miércoles, 10 de febrero de 2016

REY MALDITO, Capítulo 5º, “El maldito Galo.”

REY MALDITO por Dadelhos Pérez.
Capítulo 5º, “El maldito Galo.


El paraíso de las serradas, permanecía cercado por inhóspito terreno yermo realzando todavía más lo bello hasta alcanzar el estatus de divino. Una región apartada de la capital del reino donde los leñadores (la mayoría de los residentes) compartían su diario con excéntricos venidos de los cuatro puntos cardinales al cobijo arboleda, que junto a los numerosos afluentes paridos en el alto montaña, otorgaba calidad de vida. El hambre sólo se conocía a través de las historias cantadas de varios juglares, los cuales, sin más pretensión que conseguir una jarra atiborrada de hidromiel, recitaban viejas hazañas que cruzaron aceros aunque en las entrañas de otras tierras más dadas al enfrentamiento, por culpa de la ya citada hambruna.
En el llano de la alta montaña, donde hondeaban banderas y estandartes reales, erigía almena que pronto vislumbraban los osados que buscaban refugio atravesando las arenosas pobladas de rocas y secos yerbajos. El bastión que guarnecía la afamada columna del miedo conocida en el reino por su valentía heroica en la guerra divina. Aunque de aquellas glorias acontecidas en albores oscuros, ahogadas en millones de lluvias, solo queda el recitar de los locos armados con laúd y la nostalgia desmesurada de los mandos militares que gobernaban la guarnición.
Varias chozas construidas con madera encina, bordeaban la ascendente senda hasta casi las mismas puertas de la muralla; piedra vieja en gris atrayente cuando los rayos del astro rebotaban en ellas produciendo falso fulgor ante mirada cualquiera.
Caída la tarde bajo su antítesis crepúsculo, el vigía alertó al sargento tras avistar un nutrido grupo de jinetes con estandarte real. Minutos después, catorce guerreros entraron en la cantina aldea buscando jarra de hidromiel o cualquier bebida a posteriori de amarrar sus corceles exhaustos en el abrevadero repleto de la cristalina, donde pronto metieron los hocicos desesperados.
Los adentros mostraban humildad, bancos de fabricación más que rústica junto a tablas donde se podían ver miles de astillas esperando mano incauta. Pero aquello resultaba mucho mejor que el secano acrecentado por los incansables vientos que lo azotaban formando remolinos de arena, secando paladares, diezmando la fuerza de los poderosos corceles. Ya lo canta el loco juglar: cuando a la serrada cabalga pura sangre o corcel, llega rocino patoso y escuálido.
—Bienvenidos a mi humilde establecimiento, señores.—Saludó complaciente el calvo obeso más conocido como “la hiena”, contando los ducados que iba a ganar con los forasteros.—Tengo la mejor hidromiel de la comarca...
—¡No hay otro establecimiento a trescientas leguas a la redonda!—Interrumpió el único cliente del antro desde lo profundo del local.
—Sirva a mi tropa, tabernero. ¿Quién es ese?
—No le hagáis caso, señor. Es el “galo”, no recuerdo bien su nombre. Lleva desde esta mañana bebiendo hidromiel mientras espera a “la flaca”, la única bagasa del poblado.
—Un gabacho.—Murmuró examinando la espalda del sentado entre sombras crepúsculo.
Khor, afamado guerrero instruido en el monasterio del Albo y capitán de la guardia del Conde Tizno Tizón, caminó sin soltar la empuñadura de su acero envainado hasta quedar plantado tras el melenudo, el cual, bebía con dificultades de la jarra al estar gobernado por los diabólicos efectos del hidromiel. Vestía de negro con insignia cruzada en los hombros del rojo sangre, un distintivo que conocía bien de sus años como mercenario.
