lunes, 8 de febrero de 2016

REY MALDITO Capítulo 3, “El Marqués”

REY MALDITO por Dadelhos Pérez.
Capítulo 3, “El Marqués

Pasó la noche en los aposentos presidenciales de la tercera planta de la casona, tras cenar en el enorme comedor junto al ensoñado. Al menos, esa fue la sensación que quedara cual ladilla enganchada en su escuálida razón disecada del todo por culpa de la dichosa fistula, pese a ser consciente del mal que obrara en aquellos años del cambio; cuando se coronó el moribundo y actual monarca minutos después del entierro de su predecesor.
El habitáculo disponía de toda clase de lujos que no describiré, exceptuando la puerta balcón vestido con sedas rosadas y el lecho elegancia de cuerpo ébano, más colchón de pluma aun con la firmeza justa para el buen descanso, lo mejor de lo mejorado multiplicado por lo divino.
Se cambió de ropa quejándose de la dichosa fistula hinchada, caliente, dispuesta a estallar cual volcán nauseabundo pringando de pus la pulcra cama. Y pensó en darle muerte con sus dedos en pose demencial. Se arrodilló sobre una silla apoyando su pecho en el respaldo desnudo de cintura para abajo, y con la mano derecha pinzó apretando con todas sus fuerzas, soportando el terrible dolor que iniciaba conquista en su trasero con pinchazo agudo.
Algún grito retumbó en la estancia noble cuando el asqueroso maloliente salió disparado hasta las hermosas cortinas, donde acabó estampado.
— ¡Dios me bendiga! Detesto esta maldición que me visita cada tres o cuatro meses. —Balbuceó antes de tumbarse y arropar su orondo cuerpo emperador de colgajos con la manta estampada.
Fueron minutos alivio que le regaló aquella extraña jornada, aunque llegaron nuevas incertidumbres tras la pelea con la hinchazón occisa, al tener todo su intelecto a merced de la variopinta historia del Conde. Desde siempre fue un hombre regio y de buen razonar, sirviendo a la corona más allá de sus intereses personales, tanto es así, que gracias al noble se evitó la contienda de los almos tras negociar con el Duque Dorth, el cual accedió regresando a sus tierras con sus ejércitos. Pero lo que narró, bacanal, infiernos, hechicería, herejía. No daba crédito.
Miró pues hacia el balcón revestido con la seda que bailaba sutil, excitada por las invisibles caricias del viento susurro, mientras recordaba aquellos años de juventud. De cómo conoció al regente rey en el burdel de la ciudad atiborrándose ambos del delirio hidromiel, entretanto se sentaban en sus piernas las damiselas; casi niñas que vendían sus encantos en las panzas del antro pecaminoso que se erigía junto a la santa iglesia, en el centro, a la vista de todo aquel que no gustase de la luz y amase, siempre con la bolsa repleta de ducados, las mieles prohibición de la penumbra reina que termina corrompiendo a los corruptos que la gozan.
Mesas enanas y cojines sobre alfombras vistiendo suelo en el piso superior, donde sólo accedían los más acaudalados, como era su caso. El joven príncipe no descubrió su verdadera identidad actuando como cualquiera, engullendo el dulce licor, los labios de las jóvenes, sus pezones, sus pantorrillas; para soltar alguna historia graciosa acompañada de carcajada colectiva. La madrugada donde ambos comulgaron sin saber quién era quien, ya que el Marqués hizo lo propio al estar extasiado del trato elitista que los mundanos ejercían sobre él. Cansado del “sí señor”, del “como os plazca”, del “para serviros”; cuando necesitaba cercanía franca, hablar sin tapujos obviando las asquerosas clases que oprimían sesgando el lado humano de los seres humanos.
El sueño le visitó atrapado en el recuerdo regurgitado despierto, vislumbrando la bella imagen del sensual baile de la seda glamour, para cerrar párpados adentrándose en los reinos del pagano Dios Morfeo, aún sin abandonar el recuerdo convertido en sueño...
