La aldea maldita Capítulo 6º


Conquistando el plano real



Remilgado despertó ganado por el frío, dolorido, preso de nula incertidumbre tras descubrir cielo despejado con generoso tono estival, aroma natura, la caricia del viento calma y las malditas pisadas sobre la yerba en el claro pesadilla que no lo era tanto, cual nota discordante. Ahora estaba seguro, conocía el cáncer que devoraba impasible en ese juego del segundo maldecido donde era protagonista necesario para el desenlace terrorífico. Gozaba de oportunidad para enmendar la hecatombe, al menos eso creía, creyó e incluso sigue creyendo.
Cierto que falsa serenidad conquistó su enclenque espíritu ahora reforzado, tras descubrir la verdad que cernía en su coleto, estaba delante, en cualquier evidente visible y palpable que no fue capaz de dilucidar cegado por la comanda, su trabajo, y la magia atrayente de la hermosa aldea. Volvió a recuperar su físico cincuentón deshaciéndose del palillo octogenario incapaz de dar dos pasos sin ayuda de bastón o enfermera. Como también le esperaba ese otro idéntico de vestiduras enlutadas
―Por fin haces lo que debes, ahora sólo queda culminar nuestra obra.―Voz siniestra, voz conocida, voz compartida.―Madre nos retiene, alimenta falacia en nuestra celda bosque, el jardín del presidio. Pero no cuenta con esto, nunca imaginó que fuéramos capaces de burlar sus tretas regresando de nuevo al plano vida.
― ¿De qué nos servirá?―Musitó debilitado desde el colchón yerba sin apartar atención del celeste.―Somos la ira que prenderá mecha derrumbando todas las creencias de la humanidad. No merecemos siquiera pasear entre los vivos. Salir de nuestro mundo es condenar a demasiados a la barbarie.
―Es eso o sucumbir en el bosque, rajar lobos día tras día en reiterada pesadilla. Volver a la aldea en busca de la llave, amanecer en el plano existencia, morir, despertar y seguir aniquilando a nuestros guardianes. Somos lo que somos y lo somos desde mucho antes que se impusieran diablos y dioses, antes de que el ser humano alabara al sol, antes de que la fe anidara en sus almas. Formando parte indisociable de la primera molécula que engendró vida. Algo que bien conoce Madre al ser nuestra propia disociación, el luminoso empeñado en no interactuar con los vivos a los que desprecia en aras de su prepotencia. Ella considera que es superior a la insulsa existencia por desconocer las ventajas de la muerte, ese trance que alimenta nuestro estar y concede la posibilidad de volver a mezclarnos con los orgánicos.
―Somos los últimos de especie extinta…
Oscuros, amigo mío, protagonistas del primer episodio, merecemos regenerar nuestra especie y gobernar alimentándonos de las atrocidades, bondades, desesperos, de esos peleles tan adictos al control, a la dominación de unos frente a otros en sus choques supervivencia, negados a la cooperación que tanto predican sus vendidos líderes. La existencia derivó al mejor de los escenarios para salvar nuestra especie. Es nuestra oportunidad.
― ¿Y el Humus?
―Si salimos de aquí, si haces aquello que debes hasta las últimas consecuencias, Madre no podrá crear un nuevo Humus. Para eso necesita que el Halo posea humano trasladándolo a este plano, socavando bajo ella al elegido para poder culminar su transformación. Un imposible llegado donde hemos llegado. Las almas atrapadas en la aldea, corruptas y puras, ese baturrillo que amaga nuestra realidad, nos resurgirán en la existencia cuando culmines nuestra misión. Dejando a Madre desprotegida, desenmascarando al Maestro que la resguarda y al último de los Halo. Comenzará entonces lo que los humanos llaman apocalipsis y yo prefiero acuñar como resurrección. Hay tantas vidas donde inocular nuevos Oscuros… Volveremos a tener la grandeza que atesoramos en nuestros primeros albores cuando jugábamos de igual a igual con las fuerzas de las estrellas, constelaciones… Volveremos a ser dioses.
