LA CABAÑA (Capítulo 3)


LA CABAÑA por Dadelhos Pérez
(Capítulo 3)

Las llamas retomaron su aspecto normal para separarse por arte de magia copiando cortina, enseñando un profundo túnel oscuro con un diminuto espejo al final donde pudo apreciar su cara enjabonada. Por eso se acercó a la rareza del fuego aunque el intenso calor no le permitió arrimarse lo suficiente como para advertir los movimientos de su extraño reflejo engullido en densa oscuridad.

La verdad de quién eres es la realidad de dónde estás... Eres un cobarde que sabe y aún así se presta; don nadie convencido por el delirio de tantas voces ordenando, mandando, descuartizando ese lado humano, Blanco. Aquí el tiempo es un capricho que nada marca puesto que nuestra conciencia anda alejada de la carne adicta, gobernada por las varillas verdugo... Aún estás a tiempo, no tienes por qué pasar por esto... Sabes de sobra lo que tienes que hacer...

Acabar contigo.

La rabia heredada por la impotencia obró mellando arrolladora, tanto, que agarró la botella tirándola contra el extraño fuego con todas sus fuerzas, naciendo un estruendo poderoso seguido del desquebrajar al son conocido de cristales e intensa llamarada escapando de las entrañas del llar hacia él, formando una enorme mano de fuego. Saltó apartándose del aparente peligro, tirándose al suelo y cubriendo su cabeza... Fue entonces cuando escuchó el dulce cantar de los pájaros, una melodía reconocida al instante, la banda sonora estival de la comarca, de la aldea, del lago.

Lento alzó testa abriendo sus ventanas del alma para descubrir que no estaba en la cabaña, las paredes enyesadas y pintadas en celeste pálido donde colgaban los viejos póster de roqueros con largas greñas, atuendo cuero y metales en muñecas. El aroma café recién filtrado conquistando como conquistara en aquellas lejanas mañanas casi olvido, la cama pegada a la ventana con físico madera, encortinada con tela naranja... Su antigua habitación, el cuarto durmiente de sus felicidades perdidas por el pasar hojas sin leer textos deteniéndose en cualquiera y perdiendo el hilo argumento de su realidad, de su cordura.

Alzarse nada convencido por el convencimiento evidente del lugar cual prueba irrefutable de magias malditas o mente rota, al fin y al cabo ambos caminos morían en lo mismo.
Se abrió la puerta del viejo ropero contrachapado de donde salió la mano amoratada enseñando su palma que lucía una importante brecha, carne desgarrada y hueso al viento, sin sangre que mostrara atisbo de vida.

Si mil años dispusieras, mil años quemarías en tu infierno, Juan. Volvemos de nuevo, esa pretensión de cambiar lo caduco, inexistente en el ahora. Insistes e insistes para nada. Eres un viejo destartalado que se perdió en la avenida principal de su propio razonamiento; entras en el fuego para sofocarlo, quemándote.

No, nada de eso; estoy donde quería. Te dije que hoy ajustaríamos cuentas de una vez por todas y así será.

¡Juan, el desayuno te espera en mesa! Baja de una vez, holgazán.

Sí, Blanco; es mamá, la que siempre anduvo preocupada por ti, por tu formación, desviviéndose hasta arrugarse encogiendo en su negro luto, cayendo por el precipicio desolado tras tus pecados... No lo intentes, volverá a consumirse muriendo en la desesperación de perderte sin comprender tus locuras... Lo mismo que el niño...

Sin prisas, aquella mano ultratumba agarró la puerta cerrando el armario con sumo cuidado, dejando un leve eco metálico que retumbó en la cabeza del que parecía controlar la situación. No obstante, bajó la mirada descubriendo que iba vestido de colegial, el mismo uniforme que llevaban los inocentes del autocar maldito; pantalones cortos en verde pastel, camisa blanca y los mocasines con pulcro fulgor negro. Cinco pasos lo plantaron frente al espejo interior del armario por donde marchó el ente; asombrado por su aspecto, sonrió en mueca desquiciada mientras pasaba sus nuevas manitas por el rostro infante.

