lunes, 19 de septiembre de 2016

La aldea maldita Capítulo 4º

  

La aldea maldita

Capítulo 4º
Madre”
Llamaron a la puerta, suave, con tacto que revelaba la presencia de la simpática y joven anfitriona, la misma que me dio de cenar compartiendo, o más bien, clarificando mis inquietudes con su charla agradable, sus gestos únicos. De haber tenido veinte años menos, la hubiese cortejado pese a recibir negativa, el simple hecho de intentarlo me hubiese otorgado diez años de existencia más, estoy seguro.
Muy buenos días, señor. Espero que haya descansado bien.
Ciertamente, dormir en la quietud de su casa ha cambiado mi perspectiva sobre la tranquilidad. Ha sido una experiencia inolvidable.
Desayuné en el salón tras acicalarme, intercambiando impresiones donde descubrí inquietudes parejas por parte de Adela. Alma solitaria en aldea idéntica por voluntad propia que solía escribir pequeños relatos en sus ratos libres, adentrándose en el maravilloso mundo de la lectura, dando paseos cerca del riachuelo, y sobre todo, anhelando construir vida compartida con buen hombre que esperaba apareciese por la puerta, según me dijo, igual que afloré yo. De sopetón, pernotando en la única fonda de la comarca.
―…Así conoció madre a padre. Él vino de paso, camino del norte con un grupo de trabajadores, alojándose durante un par de noches en la casa parroquial puesto aún no existía el hostal. Mamá, recogía el ganado. No crea que mis abuelos albergaban gran cantidad de animales, más bien cinco vacas. Y la providencia obró destino una bonita tarde de primavera en el llano, cerca del riachuelo.
Una historia muy romántica, cosa a la que invita el lugar. Me hubiera gustado experimentar a lo largo de mi vida algo semejante. A estas alturas es evidente que ese manjar sólo lo saboreo en sueños, por mi edad. Ésos en los que te ves pleno olvidando decadencias, igual que viajar a través del tiempo aun sin levantarte del catre, sin abrir los ojos. Bueno, parezco un condenado buscando excusa segundos antes de ser ajusticiado.
El amor no tiene edad, señor. Nunca se sabe.
No quisiera poner la nota discordante, joven amiga. Pero se sabe, irremediable destino en aras del envejecer, envejeciendo cuerpo y alma. Es cierto que el ánima no cumple años aun viviéndolos, heredando taras que la convierten en mero sucedáneo de lo que en algún momento fue.
En la misma mesa cena transitada a desayuno, sentados ambos en las redivivas sillas de la noche pasada, con aroma café y bollo recién sacado del horno. Mantuvimos lo que se podría denominar como silencio cómodo, agradable, necesario dentro de la hermosa composición poética de autoría compartida. Ella con cabeza descansada entre sus manos, apoyando codos, ligeramente inclinada. Y yo, recostado en el respaldo del asiento rústico, con taza humeante en mano, observando la gracia del momento que radicaba en su alegre comportamiento cercano. Abandonando ese primer sinsentido carnal que me conquistó cuando descubrí su insuperable belleza, tras sentir que era como más padre, sin ánimos proteccionistas, que amante eventual sediento por poseer sin denuedo de conocer la identidad interna de tan sublime criatura. Adela se convirtió en buena amiga, capaz de transmitir bondades anulando pasiones primarias por esas otras más importantes. Descubrí un ángel de la guarda que custodiaba briosa valores faltos en mi ciudad hogar, en mi yo olvidado, en mi vagar hacia el precipicio.
  ― ¿Cómo vive en la gran ciudad?―Preguntó intentando extirpar mis sensaciones viejonas.
