miércoles, 28 de diciembre de 2016

Espera que esperaras…

Espera que esperaras…

Espera que esperaras en la cima de la paciencia consumida, a milímetro del peldaño prisa capaz de amartelar tu espanto. Pero espera que esperaras quedando gélida sobre charca, manos quietas aun expresivas con gesto agradable en el alto interminable que te ampara. Dejando las vivezas aladas juguetear a tu envuelto, mirando al caminante resuelto que a paso paz se acerca, cala y piensa. Rindiéndose al trono que frente a tu pose resiste lustros como tú resistieras por la espera que esperaras en la cima de la paciencia.
Fuere incomprendido quien visitase tu condena piedra, espantara alados, desviara miradas, detuviera el tiempo cuando mejilla alcanzara madera desgajando la roca cual falsa piel para mostrar la verdadera, rompiendo la espera que esperaras en la cima de la paciencia con ósculo amatorio del perdido en despunte alba, mientras su propietario que es quien os habla promete verso, calidez y alma. Recogiendo el cartón del banco, el plástico sábana… La sonrisa, tu esperanza y mi espera, la razón, devoción, traición pactada y mentira desenmascarada. Para surcar las olas de cemento con rugidos endiablados de chiflados ciegos frente al falso resplandor del oro prometido que usurpa y nunca otorga. Volviendo por el camino cuando manto estrellado asola, a tu vera, y recitar desde el amor olvidado, a ti, mi estatua reina en mi casa parque o jardín, que siempre seré vuestro paladín…
Espera que esperaras en la cima de la paciencia consumida en nuestro vagar parado de la noche entrante al alba regreso… Por eso, viviré los segundos eternos que yacen en nuestras miradas efímeras despertando de todo lo que poseo, el pío amor que conduce perdido al reencuentro.
P.D. Composición inspirada en las confesiones de una enorme mujer sin techo, que me describió su momento cálido en el vasto gélido del imperio soledad, cuando pasa noche junto a hermosa estatua en una de sus muchas casas (un parque) compartiendo luces con la inerte de piedra hasta quedar dormida en aras del buen sabor de boca, amaneciendo en el epicentro de la desesperación con el único objetivo de alcanzar la noche, la estatua, la fuente, el banco y la deseada esperanza.
Dicho esto, me despido sin terciar finiquito ni indemnización pues es voluntario y temporal. No sin antes ordenarles sonreír al menos una vez al día (Si es a la hora, mejor.) (Y si es al minuto, ves al médico, je, je, je… Broma) Sean felices.

Dadelhos Pérez