miércoles, 9 de marzo de 2016

La rata Isidora

La rata Isidora


Cuentos, hijo; cuentos hay tantos como personas en la faz terrestre sumadas a esas otras que no pisan suelo, sino, descansan bajo él. Muchos escuché siendo zagal, más o menos de tu edad, cuando recorría las calles de la aldea con vara cual espada hasta la plazoleta, donde sigue impasible la vieja piedra grisácea de la seca fuente.
Tienes suerte, ya que tu abuelo aprendió los malos y los buenos sin cambiar coma, eran tiempos afables para mí, como lo son ahora para ti.

¿Qué historia me vas a contar hoy?

Te contaré un secreto antes de emprender nuestro momento, todas los cuentos terminan en moraleja casi pareja, muchacho; así que se puede decir que todas las fábulas se resumen en una.

Eso no es verdad. Están los cuentos de piratas tuertos con parche en el ojo, loro parlanchín al hombro y pata palo. Ah, y una espada enorme que corta mucho antes de llegar a tocar la piel. Me lo contaste ayer, ¿te acuerdas?
Cómo olvidarlo, te pasaste toda la tarde con el pañuelo de tu abuela atado a la cabeza, saltando de un lado a otro esgrimiendo cual espada mi viejo bastón. Casi nos dan las uvas intentando convencerte que tocaba dormir.

Es que me gustó cuando el pirata barba afeitada se convertía en bueno. Hasta ayer, todos los cuentos que escuché tenían buenos desde principio a fin, y malos malvados, abuelo. Pero nunca oí uno como el tuyo. Malo que secuestra y mata convertido en bueno por hacerse amigo del niño.

Es cierto, en la escuela os enseñan el blanco y negro olvidando esas otras tonalidades que imperan en la vida…

¿Qué?

Nada, hijo. Nada. ¿Te cuento la historia de hoy?

¡Claro! Empieza como empezaste la de ayer. Pero no hagas trampas, cuéntame uno nuevo.
Te contaré el más nuevo de todos los nuevos que sé, teniendo en cuenta que soy un viejo cascarrabias que podría competir con Matusalén

¿Con quién?
No importa. Anda, siéntate en la silla y deja el bastón tranquilo. Te contaré la increíble aventura de la rata Isidora, más conocida como “la cotorra” al no poder parar de hablar…

Abuelo, las ratas no hablan.
Ni los barcos piratas vuelan, hijo. ¿Verdad?

Vale, atiendo. Pero espero que tenga miedo aunque sin sustos, vale. Porque los sustos me asustan dándome miedo.

No te preocupes que entendí a la perfección tu curiosa demanda, tomo nota, aire y aliento (siguiendo extraño razonar redundo) más...

            Érase una de tantas sendas en iguales aldeas de cualquier lugar del mundo conocido y del otro; ese invisible para el hombre y sólo accesible al reino animal que en convivencia perfecta gracias a su escondite mágico, se mantenía con todo su esplendor, incorrupto. Aunque donde vida hubiere, reza el viejo refrán, muerte poblara. Y con esto no quiero más que señalar lo oscuro anidado en lo puro del paraíso.
¡¡¡Grandes garras de oso encolerizado, fauces voraces y rugido averno!!!

Abuelo, me da miedo.

De acuerdo… Un travieso oso de trapo viejo y desdentado, con ojos botones pardos, saltones, aun sin escapar de la cara y cosidos por la anciana de la cabaña del cerro… Aquella vieja que paseaba al alba recogiendo yerbas para mezclarlas en hervor y embotellarlas en arcaicos tarros de vino rancio, el mismo que nunca bebió al ser abstemia desechando el licor por el sumidero…
Trapo (que así se llamaba) vivía agazapado en la ladera donde nacía el bosque encantado para los humanos que no podían ver el paraíso ensoñado, donde un diminuto castillo construido con palillos e hilo vulgar, erigía en lo alto del árbol más veterano, justo en la rama enorme que alcanzaba sus gemelas coníferas. Dicho de forma sencilla, las copas arboleda, tupidas, que apenas dejaban pasar los rayos del sol.
Reina reinaba, pelo grisáceo, ojos negros, cola pelada y larga como día sin pan; más los ratoneros dientes tan blancos que daba la impresión que emanaba luz frente a tanto fulgor dentífrico, aunque no recuerdo la marca.

