La aldea maldita Capítulo 3º

La aldea maldita
Capítulo 3º
“Despertares”

Desperté empapado de sudor, miedo, buscando aliento, escapatoria. Para cerciorar que la realidad me esperaba allí, en el habitáculo reservado por el dicharachero párroco. Con la diminuta carpeta zarca esperando sobre la mesita de noche, mientras los últimos rayos del día perdían la guerra crepúsculo al son corriente del cántico agua que precipitó mi reincorporación.
Me quedé dormido a la espera de que se llenase la arcaica bañera del más anciano cuarto de baño al no disponer de ducha, ese fantástico invento desconocido al parecer en el universo aldea. Abriendo de nuevo la entornada que creí solventada tras el tratamiento, aunque puede que fuera algo más, algo desquiciante en grotesco hilo desprovisto de cualquier argumento. Simplemente cerré el grifo con la sensación de rescatar viejos fantasmas pese a no encontrar relación alguna. Entonces, víctima de mi propia egolatría, eché las culpas al lugar justificando mi ayer enfermo, esa etapa en blanco y algunas trazas del gris más ofuscado.
Confieso que me sentí ridículo tachando lo bello por siniestro en apenas horas, por culpa de la extraña pesadilla donde afloró mi deseo carne, sazonado con tormento amenaza. Mi decisión fue típica, cobarde, ignorar a la espera de que no fuera más que lo que fue, horrible alucinación. Para regresarme herido, descender la escalinata rumbo al comedero tras el baño.
―Buenas noches, señor. Deje que le acompañe al salón.―Como buena anfitriona, me condujo a la sala amagada tras las cortinas otra vez.
Cenar en la diminuta estancia que poco o nada se asemejaba a aquella del mal sueño. Sólo la chimenea y la cabeza disecada del animal con reducido tamaño en comparación con la del perverso, al ser lo que era estando donde estaba. Además, no existían lienzos de escenas caza, ni lugareños apostados en el inexistente ventanal que resultó ser ventanuco, ni la presencia del flaco enigmático con cierto parecido al párroco. Sólo la hermosa joven y el decadente urbanita cobarde.
―No dispongo de demasiados platos para la cena, señor, de hecho, no cociné nada al no llegar todavía mi padre de la compra. Puedo prepararle una tortilla de patatas con cebolla, es mi especialidad, plato estrella nacional. Y para beber, vino o agua; aunque el vino es de la zona. Lo siento, no disponemos de más por falta de clientela, espero que lo comprenda.
―No se preocupe, Adela, sirva lo que mejor le venga.
Su gesto lo dijo todo, soltó lastre regresando a la cocina que permanecía a la vista, sin tabique divisor ni puerta intimidad. Me dediqué a contemplar sin hallar rescoldo interesante en el angosto más casero que comercial, incómodo por no saber siquiera hacia dónde buscar al no existir interés, únicamente recuerdos de familia.
Ella, astuta y delicada, se percató acercándose a la pequeña estantería arrinconada entre sombras de donde agarró un viejo libro de tapas descoloridas que me cedió con cierta ternura inocente gana adictos. Timidez confundida por no existir más que elegancia en su quehacer, alejada de miedos, despojada de lastres conciencia. Dama plena, anclada a la felicidad vida y armonizando cualquier estado decaído de ajeno entre brumas, como fue mi caso.
―Son las viejas leyendas de la aldea, hay mucha fantasía entre toneladas de hechos reales. Supongo que al ser usted periodista le encantará perderse en la historia oficial y esa otra, aunque sospecho que ya lo habrá hecho antes de venir.
―Se equivoca, señorita. Vine para entrevistar al escritor no para indagar en la bibliografía del lugar. Será una lectura apasionante, se lo agradezco de todo corazón.
Volvió sobre sus pasos deteniéndose con gesto contrariado, para regresar copiando infante eclipsado por cuestión…
―Disculpe, ¿para entrevistar al escritor? En la aldea no hay ningún escritor. Tenemos ganaderos, agricultores, un albañil, el párroco y poco más. ¿Algún vecino escribe en secreto?
―Más que en secreto lo hace en las redes sociales. Aglutina infinidad de seguidores e incluso ha tenido problemas con la ley, aunque de eso hace varios años. Cambió de seudónimo publicando temas espinosos que no agradaron a cierto sector de poder. Una historia apasionante, ¿no cree?
―Estando donde estamos la tacharía de imposible.―Sentándose a mi lado.―De todo el pueblo soy la única con estudios, por eso me cuesta creer lo que dice, señor. Bueno, el párroco también sabe leer…
― ¿Leer? ¿No estará insinuando que solamente hay dos personas en la aldea que saben leer?