Desde su posición, tumbado con brazos en cruz, irguió rígido sin doblar extremidades para plantarse frente a frente con su reflejo ente, Cárdenas, el cual avanzó parcos centímetros fusionándose con Remilgado, formando un solo ser.
―Ha llegado el momento.―Sentenció la voz maléfica desde los labios del periodista.
De entre matorrales, en el cerro arboleda, un lobo descendió al claro olisqueando los cadáveres de sus semejantes observado por la infernal presencia del resucitado señor Oscuro.
―Debemos partir antes de que renazcan los canes.―Formándose densa niebla que lo engulló desvaneciéndose en la nada.
El cuadrúpedo, apenado, alcanzó la cabeza decapitada del blanco capitán haciendo lo propio, olisquear la muerte sembrada en el despejado para aullar avisando a Madre en el redundo desde el principio de los tiempos. Destello renació en los ojos interfectos del capitán vencido en tono zarco, escapando del inerte para quedar suspendido en la nada frente a la mirada tranquila del grisáceo afligido, irradiando fantástico lumínico atrayente que formaba escueto sol azulino, inmóvil, el cual se precipitó colándose por la boca del animal, súbito, sorprendiéndolo.
La bestia sucumbió en la yerba presa de insoportable dolor, su hermoso pelaje incrementó adquiriendo diferente tonalidad, cana; multiplicando su envergadura entre crujidos y desgarros carne ahogados en ateridos lamentos para silenciar repentino, luciendo la estampa del lobo rey abatido y con destello mágico en mirada, resplandor poderoso que delataba las magias predominantes en Madre.
La densa floresta que cubría el cerro hasta el alto montaña, abrió despejada senda por donde ascendió el can a velocidad terminal alcanzando las inmediaciones de la solitaria cabaña, morada podredumbre del extraño escriba, quedando mimetizado tras espesa fronda para observar el quehacer de aquel flaco solitario que cortaba leña habilidoso con afilada hacha, ajeno a los terribles acontecimientos que amenazaban el equilibrio de todo, sin excepción.
― ¡Jodido duende! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no me espíes? ―Refunfuñó a grito pelado.―Sal de ahí y di lo que tengas que decir, no tengo tiempo para tus gilipolleces.
Tímido, más bien cohibido por el seco carácter del flaco, caminó olisqueando suelo tanto como en lento rodeo al puro estilo miedica, hasta sentarse cerca del “mala leche” que proseguía partiendo troncos de una sola estocada.
Físico imponente que se asemejaba al porte del señor Oscuro cual clon, aun sin cicatrices ni quemaduras, luciendo vestimenta de leñador; en pocas palabras, hundido en cierto desastre abandono a juzgar por las largas y descuidadas barbas entre otras muchas evidencias.
―No va a creerlo, Maestro.―Soltó con ridícula voz de pito.―Se trata del señor Oscuro, esta vez lo ha conseguido (…) Bueno, le puedo asegurar que no tengo nada que ver. Como bien sabe estoy más que preparado para el cometido que me preparé, como no podía ser de otra forma, preparándome (…) Pero no ese preparado que le sigue el listo y ya, no, no. No. Me refiero al preparado del entrenamiento que entrené entrenándome, cercar a la presa controlando sus vías de escape, mandar algunos efectivos cubriendo los flancos aun a la vista de la víctima, para atraer atención…―Interrumpido.
―No me van las excusas, duende. ¿Qué ha pasado con el durmiente?―Decapitando nueva leña, impasible, intimidante.
―No debe preocuparse, Maestro (…) Bueno, puede que un poquito sí.
Paró súbito ante las palabras del lobo, abandonando hacha que dejó clavada en la base del tocón de malos modos. Su mirada destilaba enfado dentro del enfado crónico que componía su personalidad mala uva, rehusando empatías en su agrio que agriaba todo a su alrededor. Para acercarse al enorme mamífero acuclillándose ergo a su altura, acuchillando con sus ojos inquisidores los destellos bombilla del can y…
― ¿Qué ha pasado con el durmiente?
― ¿Quiere el resumen o la versión íntegra?―Bajando tanto el tono de su voz como sus orejas que quedaron horizontales.
― ¡Maldito duende charlatán!
