martes, 16 de febrero de 2016

EL FALSO MAQUI capítulo 2º “El nuevo régimen.”



EL FALSO MAQUI por Dadelhos Pérez
capítulo 2º “El nuevo régimen.”



Debe entender la inhibición que padecía la aldea por culpa del nulo interés por parte de las autoridades. Durante el régimen dictatorial de Primo de Rivera y su victoria en la guerra de Marruecos, los aldeanos andaban preocupados por la peste que asoló el ganado; las fiebres que algunos vecinos contrajeron doblegados en agónica decadencia sin ser atendidos por médico, nada de eso. La vieja Mercedes y su supuesta sabiduría en yerbajos, pociones de sabor horrenda que solo amargaron los paladares de los acariciados por el mal, fue la única atención que recibieron antes de cruzar el gélido umbral muriendo sin sacerdotes, sin sus rezos y salvos, sin su dios olvidadizo que los olvidó sin saber siquiera de su existencia. Su único alivio fue morir rodeados por los suyos, los verdaderos, los desvividos, los que en verdad amaban y sufrieron sus marchas con luto negro a la vista de todos, y ese otro que perdura hasta alcanzar el final del camino.

No sabían de victorias ni derrotas, ni de la revolución industrial que pretendió y ejecutó el dictador. En aquellas cuatro casas perdidas en el baldío paraje olvido, no acudió la prosperidad aunque fueron conscientes años después gracias a don Salvador, el único que visitaba la civilización semanalmente por imposición, al detestarla profundamente alegando el “pistolerismo” arraigado en las grandes urbes, entre sus calles y avenidas donde la tragedia se erigía agarrada a ideales. Los unos asesinaban a otros enardeciendo con sus loquescos credos rotos y traicionados tras sus pecados, al obrar olvidando el fin que proclama sus libros leídos a medias en el mejor de los casos, porque la mayoría ni siquiera leyó la portada, ni siquiera sabía de que color era, nada de eso. Mientras en la aldea aquello sonaba a serial radiofónico de los sábados a media tarde con la voz hechizo de la mujer dulce, y la aguerrida en neto tono grave de su compañero. Universos adversos dentro del marco cual mismo país. Un país que se desconocía frente al espejo y prefería mirar al fuego, enfermando con charlatanería cara, muy cara. Nada de lo que reinó en aquellos turbulentos días, nada; representaba el espíritu de mi aldea materna. Y si no representaba a la mía, con toda certeza puedo asegurar que no representaba al resto desperdigado por la piel de toro.
Dicho esto, entenderá reacciones ante la llegada de los sindicalistas, aquellos tres flacos con mono azul y pañuelo bicolor anudado al cuello que levantaban el puño cantando la internacional, defendiendo los derechos de los trabajadores con nuevo subyugo pese intentar igualar la balanza desequilibrada desde demasiado. Puede que la dejadez de las clases pudientes ocasionaran la fistula en el culo del país, sobre todo en las salvajes urbes abocadas al desastre, hundidas en el apocalipsis que cada vez deseaban más compatriotas, hermanos, amigos, desconocidos; aunque nunca jamás los moradores del poblado olvidado. Sus promesas de una vida mejor desde su oratoria empobrecida por falta de lenguaje, discernía de la realidad del lugar, de la dureza y el esfuerzo que acarreaban los lugareños para sobrevivir. Describían un mundo perfecto donde todos y todas eran iguales suscitando mofas del pueblo, porque en las tierras que recordaron bajo sus intereses, todos y todas eran iguales sin distinción. No existía un libro escrito que seguir a pies puntillas porque la vida es mera acción enmarcada en cordialidad, entendimiento y colaboración por mera supervivencia. Si lo que anunciaban los sindicalistas era la izquierda, lo anunciaron el la aldea más izquierdista del país, aun sin saber que carajo significaba. Y no me refiero a los lugareños, nada de eso, si no aquellos rescatados de humildes trabajos honrados que jugaban a ser mesías con sus recetas revolucionarias, olvidando la identidad genuina de la idea. En parcas palabras, no sembraron cordura sentándose frente a la rancia y ladrona derecha, señor. Decidieron golpear sin contemplar las opiniones ajenas, distantes de su ideario, obrando cual destructores enervados y sedientos, propugnando la revolución cual amenaza frente a los opresores que desvalijaron el país y querían seguir eternos con su saqueo.