El Trapo, que ya te dejo claro que es el malo, llevaba semanas robando las sabrosas bayas del huerto real, así como galletas, mazapán, uvas pasas, chocolate suizo, algún litro de cola, varios kilos de caramelos, chuches a granel, turrón duro y blando, tres botes de leche condensada y cincuenta barras de pan. Todo un despropósito que mermó las arcas imperiales conduciendo al sacro pueblo ratón casi a la extinción por hambre… Y a este desmán hay que añadir los helados de pistacho, el arroz al horno que sobró en el último jolgorio, la horchata de chufa y las chufas a remojo de la fábrica ratonera instalada en el enorme tronco, bajo el castillo palillo que ya te mencioné.

Tratos tuvieron lugar con el reino vecino de las abejas miel, que al no ser molestadas por Trapo, declinaron trazar treta que detuviera la sangría alimenticia que engordaba y engordaba la enorme tripa del haraposo. Obligando a la monarca a lo que le obligó.

Nadie se atrevió a dar paso al frente, cuando la regente solicitó voluntarios para cazar al ladrón. Colas quietas, casi inertes, y miradas hundidas en el palo trenzado con hilo de coser que constituía el todo del edificio. Cuando salto diera el más joven de los roedores, gritando animoso que idea le llegó con solución viable, al recordar las hazañas que le contaran sobre la valiente rata Isidora.

Venció al terrible gato de la cabaña del cerro, majestad. No se sabe cómo, pero al tercer día el felino recogió su ovillo de juegos desapareciendo de la comarca.

Necesitamos un guerrero hábil con el manejo de la espada alfiler y astuto; recordad que nos enfrentamos a Trapo y su voraz apetito… Cuentan que las piedras que faltan en nuestra senda bosque se las zampó, eso sí, después de atiborrarse de higos chungos en el desarbolado del este. Enviar rata podría confundir al oso que en vez de divisar peligro atisbara bocadillo corredor.
¿Si al gato pudo vencer teniendo en cuenta a la astuta dueña de la casa, complicada amenaza?; ¿qué puede temer de un oso de peluche?
Sonaron campanas celebración mientras la elegida trepaba el tronco hasta el balcón presidencia de la emperatriz ratón, siendo aclamada por multitud de roedores tan esperanzados por la increíble solución como delgados por culpa de la inanición provocada por el glotón obeso.

Prometo promesa ante la ciudad ratonera, aquí en el alto balcón junto a su majestad la reina señora con corona pues fue coronada…―Comenzara discurso que no acababa.

¿De qué habla? ¿A qué se refiere?― Murmuró su alteza impaciente.

―… Me gusta gustar tras gustarme frente al reflejo sin eco y a luz templada, siempre antes del alba si la estación es otoñal y anda triste el día. Porque acaba soltando lluvia fina que moja mi moño perfecto que costó cuatro bocados de parmesano en la peluquería de Cantimplora, esa astuta rata que no agrada y se disfraza de mapache, perdiéndose en los arbustos noche de los adoradores de bayas…

¡¡¡Basta!!!― Impuso orden ganada por dolor de cabeza ante el inri insustancial.―Marchad en busca del ladrón y desterradlo del reino, rata Isidora. Si lo hiciereis posible os concederé una bola entera de queso holandés de importación. Nada de sucedáneo fabricado en la estepa africana y envasado en la España pandereta con etiqueta “made in Holanda”.