―Está bien, Maestro. Se ha despertado.
―Bueno, no es tan grave, Halo. Siempre y cuando no lo haya hecho en los dos planos. Ahora sólo tenemos que…
―Lo hizo, Maestro. Se despertó en los dos encontrándose en este.
― ¿Es uno?―Retomando verticalidad.
Puede que fuera la vergüenza por no haber estado a la altura, al fin y al cabo era un novato, el último de una estirpe que apenas llevaba ejerciendo dos mil años, un segundo comparado con la percepción del tiempo de los humanos. Pero silenció, no dijo nada, simplemente se dejó caer en clara pose sumisa como si fuera en realidad un lobo, un can, un perro frente a su amo enfadado por la manía pecado de orinar las patas de la mesa terraza. Soltando...
―Lo es, Maestro. Siento haber fallado. No soy digno, la vergüenza de la raza Halo.
―Tampoco es como para lapidarte, aunque te castigaría dejándote sin postre durante una semana escondiendo esas fresas que tanto te gustan en el tarro de cristal, para evitar que a hurtadillas accedas a ellas poseyendo a cualquier alimaña.
Levantó cabeza, orejas, dejando platos sus ojos para enzarzarse en réplica con tintes críos.
― ¡Acepto cualquier castigo excepto ese! Es una monstruosidad dejar a cualquiera ser sin postre, algo solo a la baja altura del señor Oscuro. Usted, en lo más profundo de las profundidades hondas o hundidas de su hueco de adentro, es la bondad física de Madre. No sería capaz de esconder las delicias en el maldito tarro que se resiste. Mil años aprendiendo teorías, otros tanto en prácticas y no consigo abrir los malditos tarros de cristal. Los otros, esos de chapa que no enseñan entrañas me dan lo mismo, al no distinguir si contienen delicias o carbón. Pero cuando rojizo fruto albergan los trasparentes, bien mermelada dulzona…
―Duende.
―… Con o sin etiqueta, un festín de azúcar. O los melocotones, ese pecado anaranjado que eclosiona cielos en el paladar. Las naranjas, sobre todo las mandarinas tan sabrosas originarias de las costas mediterráneas, un auténtico lujo…
―Duende.
―…Aunque también me chiflan las sandías, refrescantes. Después de devorarlas recojo todas sus negras pepitas y las uso como munición. Un canuto cualquiera, una caña hueca por ejemplo cual fusil, y me escondo cerca de la aldea aun dentro de los lindes de Madre, acribillando al cura. Puede que suene pecaminoso pero lo ametrallo desde la inocencia, además, le viene bien al viejo porque acelera paso cuando siente las balas en su pellejo pasa. En resumen, hace ejercicio. No creo que lo vea mal Madre, de lo contrario seguro que me hubiese llamado la atención o impuesto un castigo como dejarme sin postre…
― ¡Duende!
―…Escondiendo las deliciosas fresas en esos malditos tarros que tanto se resisten. ¡Oh! ¡Por las patas de los bichos perceptibles de posesión! Tengo que dejar de ametrallar al sacerdote no sea que Madre me castigue con el maldito tarro… Puede que si lo rompiera, no sé, con una piedra por ejemplo el castigo no fuera para tanto. Aunque la delicia se mezclaría con los cristales y no me la podría zampar…
―Duende.―Sentenció agarrando el morro del animal, silenciando su monólogo inri.―No tenemos tiempo para tus tonterías, debemos detener al señor Oscuro. Y para eso hemos que partir de inmediato a la capilla de la aldea, ya sabes lo que significa; llevas toda una eternidad preparándote para este momento.
―Pero nada de poseer insectos. Usted es consciente de mi repulsa hacia esos bichos, sobre todo las moscas. Ninguno de sus entrenamientos funcionó con ellas, la última vez casi caigo abatido por la cola asesina de una vaca, el golpe me dejó inconsciente (…) Bueno, dejó inconsciente a la mosca ya que poseí a otra alertado por el peligro de muerte sufriendo el mismo destino. Gracias a la providencia el rumiante sembró de cacas la yerba y pululaban cientos de esas asquerosas aladas. Todavía tengo pesadillas al respecto.