―No insinúo nada, lo afirmo. Cuando llega el correo me dedico a leer las cartas a los vecinos al igual que el párroco y mi padre. Puede que en sus indagaciones pasara algo por alto, no sé.
―Sólo puedo decirle que vive en el alto montaña. Al parecer y según me informó el cura, en una choza.
― ¿El ermitaño?―Expresión que tensionó palideciendo súbita.―Sí, es posible que sea capaz de eso y mucho más.
― ¿A qué se refiere?
―Es un tipo extraño, pero no confunda mis palabras. No suele tratar con nadie a excepción del párroco. Lo incomprensible es que ni siquiera baja a la aldea en busca de víveres. Padre, dice que cultiva en verano y caza en invierno, pulula por el bosque que comparte con los lobos. Eso sí, jamás hizo mal a nadie, ni bien. No encaja demasiado positivo las visitas.
― ¿Lobos?―Aquello comenzaba a mostrar su lado más recóndito.
―Nadie en su sano juicio se atrevería a caminar por la densa arboleda caída la noche, señor. Esta zona sigue siendo dominio natura y los lobos, guardianes, son los dueños voraces de las oscuras. En el libro encontrará la leyenda de la aldea maldita, como le dije, realidad adornada con azúcar fantasía y título poco acogedor, por llamarlo de algún modo. Será mejor que le prepare esa jugosa tortilla, quedará impresionado, ya verá. Acepto propinas.―Bromeó volviendo a la cocina.
Viejo, así mostraba, cansado de soportar las letras que descifraban enigmas del subrepticio perdido al son macabro cual título poco sutil, la aldea maldita, letras doradas sobre lecho tierra desgastada, erosionado por sus cantos moribundos. Lo miré indeciso y temeroso. Sé que parece algo ilógico pero tenía mis razones. Puede que la sensación que me azotara en la parroquia no fuese vana e intuyera el inmediato futuro poco agraciado. Y me asaltó arcaico dicho popular sobrevolando mi mente confusa, “La primera impresión siempre es la buena, la segunda sorprende haciendo veraz la ignorada. La tercera, sacude cántico del hiciste tarde, remordimiento, perdición.”
Mis yemas presentaron nuevo lector con tacto saludo, los ruidos de la cocina ambientaron sin cohesionar ritmo, un suspiro cual pistoletazo de salida para abrir sus encanecidas tapas descubriendo ilustración que rozaba fotografía, pariendo letra en eco cuento, rareza cual riachuelo corriendo hacia la verdad verdadera del océano sinceridad tras párrafos de a medias y hoja entera, sin firma o seudónimo de autor como sello desconcertante de aquella desconocida obra donde me sumergí de lleno, sin tapujos.
Recuerdo bien las desventuras hornadas con pocos adjetivos, descripciones parcas que aunaban potentes intenciones, sin desviarse; para concentrar resumen en simple palabra, “peligro”, diseccionado argumento en frase que no era otra más que su fatalista enunciado (…) La aldea maldita (…)
De todos los relatos me quedé prendado con uno, el solitario cuento que parecía representar mi estado por semejanza con su protagonista. Sufriendo idéntica primera intuición que disipó bajando la guardia, para ser engullido por la maldición de aquella tierra casi desértica, que según rezaba la historia, lo estaba por el influjo mágico que producía sobre cualquier ser vivo aflorando su auténtica naturaleza. Los malos y buenos sin careta, a merced de excesiva bondad ñoña o cabalgando sin ventura hacia el abismo interno de la malvada locura para resurgir en noche abrazando pecado. Asesinos que asesinan o ladrones que roban sin amago, descarados y expuestos frente a los lugareños dominados por pura y neta bondad. Entonces aparecían los reyes de la noche, guardianes empecinados en equilibrar la balanza eliminando detestables cual pago tregua con sus vecinos aldea, convirtiendo malvados en sustento. Un cuento asusta viejas que encerraba realidades imposibles de vislumbrar en aquel momento. Lo comprendí después, mucho después; tras ignorar la primera sensación, pasando por la segunda, no, la siguiente. En la hecatombe del demasiado tarde, como bien sabe.
Llegó a la aldea por petición del cura a mediados de los treinta, cuando la guerra civil golpeaba el país exceptuando los lindes de la aldehuela olvidada. Vacada campando a sus anchas, cosechas, abundancia cual contradicción con el resto de la piel de toro. Y en cerrada noche tras sufrir espantosa pesadilla, osó adentrarse en el denso bosque, montaña arriba, encontrando de frente su verdad, la auténtica, sin intervención condescendiente del interno excusa. Para después quedar a merced de los cuadrúpedos verdugos. Imaginación, pensé, imaginación que me imaginaba o imaginó desde mucho antes de que naciera. Sucumbí absorto; en volandas del desespero inadvertido por la dulce niña. La misma que me rescató dejando su famosa tortilla sobre la tabla.