Galimatías, no existe otra palabra mejor para condensar el falso espíritu que rige la gran urbe. En mis días de ajetreo y debido a mi paupérrimo sueldo, suelo viajar en autobús de un lado a otro. Cruzándome con gentes que van mermando víctimas del tiempo sin cruzar siquiera unos buenos días, tormenta sin rayos ni truenos, tormenta que denomino indiferencia revenida por soledades extremas. Viajando, agarrados allá donde podemos mientras el obeso cochero sube el volumen del transistor conduciendo de parada en parada la incómoda lata de sardinas. La ciudad es eso, una lata de conserva que no conserva nada, sólo cuerpos que albergaron vida en algún momento, puede que en la adolescencia o la niñez, cuando lo viejo de ahora era novedad deseada desde el famélico sentido de experimentar el regalo que todos recibimos al nacer.
Detecto mucha tristeza en sus palabras.
La tristeza se instala en algún momento que suele ir sazonado, mal sazonado. Y se convierte en algo cotidiano. Te acostumbras a ella igual que haces con la soledad. Por desgracia no soy el único, esa excepción que no confirma regla porque nadie indagó para encontrar afirmación o negativa. Semanas de charlas pensamiento, entre silencios rígidos que petrifican rostro, segundos que florecen deseosos por entablar conversa con el prójimo que viaja cada mañana a tu lado, sentado o de pie, mirando al suelo o perdido en el marco ventana del transporte aburrido… Siento en el alma transmitirte desazón, Adela. Ojalá mi interno fuera capaz de recordar mis buenas horas, esas que viví en algún momento antes de mi eterna soledad. Y la tacho de eterna al no ser capaz de recordar otra cosa más, otra cosa más que ella.
Pero; ¿nunca se casó?
Oh, sí, por supuesto. Fui un fantasioso que fantaseaba a raíz de las románticas historias descubiertas entre párrafos, fascinantes cuentos que imponían el azul al niño y el rosa a la niña. La conocí en mis años fértiles, allá en la universidad mientras cursaba carrera. Fue un flechazo que dejó herida abierta gangrenando lo puro para convertirlo en impío, esa mala costumbre donde imperan los signos de interrogación en cada frase, victimizándote a sabiendas e involuntario, para disculpar errores que precipitaron la gélida realidad del día a día. Pasé por el altar y gocé de mieles que tornaron hieles, del lecho compartido al campo de batalla para acabar en el cuarto de las pesadillas visualizando una y otra vez un segundo de lo bueno y treinta años de dolor agónico. Soy un cincuentón alicaído que no termina de sucumbir, arrastrando pies por senda embarrada de restos, aquello que fue, lamento dejar este mal sabor de boca otra vez. No tengo remedio.
Yo veo a un hombre obstinado en encontrar la puerta.
¿La puerta?
Sí, verá; usted es como la bella durmiente, la del cuento, salvando las distancias. Los pecados o errores la condujeron a refugiarse en su interno hasta que llegó brisa externa despertando su alma. Es libre interpretación del relato, por supuesto. Lo que quiero decir es que busca en sus entrañas la luz obviando el afuera, hallando sólo…―La interrumpí torpe.
Oscuridad gélida.
No, entrañas sin más, señor. La luz vive afuera, siendo todo parte indisociable de ella. Cuando buscamos adentro en realidad no estamos buscando nada, nos refugiamos para seguir refugiándonos de nosotros mismos. Igual que la bella durmiente, dormir para viajar descubriendo los confines del vasto espacio, en definitiva, huyendo de sí misma hasta que es encontrada por semejante. ¿Quién sabe? Igual mi papel es justamente ese, la coma que dirime el creer vivir del hacerlo plenamente. Vamos, salvando de nuevo las distancias, su príncipe azul.
Dicho así carraspea un poco, prefiero princesa, dejando a su elección el color que más la identifique. Aunque su explicación sin duda es bocanada de oxígeno, revitaliza sentidos.
¿Piensa adentrarse en el bosque, buscar al ermitaño?
Para eso vine, niña.
Lo sé.
