107 Cartuchos


Despertó entre ansiedades que desde siempre fueron dueñas de su destino, supongo que es el resultado evidente de quien abraza vida desviviéndose por esas pequeñas cosas que obran todo lo contrario, alejándonos de lo importante.
La insistencia de la máquina de hojalata tintinando irritante pitido intermitente, contribuyó al nefasto albear en la habitación de alquiler que aun adeudaba por su triunfalismo de creer poder, para aterrizar derrotado en el “quizás mañana”. A la postre, sin más que menos o enganchado del todo al menos de cara a la nada; la vida seguía trayecto sin esperar glorias o tormentos, como solía decir su madre cuando era un vital mozalbete empeñado en respirar incluso hasta lo irrespirable, por culpa de su desmedida curiosidad.
Confieso que aquel habitáculo carecía de lo mínimo, y encima, su bravura frente a la limpieza se traducía en parada brusca de burro que tropieza con charco. Ropas esparcidas cual elemento vital de cualquier lienzo del gran Picasso. Restos de comida rápida que se podría lenta, colillas charlando milenios en la nula soledad del piso abarrotado, ese de gres con color indeterminado y abandono absoluto…
¿Qué es lo de siempre? Para él, entrar esquivando la pila de trastos que invaden las cercanías del baño, encarar el lavabo en horas bajas e intentar afeitarse sin cortar piel, una misión imposible a no ser que dejara el bajo oreja sin afeitar, a la altura inferior de la mandíbula, su talón de Aquiles. Pero al igual que la rutina se repite, el desuso florece impávido rompiendo a su adversa aun leve, siempre y cuando el acostumbrado no desvíe su quehacer motivado por la novedad. Y aquella mañana la novedad se traducía en insignificante mosca plantada en el centro exacto del espejo. Como si el insecto se hubiese pasado media vida ejecutando medidas, complicadas ecuaciones, hasta conseguir lo que consiguió. Mera posición predeterminada a la muerte bajo la mirada de hastío o asco del escuálido arruinado…
Fuera lo que fuere llegando a lo que llegó, para acabar como acabara…
¡Puta mosca! Yo soy el responsable de la muerte de tus padres, de tus abuelos. Incluso puede que represente a la parca para toda tu insignificante descendencia. Al menos hasta que me echen de este tugurio.Enrollando una vieja revista que superaba picardías para mostrar explícitos.
El pequeño punto negro permaneció parado, petrificado, ausente ante el destino finiquito que le esperaba a manos de aquella arma de destrucción masiva, donde se podía apreciar jamona enseñando apertura, sin titubeos ni fantasía, a pelo.
Primero cerro la llave del grifo, rápido, sin importarle demasiado que su movimiento espantara al diminuto animal, para lanzar bestial acometida dejando seco estruendo que asustó a la araña que vivía en el ángulo alto de la talla manchada del aseo.
Sorprendido quedó el “aniquila insectos” cuando escuchó cerca de su oreja derecha el zumbido de su víctima. Es lo que creyó pese a existir entre aquellas cuatro paredes nutrida gama de variopintas especies similares.
¡Puta mosca!No gozaba de gran vocabulario y se repitió.Jodida mosca.
Empezara entonces el desencadenante excusado por inocente alado que naciera gracias a la dejadez del ido que nunca volvió, delimitando los escasos metros del cuarto cual coto de caza sin cuartel, sin perdón o sin la posibilidad de duelo a primera sangre.
Lanzó repetidos ataques torpes ante el movimiento constante de la mosca, la cual, posaba leve para recuperar algo de aliento y emprender de nuevo estrategia. Su actuar parecía obrar dentro del neto conocimiento sobre la tensa situación abocada al desastre.
Está claro que el alado no podía abatir al enervado armado con pornografía de los ochenta, pero dentro del ambiente parido por el desequilibrio del delgado mono pelado, cabía posibilidad para todo. Y cuando dije todo no añadí o antepuse el casi. Una simple mosca, diminuto insecto, convertido en la llave del averno.
Durante cerca de media hora uno aporreaba y la otra esquivaba en insulso combate aburrido. Idéntico a boxeo en directo de adversarios conjurados en no recibir golpe, por lo tanto, no proyectando ninguno.
¡Puta mosca!―Demostró su don de nuevo.―Si crees, tengo aquello que nublará tu creencia.
Fuera la única silla, patada al taburete para abrir el empotrado ropero cayendo sobre él cascada de ropa maloliente. Apartó las prendas ahorcadas en diferentes perchas alcanzando la metálica y los 107 cartuchos. Un regalo recibido tras el sepelio de su último familiar, junto a casa, automóvil, apartamento en la playa e ingente cantidad de cuartos en la cuenta corriente del occiso. Cosa que cambió su sino durante años, esos que le costó liquidar la herencia quedando sólo la escupe plomo al no poder venderla, ni siquiera empeñarla.
Abrió emocionado una de las cajas para llenar cualquier cavidad de su ropaje de pertrechos, hasta conseguir guardar 105 de ellos, depositando los 2 restantes en la escopeta de caza.
―Mamá decía que es inútil intentar cazar mosquitos a cañonazos. Pero no dijo nada de aniquilar moscas a escopetazos… ¡¡¡Plomo!!!
Adiós al triste colchón, el cristal de la diminuta ventana, la mesita de noche y el despertador, a la puerta de acceso a su ruina… Plantándose irracional en el medio del pasillo del motel calamidad con la plomera entre las manos, los ojos inyectados de crueldad desmedida y la ciega creencia de que la mosca huía a vuelo rasante. Cargó la escopeta una vez más.
― ¡Ramón! ¿Qué coño haces? ¿Te has vuelto loco?―Intentó mediar el bueno de Alejandro desde su entornada puerta.
―Tengo que cazar a la puta mosca.
Disparó en el pasillo, en la escalinata escueta que moría junto al mostrador de la vieja, la cual no se paró a indagar que diantres estaba pasando, se escabulló telefoneando a los uniformados. Cargó de nuevo apuntando al frente para descubrir varios agentes del orden en la calle, al otro lado del enorme cristal de la idéntica puerta.
― ¡Suelte el arma!
Visualizó concienzudo en busca del enemigo enano, resbalando sudor por sien, frente e incluso en sus manos; sin lograr encontrar al adverso.
― ¡Suelte el arma, señor!
Volvía a reinar cierta paz al creer haber consumido su objetivo, pensó que quizás en el brío de la gresca no se percató de la baja de la mosca, al fin y al cabo escapar del fuego escopeteado es casi una misión imposible.
Lento, sin apartar mirada del joven policía que le apuntaba con su reglamentaria desde el exterior, depositó la plomera en el suelo, quedando de rodillas.
―Ponga las manos en la nuca y no haga movimientos bruscos, señor.―Ordenó colándose en el establecimiento.
Mala uva, fario, o simple locura emergiendo cual volcán entre sus poros para abocarle al siniestro plan del destino, el mismo que careció en sus días y noches. Cuando vio a la enana volando pausada delante del joven nervioso que manoseó intentando espantarla…
― ¡Puta mosca!
― ¡No, no! ¡¡¡Quieto!!!
No fueron 107 detonaciones las que cerraron el último episodio del desafortunado, con seis impactos a bocajarro tuvo bastante. Cayendo fulminado aun con vaga chispa de vida, mirada perdida en el techo del local mientras mal respiraba soltando bocanadas de sangre finiquito, entre espasmos, agonizando…
―Puta mosca.―Dijo antes de abandonar este mundo, al son que se posaba en su nariz la ganadora del duelo.
®Dadelhos Pérez