—Mi padre insiste; es como terrible dolor de muelas al que no le queda ninguna, un reflejo molesto de lo que fue sin serlo.—Agarrando la jarra recién preñada del líquido espirituoso para prolongar trago exagerado, que desbordaba por las comisuras de su labio cercado por densa barba castaña.—Pero siempre vislumbré el camino de mis días, camarada. No importa la dedicación que tenga uno, lo importante es ser quien se es sin tapujos ni miedos. La vida es un suspiro cuartado por la muerte, ya que siempre alcanza tras amenazar millones de veces.
—Estoy con vos, amigo. Si la bebida quita años y condena alma en el averno que tanto repite el sacerdote, mejor beberla entre agradable compañía. —Besando el cuello de la muchacha que se mantenía tumbada junto a él. —Y grata charla amena, ¿no creéis?
El joven príncipe serió tras las palabras del Marqués, dejando la jarra en la tabla enana y solicitando con gesto a las concubinas que se marchasen.
— ¿Le molesté con mi comentario?—Con evidente preocupación.
— ¿Creéis en Dios? ¿En el Dios de nuestra santa iglesia?
—No hacerlo supondría la hoguera, mi buen amigo. Sí, creo en el padre celestial.
Escarbó en sus ropajes sacando un viejo papiro lacrado que dejó sobre la atiborrada mesa. Sus ojos vidriaron al son pálido ganado cuando ordenó salir a las hermosas, enfrentando su mirada a la del contertulio que no comprendía el radical cambio del ahora nada animado barbudo. El Marqués, disimulado, agarró la empuñadura de su daga predilecta que descansaba atrapada en su cinto; al ser consciente que en las madrugadas pecaminosas albergaban peligros constantes, paridos desde los efectos del alcohol, los deseos diabólicos de sangre gratuita, o el más extendido, el deseo de apropiarse de la bolsa ajena sin preguntar, bastaba con asestar mortal estocada de acero a traición. Conocía tantos casos como tantos otros superó en los callejones madrugada, esas donde la parca es auténtica protagonista.
—No la necesitaréis, no pretendo gresca. Pero vuestras formas, esos pensamientos con ideal libertario me agradan. Ningún plebeyo hablaría como vos, no rompiendo la ley por muy injusta que ésta fuera aun tildando vuestra contesta con pura insinuación. No me contestasteis; ¿creéis en el todopoderoso?
—Disculpad si acaricio acero, ya sabe cómo se las gasta la madrugada. —Sin soltar el hierro. —En cuanto a mi contesta, creo que dejé páramos traslúcidos sin mermas o amagos, señor.
— ¿Sabéis quién soy?
—Un tipo con extraña personalidad, me atrevería a decir. Minuto pasado sembrasteis cordialidad y ahora...—Siendo interrumpido por el hijo del monarca.
—Soy el príncipe heredero de la corona. Y no gozo más que de una personalidad, Marqués.
— ¿Cómo lo habéis sabido?
—A la próxima, procure quitarse el anillo con el emblema de su distinguida familia, señor. Aunque conmigo está a salvo. —Y le enseñó el colgante donde figuraba el sello real. —Pronto vendrán los arquitectos que mi padre mandó llamar cual vientos secos que traen vivezas para los fuegos rabiosos, y por lo tanto, la guerra.
—Alteza, disculpe mi atrevimiento. —Reverenciando a la par que depositaba la daga en la mesa cual señal de sumisión.
—Necesitaré de sus servicios, Marqués; cuando por fin seáis amo y señor de las tierras de vuestro honorable padre. Juntos cambiaremos el sino al que nuestro rey nos conduce. Muchos otros están al corriente de mis asuntos, es más, mostraron su lealtad incondicional al futuro Rey. Es decir, al mismo que os habla. Mi padre debe ser depuesto lo antes posible.
— ¿Me pedís que traicione al rey?
—No, os pido que no traicionéis al pueblo.




Y hasta aquí, el tercer capítulo de la saga. ¿Qué esconde el Marqués? ¿Fue asesinado el rey? ¿Existió insurrección velada? Muy pronto el 4º capítulo, no os lo perdáis.
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