―Hora de cenar, ¿no he tardado tanto, verdad?
No respondí, no supe reaccionar. Creo que tornaba de nuevo al victimismo, abrumado por el cuento que aparentaba inspirado en mí, al menos así lo encaje en aquel momento. Hasta que dejó la ensalada en el centro mesa brusca, aun sin malas intenciones, jugando, buscándome, rescatándome, alentando esperanzas.
―Perdone, me apasioné con la lectura. Sobre todo con la historia del forastero.
―Todos lo somos.―Dijo sentándose de nuevo a mi lado.
― ¿Qué quiere decir?
―Me sorprende su desconocimiento, señor. Cuando viajo a cualquier lugar siempre procuro informarme. Esperaba que usted ya conociera el enigma de la aldea.
―Bueno, tenga en cuenta que vine para entrevistar...
―Cualquiera que pasa por éstas argumenta lo mismo. No es el primero, señor.
― ¿Qué quiso decir con que todos lo somos?
―Está bien. Ningún vecino ha nacido en la aldea por muy extraño que le parezca. Cuando las mujeres están a días de dar a luz las llevamos a la urbe, al hospital. De ahí que todos somos forasteros… Llegados los recién nacidos al poblado dirimen dos cauces según la tradición, o se comportan de manera normal, es decir, nada, o enferman. Por supuesto que son meros hitos románticos, siendo amable con las habladurías ancestrales que vagan lejos de la realidad de mi tierra cual rumor centenario, olvidado y desterrado incluso de las fiestas patronales. Ahora sólo sacamos en procesión a la virgen, puro acto religioso donde se omitieron las viejas reseñas profanas bordadas en el manto de la imagen. La aldea se moderniza a ritmo ralentizado, dentro de sus limitaciones. Gracias a Dios la inquisición fue abolida la semana pasada.―Bromeo hipnotizando con atrayente risa.―Son cuentos, viejas historias heredadas de desmanes a manos de los licántropos, la leyenda del hombre lobo o la del hombre del saco, cada cual la interpreta aferrado a lo que más le conviene. Siempre bajo la premisa de creencia, sea cual sea, como reza el último párrafo de la aldea maldita. Uno es su propia protección, o algo así.
― ¿Por qué?
― No soy persona indicada para ahondar en el tema, es arduo argumento que bien podría discutir con el párroco, auténtico especialista debido a su profesión. En síntesis, aquel con nula creencia alberga espacio para las influencias de Madre. Y Madre siempre rescata la nítida esencia de cada ser (…) Por ejemplo, un asesino entra en los lindes alma, el bosque, convencido de que su obra es reflejo adoración al señor Oscuro (el diablo) la influencia de Madre sobre él no trasgrede su estado al abrazar creencia independientemente de que sea positiva o todo lo contrario. El resultado es inmediato, los lobos perciben, persiguen y devoran al asesino manteniendo la pulcritud del lugar, el equilibrio balanza. Sin embargo un no creyente espera, pregunta, actúa buscándose a sí mismo, siempre dentro de la interpretación de la vieja leyenda; y Madre lo sacude del mismo modo operante con la diferencia de que el abnegado descubre lo que es omitiendo lo que pretende ser con sus vanas filosofías. Violador, asesino, pecado o perdón (…) El perdón es inocuo sin pecado aunque fuere sin ser reconocido. Descubrirse cual monstruo para enfrentarse a uno mismo y a los justicieros cuadrúpedos… Si llegase a manos de los yanquis esta historia, estoy segura que crearían un filme de culto, taquillero.
―Sí, suena muy novelesco.
―Son habladurías de antaño donde ni siquiera se perciben ecos en nuestro presente. Pero guardé el viejo libro, uno de mis favoritos desde que era una niña, cuando lo leí por primera vez.
―Entonces no hace tanto.
―Bueno, puede que mi edad biológica no tenga que ver con esa otra, no siendo así, por supuesto. Empiece a cenar o se enfriará la tortilla, algo que no me perdonaría ya que ando esperanzada en conseguir propina.
No voy a describirle las sensaciones que evidenciaron falta de sazón, cordura; no quisiera cansarle demasiado. Probé el manjar sin dejar de ojear las letras, los secretos y sus rimas.
La madrugada ganó con sus coros natura, y yo; sentado en la silla suite, enfrentado al vasto que mostraba el marco ventana. Minutos convertidos en década por culpa de recuerdos que no recordaba pese a que me recordaban perfectamente, brotando de entre la soledad densa que nada tenía que ver con mi estancia errática en el rincón olvido. Fantasmas, sólo eso. Soy humano que se victimiza, al menos lo fui en aquel momento escondido tras toneladas insulsas de excusas mal calzadas, soportándome; pensé (…) lo sigo pensando.
