sábado, 19 de marzo de 2016

LA BANCA SIEMPRE GANA por Dadelhos Pérez




LA BANCA SIEMPRE GANA por Dadelhos Pérez


En una de tantas ocasiones conocí a uno de esos solitarios, gente que huye de la gente, del bullicio, de la luz del día, de la oscuridad nocturna e incluso de su propia sombra. Ya sabe, los que cuando pasas junto a ellos no percibes su existencia, andan tan quietos que parecen estatuas, cualquier mobiliario urbano, puede que seto de jardín adecentado o quizás una de tantas palomas que aterriza en centro plaza picoteando insistente. De no haber tropezado con él no sabría que pasó décadas malviviendo en las mismas calles que transitaba a diario, aunque eso mismo me ocurra con cualquiera...
No sé dónde pretende llegar, señor. Pero sé cómo terminará, como todos.
Algo parecido le dije cuando extendió palmas solicitando clemencia. Yo y mi mundo perfecto dando lecciones al maestro de la vida, porque aquel destartalado con mirada experimentada y arrugas tara heredadas de tantas y tantas batallas perdidas, era eso, un auténtico superviviente sin pertrechos ni refuerzos; se ofuscaba empeñado en seguir respirando alejado de todos nuestros males, que según me dijo, son causa de mera hipocresía no tildada de maldad en la mayoría de los casos. Aunque hay perversiones que van más allá de lo justo desde su concepción. Sabias palabras, sin duda, y más teniendo en cuenta lo que se le vino encima.
Todos inventamos excusas frente a determinadas situaciones, echamos la culpa a los demás, al tiempo, al presentador del noticiero, a la prensa o al quiosquero de la esquina.
Eso no es verdad, quien inventa excusas tapa sus faltas aun siendo evidentes, a la vista de todo el mundo. Esa parte de nuestro ruinoso universo, lo impuesto, lo políticamente correcto, el falso crédito que desacredita minuto a minuto la sociedad. Dejando claro que existe dicha sociedad sólo entre los cuatro de siempre, y el resto...
¿El resto? Todos los días escucho lagrimal con variopintas historias que señalan culpables ajenos a los que pierden, los mismos que se sientan donde usted está sentado, y lo hacen con gesto lástima. Nada de lo que pueda decir cambiará la política del banco, señor. Somos una empresa, no las hermanas de la caridad.
No, no son una empresa. Si fueran una empresa al uso aceptarían las duras como cualquier otra, ustedes se han convertido en el hampa legal, el cáncer de la productividad amparándose en los ahorros de millones de trabajadores. Hurgan consciencias con esa cantinela mientras asaltan la caja común frente a cualquier desmán generado por ustedes mismos. El quiosquero de la esquina que mencionó, cerró el pasado invierno y ahora, tras perder hasta la ropa interior, malvive en una habitación mugre en el barrio de los desheredados. Ese mismo donde invirtieron levantando ejércitos de rascacielos y solo habitan las ratas. Aunque poco importa, ¿verdad? Sus inversiones están a salvo gracias al rescate, al hurto, a la enorme estafa que deja a las claras que tipo de empresas son ustedes. Verá, yo también soy empresario, autónomo eterno, aun no tan grande, y nadie viene a rescatarme al ir en contra de la naturaleza de mi profesión. No existen segundas oportunidades por mucha literatura ambigua escrita sobre mí.
Ahora si que me he perdido, me encuentro en evidente fuera de juego.Carcajeó leve, mofándose.
No se preocupe, en mi profesión uno se acostumbra a oír infinidad de escusas variopintas: (No lo sabía, no puede ser, aún no es la hora, o la más recurrente... ¿Dónde está Dios?)... Aunque debo señalar la fortaleza de muchos y muchas que ustedes tachan cual débiles, esos a los que diariamente finiquitan sus sueños con desahucios programados para seguir acaudalando sin importar lo que les ocurra, lo que generará su desmesurada ambición errónea. El solitario que conocí apenas hace unos minutos, el mismo que le hablaba, comprendió con endereza mientras otros que dicen poseerla se esconden tras grandes marcas que suenan amenaza redunda que infunda temor, y por lo tanto, control sobre las masas. Usted es de ese tipo de gente, nunca alcanzará el zenit por creerse sus propias falacias. Un envoltorio atractivo que no envuelve nada. Un adicto al ensoñado despierto que juró fidelidad echando las culpas a otros desde su cómodo sillón asalta viejas. Incluso los atracadores con arma en mano y calza embutida en la cabeza muestran más nobleza, aceptan los riesgos y suben la apuesta colocando en el centro mesa su vida. Me sorprende siempre que me toca recoger alguno, ¿sabe lo que me suelen decir?
¿Es usted Alfonso Quijano? Creo que le confundo con otra persona.—Agarrando el teléfono negro de su inmaculado despacho para llamar a su despampanante secretaria.
Muestran gesto amistoso como si mi presencia fuera la de un ser querido, algunos incluso bromean animándome a cortar el hilo. Y sueltan airosos: “Te esperaba, hace unos años pensé que por fin te conocería, cuando me rajaron en el trullo. Me sorprende tu imagen, confiaba ver osamenta con manto noche y guadaña”... Ya le dije que hay demasiada literatura sobre mí.
Susana, pasa a mi despacho, por favor.—Ordenó sin prestar atención a su extraño contertulio.
En cierto modo y aun pareciendo injusto, adoro a los ladrones con pistola en mano, esos rebeldes que se atreven con la vida ignorando a los cobardes que esclavizan al resto sin apostar siquiera una de sus extremidades. Ellos comprenden que el sentido frente a sus existencias no lo marcan las leyes, las normas diseñadas para los asustados como usted (…) Los que abandonan el barco a la mínima oportunidad alegando vanas excusas que muestran sus auténticos rostros.
Y no. No soy Alfonso Quijano. Hace cinco minutos lo recogí de la acera tras arrojarse desde el apartamento que le ha embargado, rodeado de su savia vital tanto como por la muchedumbre que comenzó el rosario falaz: “Era una gran persona, trabajador, padre de familia. No se merecía este final.” Y durante su periplo para satisfacer vuestras exigencias todos le dieron la espalda.
¿Quién es usted?
Soy un trabajador de la banca, esa otra banca que solo opera con hipotecas. Vengo para zanjar la suya, señor.
La única hipoteca que tengo es con esta entidad.
Lo ve, tanta endereza piden a los fustigados que se sientan donde estoy sentado. Tachando de excusa su torturado presente y sobre todo exigiendo desde la verdad verdadera que cree suya por derecho revenido de cierta resaca de poder, que en realidad es gran mentira. Intenta inventando excusa, pero no le servirá de nada. Cómo usted bien dijo: “No sé donde pretende llegar, pero sé como acabará … Cómo todos...” Porque a diferencia de su empresa, la banca, mi banca, siempre gana... Ahora, estimado desestimador, cortaré el hilo, se acabó su insulso tiempo. Su crédito vitalicio queda abortado.