Apareció dejando en un rincón varias bolsas repletas de comestibles, recibiendo abrazo tierno de la joven que besó sus mejillas, entregada. Alto y de porte rechoncho, vestía cual campesino con alpargatas típicas de años occisos; de gesto entrañable, supuraba bondad por los cuatro puntos cardinales de su persona, el mismo que en madrugada interrumpiera mi ensoñación cuando anduve asomado a la ventana del habitáculo. Constaté que se trataba del padre de la muchacha entre silencios y celos por el tratamiento cariñoso que recibió el alcalde del pueblo, aquel soñador que construyó en su establo el fallido negocio hostelero en el anhelo de dar vida a la solitaria villa exenta de calzada por el evidente glamur de los milenarios adoquines. Que de socavarlos,  pecado capital.
Soy el alcalde y propietario de la fonda. Un placer volver a saludarle señor López. Me alegra ver nuevas caras en lo aburrido, y no me malinterprete, prefiero la quietud que embarga nuestra existencia en el olvido apartado, desechado y en ocasiones vilipendiado por urbanitas venidos a más, con esos aires divinos que contagia la modernidad de creerse moderno en el viejo escenario del mundo. Y ruego disculpe mi vocabulario, en lo más profundo soy un idealista que jamás tuvo la oportunidad de expresar sus ideas, toda una tortura. Lo intenté con mi mujer y pronto mandó que callara con chantaje efectivo que no pienso revelar al estar convencido que lo adivinó sin demasiado esfuerzo, cosa que bien padecí mordiéndome la lengua; me refiero al esfuerzo; cuando afloraba nueva tesis y mi dama avizoraba imitando felino enervado, sacando uñas y erizando lomo, todo un espectáculo.
Papá, no abrumes a nuestro invitado.
¿Abrumar? Ya sabes que no hago esas cosas, puede que hable por los codos pero jamás abrumo. Canso, debilito, produzco dolor persistente de cabeza y un largo etcétera de síntomas registrados por la medicina, comprobados y verificados… Espero que haya disfrutado hasta el momento de nuestra hospitalidad, señor.―Tomando la silla donde antes estaba Adela, la cual, permaneció de pie tras el bonachón.―Verá, me encantaría tener una conversa distendida con usted, pero regresando a casa me crucé con el párroco que me dijo que marchaba esta misma mañana hacia la choza del raro con el bueno de Antonio. La verdad, no llego a entender ese repentino interés por el rarito, nunca pide u ofrece, es como comatoso apartado de todo voluntariamente, un niño malcriado que no recuerda siquiera que es niño, que es algo, que existe, me atrevería aseverar.
¿Qué puedo decir? Gafes del oficio.
Vaya, esperaba ardua explicación rozando tecnicismos científicos con elaboradas fórmulas matemáticas, ya sabe.
¡Papá!
¿Qué?
Dejé la taza sobre la tabla ralentizado tanto como sonriente ante el desparpajo del encanecido, era evidente su forma nada esquiva de proponer discurso que no conversa, pinchando en cualquier blando o duro, indiferentemente, para amenizar en el espectáculo ansiado. Sin embargo, permanecí a la espera mientras la dulce amiga regresó a sus quehaceres dejándonos a solas. Sé que suena normal, que dista de la realidad que nos envuelve. Pero pronto descubrí que la pesadilla tomó leve descanso preparando su próximo acto aun no siendo precisamente en aquel momento grato.
Anoche (…) Bueno, no sé si es oportuno mencionar el tema…
Diga, no se preocupe.
¿Con quién hablaba?
Con nadie, señor. Me asomé tras divisar hoguera casi en la cumbre más elevada. Puede que murmurara algo, no lo niego; pero hablar no hablé con nadie puesto que estaba solo en la habitación.
Tal vez sean imaginaciones mías, pero juraría que alguien estaba a su lado. No pude más que percibir silueta embutida en la sombra ya que no tenía la luz encendida. De ahí que apresurara mi paso, no quise molestar.
Le puedo asegurar que estaba solo.
Escarbó en el bolsillo de su chaleco rescatando arcaica pipa que dejó momentáneo sobre la mesa, cazando de algún lugar diminuta bolsa repleta de tabaco.