El empuje primitivo frenó copiando parada de burro pertinaz, calculando variantes con constantes que abrumaban mi mente, siempre fue así aun percatándome completo aquella extraña noche donde copié al forastero del cuento, el mismo que me copiaba desde las letras del viejo libro.
E intenté centrar lo que nunca anduvo centrado, recordando los motivos del viaje, al menos los superficiales; para entender sin remisión y con espanto que navegaba años a la deriva por océano exento de viento esperanza, resultando aquella situación un epílogo más, camino recorrido por los mares negación sin atisbar tierra o roca, ni siquiera animal acechando, nada. Y no, no permanecía en isla desierta típica de atípicos soñadores, cumpliendo condena que con toda seguridad merecía, sigo mereciendo, rodeado de palmeras inventadas que retoñan cocos idealizados cual alimento falaz, haciendo trampas al solitario. Era mucho peor. La nada sin indulgencia ni argumento, la antesala de la locura, negado, negando y negativo al igual que las saladas que trasportaban mi cándida alma mentira. Declive puro y duro que comenzaba a aceptar, aceptándome.
Viajé a lo largo y ancho de mi universo vacío, sin males aparentes ni benevolencias pretendidas, sólo palabras, eludiendo cual acto primero para terminar abrazando miedos que me convencían que mejor la oscuridad gélida a la luz vida. Puesto que la vida tiene la contrapartida del padecimiento, la herida, la molestia que conduce inexorablemente al enfado gobernando ira, brisa maliciosa capaz del imposible dentro del probable que hasta entonces fui incapaz de percibir por ser ambas cosas, el mar y la tierra, el amor odiado, la autocompasión perversa, y larga lista de contradicciones ejerciendo cual rejas donde creí estar a salvo, ¿a salvo? (…)
Condenado cual reo común por pecado desconocido y sin credos fuertes, regios. Base rocosa… ¡Qué más da! Lo importante no es la distancia sino la cercanía que anegó por completo aquel momento, en el linde de la decisión y sin opción de dar marcha atrás como en tantas ocasiones desperdiciadas, desde que me desperdicié para los restos, alienado, terroríficamente (…)
Entonces resurgió la fatídica genialidad al recordar valentías de personaje inventado en historia fantástica. El mismo que audaz se adentró en densa arboleda para descubrir lo que ya sabía, enfrentándose, luchando contra la verdad de su natura. Tanto fue así, que estuve a punto de abandonar la casona para dirigirme hacia lo alto que vislumbraba desde el marco lienzo, entrar impávido en el bosque reino, imperio de lobos ajusta cuentas, asesinando dudas a pesar de que eso significara convertirme en sustento de los sagrados. Un tentempié olvidado tras festín. Sensación que bien conozco.
Abandoné harto la rústica silla para plantarme frente a la ventana sin apartar avizoro del enigma literario que comprendí cual único delirio, capaz de despojarme del eternizado que ardía en mi interno. Y vi las montañas serradas arropadas por cielo estrellado sin generala reflejo al frente, sobresaliendo la más imponente de donde pude distinguir agonizante luminaria fuego en lo alto, casi encumbrada; deduciendo que se trataba del excéntrico escriba que me condujo previa comanda aquel lugar. ¿Qué podía temer si allá vivía? ¿Por qué esperar al alba? Y me volvió a rescatar una voz procedente del adoquinado, de la calle, con tono idéntico a las otras lugareñas que ya me hablaron tanto en dormido como en despierto. 
―Debería descansar, señor. Le aseguro que cuando amanezca el paisaje seguirá donde está.
Bajé la mirada molesto, siempre aparecía algún pueblerino en el momento menos oportuno, como si fueran capaces de leer mis pensamientos, puede que el alma, llegué a pensar entregado a mi papel favorito de víctima.
―Lo siento, no pretendo molestar.
―Y no lo hace, soy su anfitrión. Sé que no son horas para tertulias, pero le vi asomado y aproveché para saludar. Mejor hablamos mañana, señor López. Me alegra verle por estos olvidados lares.―Colándose en el edificio.
Decidí descansar, al menos intentarlo. Tumbado en el cómodo lecho para descubrir ventilador anclado en el techo maderero. Sin duda la habitación tenía personalidad propia gracias a la mimada decoración, pequeño paraíso que no yuguló mi estado decadente entregado a las sombras, recodos, por la afluencia convergente en pensares rescatando nuestra vieja herida. No sabría explicar bien lo inexplicable que gobernó pleno cambiando rotundo mi ánimo. Alcancé la aldea con la famélica intención de cuajar la comanda y regresar orgulloso para cobrar la recompensa, y encontré mi dantesco reflejo carcomiendo concienzudo y voraz. Me molestó, molestándome.
