a mí sí. Pareces un buen animal, seguro que la vida en la granja te viene como anillo al dedo.


(Ron, entreabrió su dentada relamiéndose los morros rápido para olfatear al perfumado extraño que buscaba respuestas del semejante que también le acarició amistoso antaño, en el mismo lugar y con diferentes preguntas a las del novedoso. Para el can todos eran lo mismo, monos pelados disfrazados tras ropas raras y con falaces mimos que ocultaban el miedo que le tenían.)


¡Buen perro!
Aquí está, el mejor embutido de la comarca. Sí, sé que suena mal viniendo de mí, pero es lo que dice todo el mundo. Lástima, pues como comenté, detesto sacrificar a mis animales, es como asesinar familiares. Les veo nacer y corretear por las primeras luces de su vida, como acuden a mamá y juegan en el barro con sus hermanos. Luego, tras deducir que yo soy quien les cuida, se acercan temerosos olisqueando mis manos, todos los cerditos hacen lo mismo y yo no puedo evitarlo, les pongo nombre y les cuento historias. No es que sea un gran imaginativo, nada de eso, simplemente las que leí en algún momento de mi vida. En lo hondo sé que aprecian mi dedicación... Comprenderá lo difícil que resulta para mí agarrar el cuchillo, es un mal trago que paso cada año por estas fechas.


¡Está delicioso! ¡Nunca probé un salami tan sabroso como éste! Si abriese una tienda se haría de oro.—Exclamó tras catar el delicioso fiambre casero de rosado color atrayente y aroma que invitaba a la comilona.—¿Podría comprarle un par de kilos? Mi mujer quedará maravillada con esta exquisitez.
Ya le digo que estamos en temporada de matanza, la despensa anda algo vacía y un par de kilos lo veo difícil, joven. Pero si podría regalarle una cuarta, sé que no es mucho pero menos da una piedra. Si pasa dentro de un par de meses le venderé los deseados dos kilos si no más.


¿Podría darme la receta? Al fin y al cabo usted es el último de su familia, ¿no querrá que se pierda cuando le toque marchar?
Veo que su interés por el buen extraño merma por culpa de la gula bien intencionada. Eso está bien, un segundo saltado es vida perdida. En cuanto a la receta, muy a mi pesar no se la puedo dar, amigo. Sería una falta para con los míos aunque ya no estén en este mundo, debo respetar las tradiciones familiares. Pero beba del nuevo combinado que preparé exclusivamente para usted. Le puse algo de remolacha y zanahoria, le da un sabor especial que relaja el alma, la mente, y sobre todo el cuerpo. Todo un pecado que de conocer la gente moriría de placer alimentando.


Es usted amable, ameno y campechano, señor. Sabe tratar a sus invitados.—Agarrando el vaso lleno hasta los bordes para sorber y aterrizar suave sobre la tabla enana de entre ambos, el cristal.—Háblame del extraño, si no le importa.
Por supuesto, hijo, para eso vino. Como usted, se sentó en el porche y le invité a lo poco que tengo. También apareció por estas fechas hace demasiado. Es curioso, acarició a Ron y se maravilló con el salami, como tú. También quiso saber la receta y me encomendó pedido que no pude atender por el mismo motivo que no puedo atender el suyo. Hace falta materia prima y tiempo para el embutido, ya sea fiambres o longaniza, chorizo y demás. Cuando probó mi especial jugo quedó maravillado y muy agradecido, tanto, que me contó de sus anhelos hasta bien entrada la noche sin abrir en ningún momento su maletín.


¿No lo entiendo? No me habló de ningún maletín cuando me llamó por teléfono. Mencionó que se trataba del poeta, el extraño que pulula por las redes sociales y que le dejó un manuscrito. La gente de la aldea me contó que le vieron caminando hacia aquí, incluso alguien le fotografió accidentalmente. Salió detrás de su mujer que posaba con gesto agradable. Vi la foto y sin duda se trata del extraño compositor... No llevaba ningún maletín...
Puede que me confunda, soy un viejo encorvado que vive sedentaria vida ermitaña encerrado en mis tierras. Y como también mencioné, pasan demasiados vendedores de todo tipo y todos traen maletines o bolsas con sus tonterías vanas. Eso sí, prueban el salami y beben el jugo dando las gracias y siempre por estas fechas, cuando matanza y con la despensa vacía, una lástima, pero es la tradición de mi familia desde que mis antepasados levantaron el viejo caserío, hijo. Pero antes de seguir con nuestra agradable charla, termine el jugo y quitaré trastos del medio.


Por supuesto.—Liquidando el elixir vida dulzón de un solo trago, dejó el vidrio junto al plato donde descansaba el rico salami y la onza de pan blanco cuarteado, sintiendo cierto desfallecimiento.
La fecha de matanza es la peor del año para un viejo como yo, aunque la costumbre fortifica ante lo desagradable de la muerte. Es ley de vida, ¿verdad?, unos mueren para que otros vivan.


Perdone, no me siento demasiado bien.
No se preocupe, respire hondo y descanse unos minutos. Además es mejor así, ha hecho un largo viaje hasta las tierras del olvido, debió descansar en el viejo Motel, donde descansan todos antes de venir a visitarme.


¿Qué quiere decir? ¿Antes de visitarle, todos?
Cómo ya repetí hasta la saciedad, muchacho, estamos en tiempo de matanza. Y matar a uno de mis animales es como asesinar a un familiar, de ahí su visita, la de todos. El mejor ingrediente del salami es la grasa humana, lo descubrieron mis antepasados, lo explotaron vendiendo fiambres de calidad suprema como el que acaba de probar, puro salami de cristiano busca dinero... Cuando era más joven me apetecía seguir al ganado y darle caza, sobre todo si era mujer... ¡Qué tiempos aquellos! Follar, matar, trocear, encurtir y comer el resto del año y las sobras, siempre las disfruta Rosa, mi insaciable cerda de casi doscientos kilos, trocea los huesos como una máquina, pero me sería imposible darle caza a una tortuga y prefiero los narcóticos, son tremendamente eficaces y pasan inadvertidos... Ahora, si me permites, tengo mucho salami que adobar con tus grasas, muchacho.
Fin.