Las cartas andaban casi todas boca arriba en la partida confusa de las medias verdades, convencido de que era capaz de derrotar al maldito estafermo que lo condenó a la barbarie; buscó sus libros, libretas y lapiceros guardándolos en la tediosa cartera que colgó a su espalda para bajar las escaleras de la casona hasta colarse en la cocina. Libertad sintió reviviendo su infancia, tentado en olvidar la encrucijada y quedarse en aquella hermosa nube donde todo parecía perfecto.

La cocina permanecía exacta a como la recordaba, el banco de piedra que moría en la pica del mismo material, con los armarios del color hueso y la enorme mesa redonda donde solían hacer todas las comidas; aunque lo que de verdad iluminó su mirada fue verla allá, entre cacharros, pan recién horneado, galletas, leche y el desmesurado amor que ponía en todo... Mamá estaba viva, sonriente, radiante.

Anda, siéntate y desayuna que hoy es el gran día; por fin verás las enormes avenidas de la ciudad y esos, ¿cómo lo llaman en la tele?

Rascacielos, mamá.

Eso, los enormes edificios que hablan con dios de lo altos que son.—Acercó sus labios al oído niño para susurrarle entre bromas.—Dios les prohibió construir más alto porque invadían su parcela. Al parecer no crecían sus manzanos, su fruta favorita desde que Eva se zampara más de una docena mientras el tonto de Adán iba y venía cargándolas. Imagina cómo se enervo el todopoderoso.

La historia no es así, mamá. Fue la serpiente que la tentó.

¿La serpiente de parloteo? No, hijo; esa fue la escusa que puso Dios para expulsarlos del edén, tiempo después llegaron los rascacielos.

Afuera el sol radiaba más que esperanzas chocando sus rayos contra el lomo apaciguado del lago, casa de peces, al son contagioso de las aves, el viento, el ladrido amigo del viejo pastor belga, Bobby... Estaba frente al verdadero paraíso, ese mundo perdido tras años infructuosos por volverlo a encontrar en otros lares lejanos, distantes, puede que parecidos pero nunca iguales. Ni en la bella Argentina, ni en la gélida Noruega, ni en las barras perdidas de los antros desconocidos, encontró atisbo...

Cuando quieras, hijo.—Sonó a sus espaldas erizando cada vello de su blancuzca piel de leche.

¿Papá?

¿A quién esperabas? ¿Al diablo?—Tono gélido que escupía mofa como si lanzara cuchillos afilados a la manzana colocada en la cabeza de sufridora de pago.—Sube al coche, Juan. Te llevaré al colegio.

Pero, ¿tú deberías estar...?

¿Conduciendo el bus que os llevará a la ciudad? Hoy empieza un compañero nuevo y me han dado el día libre, lástima que te vayas de excursión, me hubiera encantado pasar tiempo contigo. Quizás arreglando el corral de las gallinas o pintando el granero. Porque; aún tienes ganas de pintar, ¿no?

Se sentó cabizbajo en el asiento del copiloto tras dejar la cartera en el maletero, su padre bromeó para animarle sin conseguirlo; Blanco olía la jugada ya que su padre murió cuando él tenía dos años en un fatídico accidente laboral. Apilaba las balas de paja y sin saber como, se le vinieron encima...Papá no debería estar allí, papá nunca estuvo allí, por lo tanto...

No eres mi padre.—Vomitó en plena ruta.

Ni tú un niño de doce años, ¿verdad? Juan.—Aún no habían llegado a la carretera y el vehículo zarandeaba por culpa de los baches.—Esta comedia tuya no acabará bien. ¿De verdad piensas que estás reviviendo aquel día? Siento tener que ser yo, tu consciencia, la que te confirme que te bebiste toda la botella de ron, como siempre; no puedes evitarlo es tu naturaleza... Y ahora mismo estás roncando frente al fuego... No quisiera alarmarte, pero el saco de dormir está demasiado cerca de las llamas, yo de ti me despertaba ahora mismo; a no ser que quieras acabar a la parrilla...

Fue cuando sintió un escozor en su mano derecha que le hizo gritar, la contra palma mostraba un importante quemazón.

Aquí huele a quemado.—Carcajeando perverso mientras tocaba el claxon gritando agua repetidas veces entre pura mofa...