―No puedes salir de Madre como lobo, conoces las normas. Las almas que habitan la aldea no pueden ver a ningún  guardián, solo los durmientes. Los elegidos.
―Entonces me introduciré en el cuerpo de cualquier pájaro. Una paloma o un búho, aunque para poseer a un búho debería ser de noche. ¿Qué tal un simple y simpático gorrión?
―La última vez que lo intentaste rompiste los cristales de mi choza, el pobre pajarraco murió a los tres días víctima de tu estropicio. Tuve que otorgarle nuevo aliento ya que nada puede morir en la tierra sagrada. Son las normas.
―No, no y no. No quiero poseer a ningún insecto.
La tranquilidad gobernaba plena en las entrañas de la diminuta iglesia. Portón abierto, el sol colándose en la casa de la luz, el cántico armonioso de los vivaces gorriones y el párroco atareado con escoba en mano limpiando cada recodo del templo. Eso sí, silbando alegre éxito de los cuarenta en su animosidad contagiosa, afable.
Primero pasó el paño por todos los metales, quitó el polvo incluso del techo del confesionario maderero para acabar como andaba, combatiendo con la vanguardia escoba mientras esperaba la retaguardia recogedor.
Llegado al rincón cercano a la puerta oficina, la misma que albergaba letrero donde se podía leer biblioteca, una mosca cojonera se posó en su frente espantada con mano benévola, para aterrizar acto seguido en la mejilla originando el mismo quehacer aun con tintes beligerantes.
―Deja tranquilo al padre, duende.―Ordenó el Maestro escriba desde el marco de la puerta.
El anciano cambió su rostro invadido por felicidad al oírle, para abandonar la herramienta de limpieza y caminar hacia el alto conocido…
―Señor, es un verdadero placer volver a contemplar su divinidad, pero pase y siéntese donde mejor le venga.
―Viejo cascarrabias, tu Dios se ofenderá por el trato que me dispensas.―Aterrizando el Halo mosca en la mejilla del Maestro, a milímetros de su oreja.―Ruego disculpes al duende, ya sabe que detesta los insectos.
―Toda criatura está en el abrazo divino del señor, nuestro Dios, Maestro. Incluida su especie y la del pequeño diablo azul.
― ¿Me ha llamado diablo o escuché mal?―Gritó a pulmón para que el escriba pudiera escucharle.―Nunca me cayó bien el montón de arrugas. Si me lo permite, Maestro; podría abandonar este esperpéntico cuerpo y poseer al “sotanas”.
No contestó la niña demanda, el rebote del Halo, se mantuvo inmerso en el problema amenazante contando con pelos y señales lo acontecido al párroco, tras sentarse en el primer banco del templo. El cual, sorprendido frente a tal despropósito, insistió en que cedió a Remilgado la carpeta como le solicitó el defensor de la tierra primera, Madre, cuando puso en marcha el plan…
―Durante la entrevista no detecté ninguna anomalía. De carácter dialogante aun ateo exacerbado con tintes bélicos contra cualquier credo, me atrevería apostillar. Pero ni ápice de que siquiera atisbara su realidad, de hecho agarró con poco entusiasmo la carpeta. Creo que no sospechó de su contenido tal y conforme usted indicó. Le pregunté acerca de sus credos recibiendo contesta razonada desde su estado crítico, ni rastro de la huella del señor Oscuro o de su posible conocimiento sobre la vieja leyenda que engendró a la aldea maldita. Me cuesta creer que todo fuera un engaño. Si lo es, estamos tratando con espíritu habilidoso urdiendo pretensiones desconocidas con reacciones que podrían alterar peligrosamente la situación.
―Necesitaremos contactar con el plano despierto si es qué aún estamos a tiempo.
―De todos los inventos el mejor es Internet. Ni echar las cartas, ni espiritismos estafa; pulsar una tecla y enviar energía de un lado a otro, de una dimensión a la siguiente.― Reverenció invitándole a pasar a la oficina.―Para saber si sigue dormido, si estamos a tiempo de contactar con el otro lado; mejor hacerlo desde mi despacho. Allí espera el viejo ordenador que me regaló.