Hay un dicho que sigo a pies puntillas: No interferir en los asuntos de los demás siempre que no me alcancen. Le pregunto porque se hospeda en mi casa, y sinceramente, también me asalta la curiosidad aun sin malos humos.―Caló profundo intoxicando el salón.―Si asegura lo que afirma no añadiré pega o cuestión, no soy quien. Es como el párroco y el rarito que llevan fabulando tonterías desde hace mucho, no me importa demasiado, la verdad. Sobre todo después de conseguir que se apartase de la aldea. Se marchó a la horrenda choza abandonada, en lo más alto, donde divisó la hoguera. Su inmediato destino al parecer.
¿Podría hablarme de él?
Podría.―Seriado.
¿Cómo es?
Raro.
Me refiero a su aspecto. ¿Es joven, mediana edad, viejo?
Creo que anda en equilibrio delicado, famélico por meter cuchillo a la sandía. Ese hombre aparenta cualquier cosa, uno más, sin alardes o distinciones. Si se lo cruzase en la ciudad no le haría el más mínimo caso, igual que en cualquier otro lugar al no llamar la atención a golpe de vista. Sólo puedo decirle que amaga rabia, odio, es un tipo peligroso y no precisamente por mala baba, ya sabe, actuando como uno de esos que ladran y ladran para refugiarse en el cuarto soledad lamiéndose las heridas. Distante, observador, parco en palabras… Siempre me produjo descarada repudia que jamás escondí, sobre todo teniendo aquí a mi hija.―Inclinándose hacia mí.―Recorría cada centímetro del cuerpo de Adela sin importarle demasiado ser descubierto, con brillo mirada entre las penumbras de sus pupilas. Estoy convencido de que es un desequilibrado de esos que salen en la prensa tras catar sangre de inocente jovenzuela. Aunque el párroco siempre lo defiende alegando que es alma pura, perdida, pero pura.
¿Intentó algo?
Lo intentó todo, mi querido forastero. Al menos en pensamiento. Aunque debo admitir que el sacerdote tiene razón, ningún corrupto sobrevive al bosque, es lo que reza la vieja leyenda. Los lobos hacen bien su trabajo, siempre cumplen, cumplieron… Cumplirán. Y el rarito sigue vivito y coleando, eso elimina cualquier sospecha. A propósito, ¿es usted creyente?
¿Qué tiene que ver con el escritor?
Puede que nada, pero sí tiene que ver con usted, caballero. Si prefiere no contestar lo entenderé, al fin y al cabo sólo soy semejante que se preocupa por alma ajena.
Tranquilo, mi alma está a buen recaudo, alcalde.
No se ofenda, no pretendo inculcarle credo, dista mucho de mis intenciones. Pero cuando se adentre en el bosque quedando a solas consigo mismo, observado por los guardias cuadrúpedos (…) la creencia puede marcar diferencias cambiando sinos, señor. No me gustaría tener que recoger su inerte cuerpo de la orilla del arroyo, no me cae mal (…) Tampoco bien, contradicción que se cura con conocimiento, charlando, dialogando, comunicándose… La comunicación es esencial para avanzar en la vida, en todo, ¿verdad?
Sin lugar a dudas.
Espero que así sea, no deje que ellas influyan, lo confundan. La mejor opción ante la duda es despedirla abrazando cualquier creencia por muy insignificante que sea. Dicho esto, aún le queda tiempo para dar una vuelta por la aldea conmigo, Antonio aparecerá con su carruaje en un par de horas, puede que menos, aun así. ¿Qué me dice? Es posible que encuentre aquello que busca sin necesidad de cruzar el maldito bosque, a Madre.