Entre mis manos la carpeta cuan inútil intento por reactivar el yo que creí verdadero, adentrarme en el personaje enigmático que desestabilizó durante tantos años con sus comentarios y denuncias en las redes sociales. No indagué sus entrañas, los documentos, los teóricos mensajes cedidos a su cómplice eclesiástico, una extraña colaboración teniendo en cuenta lo bárbaro de sus acusaciones vertidas contra el credo. Fue cuando recordé otra más cercana, reciente, de cómo descubrí su obra a través del abogado que me solicitó entusiasta para que llegara al fondo de la cuestión. Descendiendo las escalinatas oscuras hasta las bravías llamaradas del infierno.
Es extraño, en ocasiones se muestra diferencia sutil que marca universos entre creencias e idearios regentes en lo cotidiano, pasando desapercibido, olvido olvidado, distante. Andrés era uno de ésos capaz de formular tres preguntas desarmando cualquier filosofía defendida por erudito. Un mago de las palabras, visionario ciego que hace pensar con cada letra publicada… Recordé como comenzó todo, allá, en la urbe confusión, ensalada de utopía y decadencia, mientras observaba el rotar mecánico del ventilador encalado arriba, en el cielo perfecto del habitáculo refugio…
“Tras recibir la esperanzada llamada del reconocido abogado, crucé media ciudad para reunirme con él en las céntricas oficinas glamur. A bordo del bus, dentro de mis posibilidades, formando parte de las sardinas enlatadas al mismo tiempo que de sus mundos distantes, ignorándose unos a otros. Constelación del viajante que no interactúa más allá de tropezarse por culpa del mal conducir del auriga adicto al transistor parlanchín. Alcanzando las tripas de la urbe para descender del decadente trasporte y caminar sonriente por la cuadriculada acera entre bullicio supervivencia y cántico típico de la ciudad madre.
Mi mala suerte parecía rendirse a la poderosa luz del renacimiento en el mundo laboral, dejando atrás años de sequía, de depresión, soledades tras abandonos egoístas y un largo etcétera capaz de mostrar todos los contras de la especie humana. Sabe, la gente tiende a ni siquiera tomar café con un triste, enorme error. Nadie está a salvo de nadie, y mucho menos de los altibajos emocionales. Esperaba entusiasmado que toda aquella basura quedara en el recuerdo, aun convencido de no relacionarme con antiguas amistades que jamás lo fueron. Abrazando esa soledad condena con agradecimiento, sin más alardes ni rencores. Ni siquiera memoria, pretendía olvidar, olvidándolos y olvidándome de mi época hambruna.
Quioscos vendiendo prensa que comercia a su vez con ideario maqueado por políticos que únicamente son capaces de describir, cómo son sus ombligos arropados por las mejores telas, sin doctrina aun con inspiración cineasta. Taxistas en busca de pan, pobres con sus monos de trabajo y los más todavía solicitando limosna en el rincón vergüenza que fotografiaba la realidad perversa de la gran ciudad, mi casa.
―Tengo cita con don Carlos Matamoros.
―Un momento, por favor.
Enorme sala exagerada, el núcleo de la pompa elitista y su maquinaria bien engrasada. En aquel edificio se encontraban las primeras espadas defensoras a ultranza del sistema. Compañías radiofónicas de derechas junto a sus adversas en el mismo piso, encontrándose en la sala de café donde comentaban fantochadas de ir por casa para regresarse a la falaz línea editorial, cargando contra oprimidos elevados a enemigos radicales de su modo de vida impuesto, ese mismo que genera cada vez más daños colaterales, como los que rebuscan desperdicios en los contenedores, pierden sus trabajos, casas, dignidad… Como los arrasados en el Magreb por los bombardeos cristianos, las balas musulmanas, los misiles judíos o los coches bomba de enervados, cansados de padecer lo insufrible calzándose chaleco dinamita y sembrando lo mismo que otros, muerte y terror. Consecuencia revenida de pecado redundo en contesta, espiral de maldades que retroceden cientos de años para poder encontrar el pecado original que comenzara la cadena destructiva. Este mundo es una enorme mierda y nosotros somos las moscas que la invaden…
―Última planta, le están esperando señor López.
―Gracias.