El Maestro avanzó hacia el cuarto seguido por el anciano dicharachero, mientras el duende aprovechó para escudriñar el templo. Voló zigzagueante, marcando por momentos vuelo triangular o de reconocimiento a distancia, como acuñó la acrobacia moscardón, hasta alcanzar el enorme crucifijo con la sufrida imagen de Jesucristo agonizando que presidía el altar; posando cerca del atormentado rostro de escayola.
Frotó las patas delanteras observando la inerte imagen bien lograda para después soltar chapa en acto de puro y neto ridículo, carente de lógica, infantil.
―Sé que ha pasado mucho tiempo, tío. Pero cada vez que entro en esta sala y te veo colgado, me invade malestar. Lo siento mucho. Comprende que era un novato en fase de selección y que aquel pequeño error fue fruto de la falta de entrenamiento. Hoy por hoy ya no me pasa. Aunque también es cierto que llevo recluido en Madre desde que pasó aquel malentendido. Exceptuando pequeñas escapadas a Alemania y la U.R.S.S. con ciertos roces sin importancia que exageró mi mentor acusándome de irresponsable. Desde entonces estoy bajo la tutela del último de los Maestros, ya sabes, uno de esos que tú llamas ángel. Espero que sepas perdonar a este humilde duende.
La estatua giró cabeza mirando a la diminuta mosca con hastío, movía leve los labios dejando entrever cierto tembleque puntual en la mandíbula.
―Tampoco es para echarse a llorar, hombre. Mira, lo pasaste fatal, te hicieron de todo, es verdad; pero hoy te siguen millones de personas, hay templos por doquier, eres toda una celebridad recordada como el bueno de los buenos. Te han compuesto canciones, hay millones de lienzos, estatuas, literatura, incluso existe un país independiente donde reside la fe que el mundo entero procesa hacia ti. Todo un detalle. La única pega es que ya no eres rabí, te echaron del culto judío inventando otro parecido con nombre mala uva, todo hay que decirlo. Tus seguidores te aman sin excepción o remisión, pero eso de adorar una cruz con clara referencia a la putada que te hicieron los romanos clavándote en ella, un poco sádicos si son, pero siempre desde la inocencia, mansedumbre y adoración a tu imagen. Tampoco te lo tomes a mal. Al fin y al cabo usan la cruz para un buen fin, todo lo contrario de lo que supuso para ti.
―De todas las criaturas eres luz, mosca. Por cierto, un animal muy apropiado por su afinidad al excremento.
―Nada, ahora te ha dado por insultarme. ¿Qué pensarían tus incondicionales de oírte hablar así?
―Preparé mi descenso a la mortalidad, les oré enseñando el camino y llegaste tú. La criatura que sólo tenía que vigilar, iluminar, dar esas trazas mágicas sin poseer a nadie ni a nada. Y acabé clavado en la cruz. Cuán diferente hubiese sido sin tu decadente intervención.
―Pero el señor Oscuro andaba tentándote, ¿no te acuerdas? En el desierto, estuve contigo. Las pasamos canutas por culpa del dichoso sol, tú más al no poder poseer como yo que iba pasando de bichejo en bichejo para no sucumbir, mientras tú solo puedes resucitar. Cuidado, no estoy diciendo que sea un poder menor, la vida se escapa pero al chasquear los dedos ya estás de vuelta. Sin poder evitar padecer la pasión, así lo llaman desde hace la tira, yo lo sigo llamando putada. Y todo por culpa del señor Oscuro.
Oscuro siempre está, pequeño duende, siempre estará. Para eso te concebí.
Aletear leve en despegue perfecto que provocó cuando sus patas dejaron de tocar la escayola, que volviera a su estado natural, inanimado. Otra virtud sorprendente que todavía no dominaba con plomo por su tierna juventud y la falta de entrenamiento al estar bajo las doctrinas del Maestro, reacio a que animara objetos, muñecos, estatuas; al entender que podía confundir a los elegidos.
Voló a velocidad crucero hacia el portón cuando un destello blanquecino apareció enfrente formando diminuto rayo para desaparecer instantáneo, y reproducirse en su costado derecho alcanzando su negro cuerpo prestado.
