lunes, 1 de febrero de 2016

Hierve


HIERVE por Dadelhos Pérez

Cuando hierve la sangre todo cambia, puede que tuerza al sin sentido aniquilando el equilibrio de quien lo padece o no, y acabe agarrando esa otra senda que lo convierte en iluminado frente al resto escaso que se percató del incidente, por que suele pasar desapercibido hasta que estallan una de las dos opciones, sembrando odio incomprensible contra todo y todos o tendiendo puentes que producen el efecto contrario. ¿Quién lo puede saber?

  La vida es un capricho vasto formado de idénticos minúsculos y sin tiras ni aflojas, eso queda relegado al mundo del hombre. La cuestión es lo sarcástica y cruel que resulta en ocasiones, por no decir en todas aun con diferente grado, poniendo la solución cruenta en manos del pacífico y la destinada a la empática, bajo ineludible negociación, a su adverso... Un mal chiste que siempre acaba mal, sin duda, anegando el futuro de nubarrones y brumas que perfilan nuevas amenazas cual capricho de la caprichosa que viciada, vuelve a repetirse aunque con novatos, esas nuevas generaciones...

  Perdonen mis modales, no me presenté debidamente, soy algo olvidadizo por no decir despistado del todo... Y me presento a los que leen, no vayan a creer que formo parte de esta historia, nada de eso. Además, no podría, es materialmente imposible pues habito en el segundo siguiente, que cuando llega, pasa al que está por llegar... Les advierto de las advertencias que ya advertí, seguro que los más avispados las pillaron al vuelo como loco coleccionando moscas en las panzas de cualquier cafetería de carretera... ¡Anda! Buena carambola o casualidad, porque justo en uno de esos bares de carretera en la España profunda tiene lugar esta historia, una de esas montadas copiando las americanas de las películas aunque sin la joven atractiva escotada y minifalda ceñida que sirve café de la cafetera eléctrica, mascando chicle con brío... El presupuesto no le dio para tanto...

Pero, acomódense y dejen que les cuente el misterio que envuelve la locura, esa misma que pare la cordura cuando la sangre hierve cambiándolo todo, como comencé este relato hace un rato... Sin preámbulos ni ridículas coletillas, les presento al segundo que está por llegar...

  Siete mesas en las panzas, aun distantes de la barra pobre por poca afluencia, donde en la alejada que encaraba el ventanal vidrio empapelado, allá reposaban las viejas ofertas de los aburridos platos a la venta, un engorrado seguía con la mirada a la mosca solitaria, al haber exterminado a toda su familia en su sistema caza; avizorar triangulo vuelo primero, preparando la zarpa derecha para lanzar manotazo violento, atrapando a la alada pesada en el puño sucio del desdentado... Si no lo dije antes o no lo recordase, este holgazán de cobro mensual en las oficinas del paro, era el tonto del pueblo que se dedicaba a la caza de insectos en la cafetería de carretera, de Lunes a Domingo, incluidos los días de en medio... Comienza la locura, espero...

  Café aterrizara en la tabla madera de manos de la abuela propietaria, una proletaria que apenas recibía cuartos de la mala pensión de su marido enterrado, viéndose obligada a mantener el antro abierto.

  —¿Cuántas has matado? ¿Miles?Preguntó cansada.

  —No las cuento, es demasiado trabajo, señora.

  —Un día de estos aparecerá la mosca cojonera, esa que parará tus quehaceres de vago enmascarado en tontuna que se sienta y bebe bebiéndose hasta el agua del florero.

  Dicho y hecho:

La solitaria que volaba en triangulo repetido cambió destino de repente, cuando cansada de esquivar los zarpazos del repelente, hirviendo su sangre insecto, se coló en la boca desarmada de dientes barrera alcanzando la garganta del tonto, mientras la dueña se regresaba a la barra solitaria, tanto, como la canción del roquero y su carro americano solitario, valga la redundancia.

  Segundos de agonía del engorrado que tosía espantado, al vuelo constante en sus adentros de la suicida vengativa. Hasta que los aires no cazaba, la cara amorataba y la parca apareciese en el segundo antes que fuera por ser.

  —Eres el duodécimo del día abatido por alada insecto, me pellizcaría la piel al no creerlo, pero como puedes observar solo soy hueso vestido de penumbra, más la guadaña, por supuesto.

  Cuando la sangre hierve todo cambia, el más débil se convierte en depredador y el cazador es cazado, sirviendo dos muertes en el segundo que llega, el que soy, por recoger a los caídos con glorias o vergüenzas tontunas.