Tras ellos, los otros; los falangistas y varios políticos de la nueva España, para mear y no echar gota. La nueva España diseñada por los que convirtieron el país en campos de hambrientos y desequilibrios sociales casi insalvables.
Si, así comenzó el enfrentamiento, bajo la tricolor que representaba libertad, la república aterrizada cuando todo andaba perdido, tripulada por los mismos que provocaron el desastre aun entrando en el ruedo parlamentario la salvadora izquierda del país.
Según me contó mi padre, llegó caminando por el camino de piedras portando un enorme pañuelo cual maleta. Sus botas exhibían tantos agujeros que le era más cómodo caminar descalzo. Sucio, famélico y sediento; le pidieron documentación en la entrada del pueblo, en la entrada del pueblo que apenas años atrás gozaba de paso libre para todo aquel que quisiera pasar. Y con la república, ese dichoso antibiótico tomado demasiado tarde, se convirtió en frontera... No recuerdo como se llamaba, mi padre dudaba entre Eduardo o Jacinto, ya que mi abuelo escuchó su nombre solo una vez y se lo dijo a padre. Pero padre andaba ahogándose en el vino, apagando las llamas infernales que le arrebataron tres años de su vida in situ y todo el resto cual tormento.
Lo certero, se puso a trabajar en el molino de la enorme acequia para don Constante, cargaba y descargaba sacos sin descanso y sin quejarse al disponer de plato caliente a diario, el aprecio del anciano propietario y de vez en cuando, algún vaso de vino peleón de estraperlo.
Todo rodaba más o menos bien hasta 1932, según padre, el pistoletazo de salida que arrinconó al delgado forastero entre la espada y la pared. Como no podía ser de otra forma decidió vivir, seguir respirando pese a la podredumbre de la subsistencia. Pero para vivir se vio obligado a morder sin enseñar dentadura. En aquellos años, avisar de tu quehacer se pagaba con tiro en nuca, sin contemplaciones. Por supuesto me refiero al 32, después de la insurrección militar fallida, la chispa que encendió la mecha sembrando desconfianzas y aupando el clamor revolucionario de anarquistas y casi el pleno de la izquierda. Padre lo resumió; el primer tiro de miles.
Lo detuvieron cerca de la acequia, a pocos metros del molino donde solía hacer la colada cada sábado con puntualidad británica. No tenía demasiadas prendas que lavar, así que no tardaba en tumbarse bajo el olivo con un diminuto y deteriorado libro que releía una y otra vez, escapando del mal fario que lo condujo hasta la aldea. Según contara a padre mi buen abuelo, se rumoreaba que fue profesor en alguna escuela de la gran capital, casado con una dulce de sangre azul que murió de alguna extraña enfermedad en cuestión de meses afectando su estado, volviéndose loco, abandonando una enorme fortuna para pulular en busca de algo, de la muerte, decían las avispadas lenguas de los nuevos vecinos venidos de los suburbios urbes. Aunque tras aquel encontronazo que debió terminar con el extraño abatido en cuneta, demostró que buscaba cualquier cosa menos la muerte.
Fueron los sindicalistas que marcharon en busca de don Constante tras el fallido golpe militar, para darle muerte en nombre de la república, como si don Constante tuviera algo que ver con las pretensiones del general Sanjurjo. Y llegados al molino, no encontraron al orondo bonachón advirtiendo la presencia del trabajador, del extraño, del que vivía bajo miserable sueldo, del que, según sus falaces discursos, intentaban liberar del yugo mediante su revolución de fuego y muerte. Puede imaginar el nulo intelecto de los desgraciados buscando sangre para vengar no sé qué.
El resto... El resto se podría argumentar como la china en suela que molesta y retrasa el paso, te paras y descalzas intentando sacarla de las entrañas zapato, te vuelves a calzar, das un paso y ahí está de nuevo... Invisible aun molesta... Aquel flaco se convirtió en la dichosa china para los alocados famélicos de muerte cuneta, hambrientos de revolución confundida con... Bueno, mejor será que le cuente la historia como me la contaron, sin pinceladas personales que nada aportan del verdadero protagonista, más bien, me reflejan a mí mismo...