Sintió agudo pinchazo, semejante al de aguja, provocando aterrizaje forzoso sobre uno de los bancos sin saber que diantres estaba ocurriendo. De nuevo, aunque esta vez masivo ejército, aparecieron destellos idénticos más enfadados, con fulgor electrizante descargando su ira contra la indefensa mosca en andanada exagerada, tanto, que provocó la disociación del Halo con el insecto que partió despavorido dejando al duende, esfera zarca de energía pura y fisonomía circundante, cercado por las beligerantes luces desconocidas.
― ¡Maestro!―Aterrorizado y confuso.― ¡Socorro!
Y tal como llegaron se desvanecieron sin más a la par que el capellán se asomó llamando a la luminaria mágica, invitándole a pasar para comenzar el plan de contención trazado por el astuto Maestro tras comprobar que todavía les quedaba tiempo para solucionar el entuerto.
Halo, paró flotando en el aire frente a su mentor que lo observaba patriarcal, plantado a poca distancia de la máquina informática, mientras el hombre de Dios se acomodó frente al teclado esperando la orden del indiscutible líder.
―Mi pequeño y travieso duende, llega la hora soledad. El viaje te dolerá como bien acabas de comprobar. Esas descargas son la energía que conduce de dimensión a dimensión, pero estoy seguro que culminarás tu cometido porque estás preparado.
― ¿No sería más acertado que usted viajara conmigo? Dos contra uno es mejor que un simple Halo enfrentado al señor Oscuro y sus malas artes. Puede que invada el otro plano de Levantiscos.
― ¿Levantiscos?―Preguntó el anciano abandonando la silla ante la rareza del duende, acercándose a las dos deidades.
―Sí, los letales Levantiscos adversos de los leales Humus. El resultado de la posesión del señor Oscuro en cualquier ser vivo dentro de la dimensión real, que al abandonar el cuerpo corrupto, deja esa maléfica semilla que los transforma en híbridos vaciando su lado benévolo anegado ergo por odio, rechazo e ira.
―Habla de endemoniados, ¿verdad?
―Mi querido creyente, en tu lenguaje sí. Pero es opción casi imposible al permanecer donde permanecemos. No le serviría de nada a no ser que alcanzase su meta, la realidad que aglutina todas las energías para desencadenar lo que vuestro credo anuncia como el final de los días.―Explicó conquistado por desánimo, cabizbajo, entristecido y preocupado por el último de los Halo, por su pupilo.―Recuerda, evita poseer a cualquier humano despierto. Si necesitas cobijarte hazlo solo en los durmientes, los elegidos.
Maestro, ¿debo volver a destruir? Sabe de mis errores en el pasado, todo salió al revés.
―Únicamente cierra la puerta que busca desesperado o al menos impide que llegue a ella. Puede que sea algún durmiente a punto de despertar en la realidad de todas las energías. Es algo que desconozco, tendrás que averiguarlo por ti mismo usando las enseñanzas. Ahora, entra dentro del pendrive, hijo; ha llegado el momento.
― ¿Y si necesito de sus consejos?
El Maestro ofreció su palma izquierda donde posó el pequeño sol zarco delicado, asustado. Lo acercó a su tez exhibiendo mirada vidriosa que contenía reguero sentimental para susurrarle algo que solo el duende escuchó ante la presencia del viejo sacerdote enternecido, que no pudo evitar sonreír contagiado por aquel derroche emocional de padre a hijo.
―Encuentra a López, delfín. Haz aquello para lo que te concebí.
Se elevó cual estrella luciendo su zarco destello revitalizado, volando veloz hacia el pendrive o nave espacial que lo lanzaría a los confines de las dimensiones hasta alcanzar el imposible.
El párroco hizo los honores al conectar en el único puerto USB el diminuto artefacto, ralentizado, para voltear mirada encontrando la pose preocupada del mentor que asintió con la cabeza.
―Buen viaje, pequeño diablo azul.―Pulsando ergo.
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®Dadelhos Pérez (La ranura de la puerta) 2016
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