EXTORSIÓN por Dadelhos Pérez


—Retozaron cual cerdos en piscina de heces y orín, o cardenillo, como prefiráis llamarlo; a fin de cuentas sí es que las hubieren, fueron dos come bellotas aun a dos patas pese a permanecer a cuatro en su tira y afloja pueril. Por supuesto que como buen anfitrión intervine en la gresca...

Los separó.

¿Separarles? Dije como buen anfitrión, querido secretario; y un buen anfitrión procura idéntico entretener a sus invitados. Además; ¿Cuando se tiene la oportunidad de ver en acción al gobierno y a la oposición ensuciándose las manos? Fue tan memorable que incluso perdí mi repelús frente a la falaz política. Pasaron de decir “yo la tengo más grande” a arrancársela a tirones el uno al otro.

¿Y quién ganó, la derecha o la izquierda?

Cierto que la utopía nunca se impone por los sarpullidos que produce en la oligarquía, quitando aquella rancia que se produjo en la lejana unión soviética sufragada por los alemanes a causa de las circunstancias que todos conocemos, la gran guerra; pero anoche brotó de nuevo lo imposible siendo uno de los sirvientes mal pagados el que salió victorioso del lance sin ensuciarse las manos ni recibir golpe alguno.

Me dejáis fuera de juego... ¿Qué tiene que ver un muerto de hambre con todo esto?

Pues, por ejemplo, que la calmó. El servicio se reúne en la planta baja de mi humilde casa de cinco alturas, es mera ironía que nos describe, donde suelen soltar improperios contra nuestra alcurnia expeliendo aquello tan sutil de “¡que les den por culo!” Lo sé, porque en ocasiones bajo a los infiernos abrasadores de la cocina y les escucho desde el otro lado de la puerta. Anoche, antes que llegaran los invitados hice lo propio, y al pasar por la ventana que da a la parte trasera de la casa, pude observar al desgreñado orinando en mis rosales, bueno, de mi santa esposa que ahora está en su retiro curativo en la vieja París...

Por cierto, ¿está mejor su mujer?

¿A quién le importa? Le contaba la escaramuza de anoche, no intentaba hablar de la “vacaburra” incapaz de despertar al soldadito que despierta fugaz frente a cualquier doncella que no supere los 25, y no me refiero a kilos, que también...Bueno, como le iba diciendo, el flaco muerto de hambre meaba agarrando su manguera con las dos manos, ya que no colgaba un pellejo camuflado entre pelo púbico, más bien parecía una anaconda víctima de cogorza que vomitaba litros de orina. Tanto escándalo provocó el caudal, que las señoras de los dos púgiles, buenas amigas, atraídas por el candor húmedo del sonido líquido se acercaron descubriendo la cosa.

¿Al pendejo?

Al lapón africano, secretario; ¿qué va ser? El gigantesco falo del zagal... Dentro, cuando la cena comenzó siguiendo el guión diseñado por quien os habla, ellas comenzaron a soltar indirectas que sus maridos, esos dos ceporros dedicados al arte del zanganeo a la máxima potencia, no tardaron en entrar de cabeza pasando lo que ya le conté. Al mismo tiempo que las avispadas se encerraron en el baño con el muerto de hambre. Imagínese la tremenda situación...

Cierto, una peliaguda encrucijada que seguro supo resolver adecuado.

Me conoce bien... Dejé que los perros se mordieran en el fango y entré en mi sala de trabajo, la enorme biblioteca que mandé reformar cuando mi mujer tuvo que ausentarse, cruzando la puerta incógnita que da a un pequeño pasadizo desde donde pude observar por secreta rendija el pornográfico espectáculo.... Toda una oportunidad, ¿no cree? Grabé ambos conciertos de a cuatro patas y aquí estoy, en su secretaría para firmar el contrato estatal que me adjudican las construcciones y mantenimientos de las diferentes autopistas de la red estatal...

¿Lo que no entiendo es por qué me lo cuenta? Ahora podría usar esa información de carácter delictivo contra usted. Le podría costar la cárcel.

Todos somos iguales; al final van a tener razón esos rojos... El anaconda y usted, secretario, una bonita historia de amor que no entendería la opinión pública... Quiero también el mantenimiento de algunos edificios gubernamentales de la capital, y usted es la persona que puede proporcionarlo. Siempre y cuando quiera preservar sus andanzas carnales.

La opinión pública sabe de mi homosexualidad, señor. De hecho la oposición me llama a mis espaldas el maricón fascista, algo engañoso, media verdad; ya que soy un demócrata republicano, como seguro que bien sabrá... Está entrando en un peligroso callejón sin salida...

Hablo de sus otras aventuras, es obvio que no le podría corromper con chamusquina de dominio público... Su pasado en el seminario, el mismo que abandonó ingresando en el ejército. Aquel chiquillo huérfano que tanto apreciaba por las enormes facultades que tenía a medio cuerpo... Su pecado capital, secretario, su cabeza.