Pasillo formaron los más de trescientos famélicos por donde paseó orgullosa la rata cotorra hasta alcanzar el camino, bordeando charca y saltando pequeña rama, dejó la muchedumbre galopando cual caballo aun siendo roedor, hasta salir del bosque encantado y entrar en la desencantada ladera.
Lo primero que advirtió fueron cortezas de plátano, envoltorios de caramelos, migas de pan blanco, latas vacías de refresco, palos plástico de piruleta, granos de arroz, envases cartón de turrón duro, blando, tres yemas, yema tostada, chocolate, chocolate crujiente, coco, Jijona… Un momento, espera, también restos de bombón y fruta variada, al menos es lo que leyó en la caja vacía que resistía al viento frenada entre piedra y simple matorral.

¿Quién anda ahí?― Grave, gravísima voz que brotó de los adentros cueva, donde figuraba un buzón con la leyenda “Casa del señor Trapo, alias el oso o botones para los amigos.”

Soy la rata Isidora, vengo de parte de la reina que impera en su reinado bosque, todo recto a la derecha, y luego, tres saltos: uno grande para esquivar piedra, uno largo para el charco, y el último… Bueno, ese lo di porque me gusta saltar aunque tú también lo puedes dar. Pero no es obligado...

¿Cómo?

Haz lo que quieras, al fin y al cabo estás en tu casa. Pero esa enorme tripa que calzas tiene mala pinta. Comer a deshoras trae grasas, engorda. Mejor aguanta hasta la cena y no meriendes… El régimen de no comer aun bebiendo siempre que azúcar no tenga, te iría bien.

No, no. No. Me refiero a quién diantres eres.

Cómo dijiste comer.

Dije; ¿cómo?

Y yo te contesté; mejor espera a la cena y no meriendes… ¿Recuerdas o estas sordo? Porque si padeces sordera tengo un remedio que remedia remediando la nula audición, si fuere el caso, o aumenta la calidad de la misma si es a medias la sordera... Teniendo en cuenta el grado de atención que pongas, a veces no atender se confunde con sordera y nada de eso, el despiste es despiste y lo del oído lo otro, lo otro que estamos hablando mientras hablamos ahora, ahora mismito. No quiero confundir, amigo oso. Tengo respuestas, es cierto, pero también tengo cuestiones (puede que debiera esperar hasta lograr o terminar la misión que me fue encomendada) No haría mal a nadie conversando contigo un ratito grande adonde…

¡Estás cómo un cencerro! Márchate de aquí.

Me gustaría aunque vengo por venir tras el acuerdo acordado con su alteza, no es alteza por alta, ¿sabes? En realidad es más enana que yo y tiene celulitis. Ella cree que no me doy cuenta, se pone esos anchos que tapan mucho pero cuando camina, se abren las aperturas y ¡¡¡chachá!!! La celulitis. Y va teñida, se aprecia en las raíces de los pelos de las narices. Para ser una reina no acude a buena peluquería, seguro que va a la de Cantimplora, esa travestida de mapache y enganchada a las bayas… Zumos de bayas, bayas con yogur, yogur de bayas, macedonia de bayas, bayas con mantequilla sobre tostada; mermelada de bayas, licor de bayas, bayas al vapor, bocadillo de sirope de bayas, arroz con pimientos y bayas; paella de bayas; chuletón salteado con setas terreras y bayas de temporada alta, rociado con polvo estrella de jengibre al toque de sal gorda… Y no me preguntes que sólo recuerdo dos gotas manchando el plato donde descansaba un delgaducho chuletón que era chuletilla, todo hueso, y una baya cual guinda. ¡Qué mal gusto tenían en aquel restaurante! Sin mencionar el servicio que andaba colocando trampas en los rincones para cazarme, cuando yo siempre accedía en plena noche por el centro sala, cosa clara fue lo estridente del color de sus paredes de naranja fosforito y techo verde, menuda locura. Ni que fuera obra del cura borracho, el del templo solitario a tres días de aquí, eso sí, si la marcha es al trote y no explorando; que si veo mariposa me entretengo, mira como vuelan las abejas, ¿estarán los peces dentro del río o ahora que no miro andan fuera? Tomando el sol, por ejemplo, mejor lo compruebo…

Así estuvo, cotorreando durante tres días con sus noches, impidiendo dormir al enfurecido oso de peluche que terminó agarrando su macuto para regresar a la casa del cerro junto a su dueña.