…Mientras ellos gozan de la mejor de las esclavitudes abrazando incoherencia a cambio de buen salario en sus piruetas egocéntricas, alejadas del siempre mencionado bien común. Abogados idealistas que pasaron a convertirse en siervos elitistas, olvidando las razones que les motivaron a cursar carrera universitaria para entender ergo lo justo como utopía imposible, memez redunda en tantos y tantas que aspiran convivir en el universo tenencia, olvidando alma, ¿para qué? ¿De qué sirve? Desde la retórica malinterpretada del nada se puede hacer, todos deben aportar, e incluso ese tétrico razonamiento que señala al parado de larga duración cual malacostumbrado por su prorrogada inactividad, algo que siempre me produjo arcadas ya que olvidan la ecuación evidente en su análisis idealizado, para comer hay que comprar y para comprar hay que disponer de efectivo; igual que en el techo morada, la electricidad o el agua, las basuras y la basura, un largo adulterado de impuestos invención por estar duplicados cual atraco sin media ni navaja, por obligación. Sueltan la chufla y quedan tan anchos, esos malditos oradores de la mentira dictatorial encaminada a falaz entendimiento enrevesado sobre la sociedad sangrante, tratada como gilipollas integral en su fallido intento de convencer señalando hacia otro sitio, desviando atención al son ridículo de la eterna pandereta pueril, el fantástico mundo del don, venido a mesías, para terminar cual corrupto escondido en el senado o en la cárcel, tras asegurar botín en cualquier paraíso fiscal, lejos de poder recuperarlo, como siempre y desde siempre. Cada vez me distancio más de la teoría del sistema por culpa de la práctica de aquellos que juraron y perjuraron defender lo que luego expolian, aquello que jamás respetaron. Así gobiernan el mundo los lerdos.
Duro les resultaría comprobar que entre los desarraigados por condena paro los hay de todos los colores, también del suyo. Verdes, azules, blancos, negros, violetas e inclusive incoloros, invisibles, suicidados y rojos, cómo no. La lista es tan grande como los desmanes que ejecutan en su cielo cúspide, convirtiendo en infierno cotidiano lo que debiera ser convivencia justa, eso sí, tras vendernos lo mejor, lo justo, lo que toca, que se resume en lo que les interesa sin albergar solución al ser ellos el epicentro del problema. Siempre lo fueron y siempre lo serán.
―El mejor periodista del país, el gran Remilgado López.―Así saluda el diablo, hábito, sonrisa, abrazo, empatía, amabilidad… Mentira.
―Me alegra volver a verle, don Carlos. Esperaba un milagro que me permitiese respirar durante unos meses, ando vagando en busca de pan durante demasiado y mis ahorros…
―Todo eso es historia, amigo. Hoy cambiará de una vez tu mala suerte. Pero entremos a la oficina, tomaremos café mientras te explico el trabajo, a no ser que prefieras cualquier otra bebida. De ser así, este es el momento.
―Café está bien, señor.
―Muy bien. Adela, cuando puedas un par de cafés, gracias.
Dentro, palacio, excentricismo llevado a las últimas consecuencias que tornan gustos en ridículo, un ambiente que visité varias veces con mirada perdida y bolsillos repletos de facturas por pagar, para escuchar lo que llevaba escuchando durante demasiado, siempre desde agradable sonrisa y palmadita en la espalda.
Desconfiaba del que sigo desconfiando aun necesitado por su magnánimo egocentrismo siempre dirigido, con segundas, esclavista. El mercado de los favores te convierte en pelele en manos de incompetentes protegidos que imponen, sacrifican y siempre ganan la partida al no hacer demasiado caso de las reglas, esa tontería que rige a los tontos desde la decisión de los bobos que cambian normas según les interesa y casi siempre a mitad de partido.
―Tengo un pequeño grano en el culo que no deja de jorobarme, nada importante. Pero me vendría bien sacar a la luz la verdad del grano en cuestión. Verás, ese jodido invento de internet da buenos cuartos a mis clientes, sin lugar a dudas, pero siempre nace mala yerba en el perfecto cultivo pese a fumigar dentro de los tiempos, cuidando con mimo el campo. Un tal Andrés, la mala yerba empecinada en mantenerse arraigada entre las hileras benefactoras, ya sabes. El fruto.
―No me gustan demasiado los rodeos, don Carlos. Confieso que en mis años efervescentes era un entregado a ellos al entretener y despertar curiosidad. Pero cumplidos los cincuenta, divorciado y con las pesadas obligaciones que me persiguen, me convertí en nítido, solicitando del resto justamente eso, claridad.
―Veo que sigues tripulando el barco utopía, sin duda no dejarás nunca ese idealismo romántico que se puede resumir cual ensoñación inalcanzable. Y por eso nos interesa que soluciones este asunto. No te voy a pedir que elimines la mala yerba, para eso contrataría a cualquier dogmático. Sólo un artículo bien trabajado, dentro de ese estilo que tantas puertas te abrieron en tu época dorada. Quiero saber todo sobre ese Andrés. Nombre real, apellidos, familia, trabajo, vicios… Todo.