—Tu columna fue destruida en la batalla del “Senna”, gabacho. Yo estuve allí, lo recuerdo bien.
—Vos... Vos sois un puerco sarasa que a cuatro patas suplica pitón, cruzado.
—Si miraseis, comprobaríais quien os habla midiendo palabras. En estos tiempos un estornudo puede costarte la vida.
—No necesito miraros, no me gustan los cruzados pese a portar cruces escarlatas en mi guerrera. Ahora, a no ser que tengáis pechos y cueva delantera del amor, dejadme beber tranquilo. Marchad con vuestras putas carroñeras.
—¿Cómo os llamáis?
Aterrizó brusca la jarra desparramando licor sobre la tabla en neta muestra de enfado, mientras el capitán sonrió vanagloriado ante el reaccionar del enorme bebido.
—¿Acaso intentáis cortejarme?
—Más quisierais, sólo quiero saber el nombre de mi próxima víctima.
—¿Víctima? No son horas para que trabaje la “embelesada”, descansa en su alcoba tranquila y no la pienso despertar.—Acariciando su envainado sable que nadaba sobre la piscina hidromiel de la mesa.—Por eso sólo usaré mis manos, cruzado. Me llamo, “Rigodón el galo.
No medió segundo el gigante forzudo, abandonando su asiento para plantarse frente al impávido capitán acercando su pecho a su cara. Tan exagerada era su alzada, que podría pasar por una de esas mitológicas monstruosidades paganas del viejo mundo...
—Por fin llegó la hora de danzar, sarasa.—Soltó mofa entre dientes.—No se os ocurra poneros a cuatro patas, no soportaría tal visión infernal. ¿Qué tal a primera sangre?
—No juego a medias tortas, gabacho. ¿Qué tal a muerte?
—Me parece más que apropiado, damisela con cola enana.
—¡Señores! Les pido que depongan actitud.—Suplicó el “hiena” interponiéndose entre el capitán y el gigante.—Les invito a una ronda de hidromiel especial, es toda una delicia; con un sólo trago alcanza la divinidad corpórea, sin herejías, nunca osaría insultar u ofender al padre celestial y a su hijo crucificado para...
—Crucificado y punto, hiena. Aceptaré cuatro jarras de esa tentación que bien conoce mi paladar y mi espada, la misma que lleva horas esperando envainar en “la flaca.”—Retrocediendo parco tranco para reverenciar tras decir descarado.—Siempre que la dama con cola enana y trasero dilatado lo desee. Madame.
Los soldados del capitán desenvainaron con pretensiones letales mientras su jefe levantó ambos brazos ordenando que guardaran acero.
—Bailaremos más tarde, gabacho. Primero he de liquidar el asunto que nos trajo al serrado. Después del capitán os tocará a vos.—Y marcharon de la tasca cruzando la muralla hasta los adentros de la guarnición.
—Me temo que Khor, no vino para distraerse.—Comentó Rigodón al tabernero.
—¿Le conocéis?
—Nos conocemos, Hiena; aunque mis barbas y este cabello descuidado me hicieron pasar desapercibido.
Khor, ascendió la escalinata angosta del edificio de armas para entrevistarse con su manda más de la guarnición. Debía entregar la orden al anciano comandante de sangre azul conocido por su adicción al actual monarca, que lo nombró Duque del Serrado cuando alcanzo el trono.
Las paredes destilaban humedades en la piedra vista de la escalinata mermando a las enlucidas y bien ornadas por estandartes y armas variadas cuando alcanzó la capitanía (o sala de armas) donde esperaba el Duque mirando la arboleda conífera desde una de las tronas. De pie, inmóvil frente a la penumbra visión del afuera desde el adentro caldeado e iluminado por poderosa hoguera, mantenía los brazos cruzados acariciándose la nutrida barba encanecida y en sepulcro silencio.
—El capitán Khor, de la guardia real, señor.—Anunció uno de sus soldados desde la puerta de la sala gobernación.
—Que entre.