Volvió victoriosa al castillo palillo entre clamores de sus habitantes, tanto fue la alegría que prepararon la celebración más impresionante que nunca jamás se preparara en el reino ratón.

Mira que les costó partir la sandía traída desde las fértiles tierras labranza, trayecto que empleó semanas sino meses. Y cuando la abrieron sus tripas andaban blancas imperando desánimo entre el populacho hambriento. Fue entonces cuando Isidora compartió su bola de queso recompensa que descansaba sobre la base piedra que ejercía de tabla, y agradecidos, insistió la muchedumbre en que hablara la heroína al son que negaba con la cabeza la reina, eso sí, sin pronunciar palabra.

Fue en tarde moribunda casi besando al intermedio crepúsculo en el tercer día.―Comenzó la latosa pesada.―Le explicaba como pintar un mural sin lienzo ni pinturas al terco oso, el cual, negaba con la cabeza tapando sus orejas y cerrando ojos… No podía creer que no supiera trazar pincelada invisible en el tamiz viento… De momento, pregunté si tenía sed de beber, por supuesto, fui sensata y especifiqué dejando claro y tendido en el hilo evidencia, que no me refería a la sed de alma o consciencia sino a la física del beber. Cuando terminé mi escueta pregunta aliñada con argumento expresado con sumo tacto, voz delicadeza y gesto siempre cordial… Miré y miré… Debajo de las latas consumidas y entre las migas del pan; dentro de los envases cartón, entre las cáscaras de melón, en la cueva, en el buzón… Y nada, no estaba, se esfumó sin humo o ruido que me advirtiera de su quehacer extraño, no lo critico pues me suele pasar aunque no logro encontrar el motivo…

Cuando la rata alzó mirada descubriera lo que siempre descubrió…

¿El qué, abuelo?

La soledad, hijo, la soledad… Todos los ratones, hormigas, pájaros, viento, rutinas, agua, pan, frutas, quesos…. Todos se marcharon corriendo dejando sola a la rata cotorra que siguió hablando y hablando hasta que le entró el sueño. Para dormirse y soñar que hablaba y hablaba y no paraba de hablar…

No entiendo el final, es raro.

Tan raro como oso de peluche zampándose lo que se zampó sin tener boca, dientes y estómago… Lo cierto, que esta es la leyenda del por qué las ratas de todo el planeta que se encuentran en todos lados, donde incluyo los barcos y aviones, hablan con ese agudo y molesto tono… Sin embargo, deja que te diga que no quedó sola, al principio cabizbaja le explicaba a la nada con molesto tono mientras caminaba, alcanzando el alto cerro, y por lo tanto la vieja casa donde se instaló en el granero.

Suena a comienzo, no a final.

Cierto, chiquillo; de hecho eso mismo es pues comenzaron andanzas imposibles a lomos de bestias desconocidas. Cruzando desiertos plagados de lagartos fosforito, serpientes con patas, es decir, ciempiés gigantes. Algunas aventuras a bordo de veleros y otras, las más escandalosas, conduciendo bicicletas por el mar… Pero son otras leyendas de la rata Isidora y su sordo amigo el oso harapo, que mañana mismo te contaré en nuestro agradable rato de la tarde, como hoy o ayer.

Gracias, abuelo; me encantan tus historietas. ¿Me dejas el bastón para jugar?

Tuyo es.

P.D. Cambiando al abuelo por padre, al nieto por hijo y algunos mínimos rasgos de la narración. Esta ere mi aventura cuando mi hijo me esperaba impaciente tras escuela parvulario, para que le contase un cuento inventado en el mismo momento. No valía repetir hazaña ni leerla, ya que su madre le leía cuentos en la noche, y su padre (este mismo que escribe estas líneas) se encargaba de la invención desde la imaginación de dos niños diseñando planetas.... Un abrazo, familia.