―No llego a comprender su demanda, cualquier empleado de su empresa culminaría la impetración pulsando varias teclas, de forma rápida y eficiente. ¿Dónde está la trampa?
Palmas ritmadas rompieron el ambiente de la oficina, apareciendo de un costado flaco personaje con traje luto exquisito y sombrero de ala corta. Caminaba sonriente con pitillo llama entre los labios, aplaudiendo no sé qué.
― ¡Bravo! Es perfecto Carlos, tenías toda la razón.― Descerrajó sentándose en la única silla que permanecía huérfana.―Para cazar a un idealista que ejecuta en sí mismo su propio ideal, contratar a su gemelo. Estoy convencido que culminará el trabajo exitoso, señor Remilgado.
― ¿Quién es usted, el titiritero que dirige desde las sombras o el guionista que inventó la obra?―Confieso que me molestó, nunca fui adicto a los focos.
―Muy cineasta, sin duda. Carlos, haz los honores.
―Por supuesto, señor.―Clavando mirada en la propia.―Remilgado, este es el señor Oscuro, propietario de la firma Óvalo. Toda una eminencia en el mundo empresarial.
―Sólo falta una buena banda sonora y cuatro jamonas en tanga luciendo carnes. Me importa un bledo quien sea, don Carlos. Puede que la necesidad me haya conducido hasta aquí, pero eso no significa que esté dispuesto a tragar bazofia, sin ánimos de ofender aunque ofenda. Hagan su propuesta, señores. Solo, hagan su propuesta.
Y el opulento de punto en blanco tomó la palabra…
―Muy bien (…) Andrés es el último apodo del indeseable que pregona tonterías en las redes sociales, un imbécil idealista enfadado con el mundo, uno de tantos, nada importante. La propia policía lo detuvo hace algunos años en su paupérrimo apartamento sito en los arrabales de la ciudad, donde viven las cucarachas extremistas que se venden cual querubines propietarios de la verdad. No me interesa para nada esa vacía verborrea que en cierto sentido hasta beneficia, como bien sabe. Pero hay aspectos que no puedo dejar escapar, cabos sueltos, como hombre de negocios soy consciente de la prevención frente a futuribles. Por tanto, necesito saberlo todo acerca del deleznable Andrés. Información que obrará cual seguro. Por supuesto que se le recompensará generosamente con importante cuantía, no quisiera entrar en tira y afloja desperdiciando valioso tiempo. Además, le contrataré eventualmente en uno de mis periódicos.
―Sigo perdido, señor Oscuro. Parece labor para detective, no para periodista.
―En fin, si esa es su última palabra no tengo más que añadir. Buscaré entonces un detective lo suficientemente cualificado para esclarecer el tema.―Me enseñó su mano.― Ha sido un placer.
― ¡Un momento!
―Bien, hace bueno aquello de que el perdón es inocuo sin pecado, ¿verdad?
― ¿Cómo dice?
Se quitó el ridículo sombrero dejándolo sobre el cristal de la mesa, cruzando ergo sus palillos piernas para enseñar sin tapujos su piel pálida gobernada por sudor, varias cicatrices en la cara junto a lo que parecían viejas quemaduras; petrificando mueca desequilibrada.
― ¡El perdón es inocuo sin pecado!  (…)”
Rompe el sueño en percepción equívoca con estruendo, el desesperado grito de mis adentros armonizó alarma abriendo mirada para tropezar con el mecánico rotar del ventilador colgado. Reseca garganta por resaca penumbra que me acusaba cual traidor de mis ideales, accediendo como accedí al escarnio del escriba por un puñado de euros, por un trabajo que asegurara varios meses al año. Aunque la última secuencia resultara fruto de la escena donde pululaba, por el lugar, las letras descubiertas en la obra carente de la firma de autor, con título macabro. Y entre sudores presentes generados por agobios pasados, me reincorporé en la todavía madrugada con un pie en el despierto y el otro allá de donde venía. Entre dos tierras.
― ¿Es usted creyente?
Mis inseguridades fructificaban más allá de mis carnes escuchando ergo gritos silencios afuera, en el ambiente trabajado del habitáculo pesadilla. Creí percibir sin avizorar alrededor, gobernado por el miedo imperante al estar convencido de que se trataba de mis propios pensamientos alzándose en mí contra una vez más.
― ¿Es usted creyente?