Enorme mesa descansaba en un rincón de la sala, alfombra ostentosa cubría el suelo exceptuando el espacio frente al llar. Escudos colgados en las paredes y dos viejas armaduras completas velando la entrada que superó Khor.
—Excelencia, traigo mandato real.
—Espero que sean órdenes de guerra, Capitán.—Presa de la nostalgia guerrera, caminó hasta llegar a la altura del recién llegado.—Aún recuerdo a vuestro padre, un valeroso guerrero con el que compartí aventuras. Sí, sin duda un gran soldado. Por cierto, ¿dónde está destinado?
—Lamentablemente murió víctima de extraña fiebre hace dos inviernos, señor.—Cediendo la orden lacrada a su superior.—Aunque os guardaba gran afecto, siempre narraba benevolencias de vos, Duque.
—¡De fiebre! Un guerrero sólo debería encontrarse con la parca en campo de batalla. Siento profundamente su pérdida, espero que vuestra madre esté bien atendida. Aunque supongo que así será, Capitán. De vos únicamente me llegan glorias, dicen que sois el mejor espadachín de los reinos conocidos. Espero, si no os importa, batirme con su merced en mero entrenamiento, sin aceros, ¡ya sabe! Con esas espadas de madera. Soy un anciano oxidado aunque fui el mejor esgrimiendo la espada en mis mejores tiempos. Bien lo sabía vuestro padre.—Agarrando y destripando la orden donde descansaba el sello del monarca.—¿Assin? ¿Qué traición puede haber cometido? Lleva bajo mi mando tres primaveras demostrando lealtad a la corona así como destreza en cualquier arma, capacidad de mando y adicción completa al régimen.
—Sólo cumplo órdenes, excelencia. Como soldado no oso discutirlas.
—Hacéis bien. En cuanto al Capitán Assin, está destinado al norte, a una hora a caballo, bajo las órdenes de la guerrera Adelha. Una amazona con mente gélida y diestra en el manejo del hierro que recluté no hace demasiado ante la falta de tropa, ante la carencia de efectivos pese a las nulas amenazas en esta frontera. Deberéis esperar al alba, joven Khor, la senda que cruza el denso bosque está plagada de lobos sedientos, el único enemigo que osa enfrentarse a la columna Miedo por mera necesidad. El serrado es vergel cercado por desierto, un paraíso donde cohabitamos con las bestias obligadas a permanecer en las montañas fértiles. Podríamos recorrer cada palmo de las arboledas ascendiendo laderas hasta la guarida de los inteligentes cuadrúpedos, pero extinguirlos extinguiría la única diversión de la zona, exceptuando la asquerosa calidad del hidromiel del posadero. Sin mencionar el cuerpo alquiler de la flaca, conocedora de pecas, lunares y cicatrices de toda la guarnición. También nos vendría bien un burdel repleto de féminas, obesas globosas y maduras, mi gran debilidad. Aunque no quiero aburriros, Capitán. Tenéis a vuestra disposición las caballerizas para pasar la noche. Lamento no poder ofrecerle aposentos adecuados a su nivel, por desgracia también necesitamos albañiles u oro en su defecto, ya que los leñadores no aceptan ducados del reino.


Apunto de culminar su golpe fatal enviando a Khor para eliminar al hijo del Marqués, amanece resistencia en la lejana guarnición del Serrado. Se acerca la guerra resonando tambores junto a las trompetas apocalipsis... No te pierdas el capítulo 6º donde la insurrección encuentra hábiles e inteligentes adversos en la inevitable contienda que está a punto de estallar.


Por cierto, podrías regalarme un minuto de tu tiempo pinchando en la publicidad de abajo. Lo sé, soy un rato pesado con esta cantinela, pero es gratis para ti y me vendría bien.
Gracias por leer y espero disfrutaras de mi humilde literatura. Recuerda que sonreír una vez al día como mínimo, es la mejor medicina que existe. Sé feliz siempre, ¿de acuerdo? Un cordial saludo.