¡Dios mío! Me recluí en el recodo inexistente de mi alma, donde debiera reposar paz del entregado a lo divino y dominaba el símbolo interrogante del ateo convencido. Aquella voz siniestra volvió a golpear tambaleando lo que siempre creí para cerciorarme que nunca di crédito a nada, ni siquiera a mí mismo.
Miré hacia el cuarto de baño sin encontrar lo que buscaba, en las sombras que gobernaban el hueco inerte entre el ropero anciano y la pared, hasta atisbar reflejo extraño en la ventana de color sangre, imposible donde pudiera ser por la evidencia de que no estaba el cristal, ese mismo que andaba arropado tras la juguetona cortina verdosa que flirteaba con el tímido viento casi imperceptible.
De pie, armado con la locura conquista de la regenerada curiosidad, caminé hacia el ventanuco con la intención de enfrentarme de una vez por todas a algo, cansado de padecer, padecerme y compadecerme en tétrico juego sinsentido, abstracto, nada conciso y tremendamente diabólico. Lo que algunos acuñaron antaño de paranoia.
Destellos primeros mermaron en diminutas luminarias sesgadas cual ojos, rodeados por densa oscuridad que obraba copiando nubarrón sin rayos o truenos. A cada paso valentía purificaba su abstracto figurando porte humano. Una sombra dantesca con mirada sanguinolenta que no mostraba piel, carne, rasgo de vida orgánica; sentada en la repisa de la ventana, paciente, tranquila, verídica… Monstruosa.
―Debo de seguir dormido.
―Entonces, yo debo ser cualquier otra cosa excepto lo que soy.
― ¿Qué eres?
―Vieja cuestión que formulas cada día al amanecer, envistiendo la realidad que te enseña el espejo mientras te acicalas desganado. Ahogando lo que debiera con lo que es, mirando tu imagen sin reconocerte. ¿Qué eres? ¿Quién eres? ― Vertical, abrió brazos avanzando leve hasta llegar a mi altura, obligándome a detenerme, al sudor gélido, al miedo creciente.―Lo importante radica en la esencia de cada cual, ese ápice que dirime el camino de toda una vida desde simple convencimiento. La muerte sólo es otra herramienta más de la vida aunque te cueste creerlo. Aunque te cueste creer. De ahí la importancia de saber la verdad que te rige desde la locura que te intenta conquistar, Remilgado. Ahora dime; ¿es usted creyente?
―Dios es excusa que domina rompiendo millones de futuros a cambio de unos pocos, ente. No creo siquiera en la literaria que describe jardines ensoñados, en el mensaje redundo y anciano que jamás se cumplió en ninguna sociedad a lo largo de los tiempos. No creo en el bien y el mal, en esa estúpida creencia del blanco o negro donde se asesina en nombre de la civilización, del falso rey o del inventado Dios. Nunca atacaré ideologías de otros y no las abrazaré bajo ningún concepto (…) No, no soy creyente. Puedes devorar mi alma, mandarme al supuesto infierno o volverme loco de una puta vez, fantasma. Ni presenciando tu imposible cambio de tercio, pues seguro existe una explicación que te conforma. Haz lo que has venido hacer, pero hazlo ya.
Leve, la oscura presencia adquirió un rostro sintético que se asemejaba a joven dama sonriente, amiga, dada a la comprensión tan distorsionada en los tiempos, sin exceptuar ninguno. Mareas de muerte y dominio capaces de reproducirse en el presente inmediato o en el futuro lejano. Ella, ella parecía la divina utopía que reconvierte el hombre matando las posibilidades de alcanzarla. Una dulce ensoñación que no intentaba maldades pese a los demasiados pecados que procesé desde tremendas excusas que nunca me creí, a pesar de chillarlas.
―El bosque te influirá, trastocará todo lo que crees ser enseñándote lo que en realidad eres. Un peligroso viaje que muy pocos se atreven aventurar por sentirse a salvo, arropados por mentiras nada refinadas, esas mismas que crecen adquiriendo ardua composición capaz de disipar la verdad que no quisieron escuchar, hasta quedar varados en la creencia inamovible sobre universo siempre en movimiento. Este viaje es destino, lo que estabas esperando, lo que musitabas desde las llamaradas íntimas de tu infierno. El segundo antes de la tremenda explosión. Ahora, despierta (…) ¡Despierta!
Fueron sin duda los momentos más inexplicables que experimenté hasta el momento, no podría darle elucidación coherente aun a sabiendas de cómo suena, de cómo…
Me desperté en el mismo lugar donde me dormí, acariciado por el viento que tornó amabilidades y los alegres cantos natura que no escuché a mi llegada. Testificó cierto cambio, regreso a mis primeras intenciones desechando sin esfuerzo aquel mal fario que persistía debilitado en algún rincón, a la espera.