Este lugar parece tomado por soledades profundas, copiando argumento de aquel famoso escritor francés. Ayer, cuando llegué, me sorprendió no cruzarme con nadie, supongo que será el resultado de la evidente ecuación, haciendo alarde de su extraño interés por escuchar fórmulas matemáticas; el trabajo de las gentes, puede que paseos o simplemente encerrados en las bonitas casonas a calicanto, sin abrir ventanas, sin asomarse por ellas…
Es palpable que no somos demasiados vecinos y el sustento absorbe la mayoría de nuestro tiempo, pero no piense que la aldea anda occisa, sería un gran error. Puede que permanezcamos en la unidad de cuidados intensivos, si me permite símil médico. Los pocos son el resultado de los muchos que fueron o fuimos, estas pedanías padecen la enfermedad del abandono, crónico mal que sin duda nos sentencia… Lo mejor será salir de estas cuatro paredes, le enseñaré nuestra fuente milenaria y el pozo de la consciencia, estoy seguro que le interesará saber acerca de las leyendas que pululan durante dios sabe cuándo, siempre que lo desee, faltaría más. Si algo impera en estas tierras es el libre albedrío.
Está bien, prefiero el aire puro al impuesto por su pipa.
No me negará que fumar es buena estrategia para convencer. Siento causarle tantas molestias, señor López. Salgamos de aquí.
Mi percepción mermó rotunda cuando pisé el adoquinado, era calco de quien regresa al museo plantándose frente al mismo lienzo que contemplara, para descubrir nuevos matices que desmoronan ese primerizo argumento heredado de clonada impresión; puede que trazada amagada tras otra más poderosa, con cuerpo, la visible a cualquier distancia que gana alma gracias a la sutileza de la recién descubierta. Para regresar al día siguiente y volver apreciar insignificante que pasó desapercibido en las visitas anteriores. Así mismo fue.
Algarrobo guardián embutido en la tierra con cerco varilla vestida en escueta mano de pintura mal aplicada, que lindaba adoquín en la estrecha calle frente a las puertas de la casona hostal, el lateral empedrado de la capilla y su cruz metal entre ventanas provistas de cristaleras inspiradas en pasajes bíblicos, pájaros dando vida a las tejas sangre y sol. Luz que realzaba belleza que creí mermada al distar lo suficiente como para sorprenderme tras hacerlo el día anterior, en el segundo donde me deshice del psicópata autobús divisando maravillas que no dejaban de impresionarme.
Del lateral culto, una puerta de aspecto medieval anegada por forja inspirada en su credo, como en casi todas las abatibles del lugar. Viento agradecido que encaraba sin resistencia recorriendo la calle delgada desde el llano natura hasta la plazoleta, agarrando vigor en los metros dominados por matorral, mucho antes del abrupto ascenso a las montañas serradas que descubriera desde el ventanal de mi habitación.
Pacientes, bajamos la callejuela alcanzando la plaza, parca distancia rota por cánticos vida de los ajetreados alados yendo y viniendo, conquistando amplios y estrechos en su rutina sustento. La cal de las fachadas envuelta en resplandor intenso con trazas zarcas, gracias al poderoso quehacer del astro monarca. Un paraíso dentro del olimpo que parecía reinventarse de un día para otro.
Como puede observar, nuestro futuro pasa por presidir postal con dedicatoria, sin más venidero que ser gélida imagen romántica de lo que pudo ser o fuera. Ya que la imaginación de aquel que la recibe pasa por percibirnos vestidos de cruzados a lomos de corcel, obedeciendo las órdenes de monarca en sanguinolenta cruzada. Desconocen el alma de la aldea, de la comarca me atrevería a decir sin pillarme los dedos. Somos presente olvido, pasado idealizado con ingentes adjetivos que ni siquiera recuerdan los libros de historia que restan parca mención entre toneladas de letras. Cuando la melodía que canta la vida actual del pueblo, difiere exagerada de esas interpretaciones personalistas, con la evidencia de estar sentenciada a la desaparición cuando el último vecino expire, expirando con él el poblacho. Algo que pretendí cambiar gastándome lo que tenía y lo que no en el establo, contactando con agencias de viaje que levantaron hombros frente a mi propuesta. Me preguntaron por los servicios de la aldea, que si ambulatorio, coberturas y un largo etcétera que nunca llegó a nuestras tierras, se quedaron al otro lado de las serradas, las montañas que separan ambos mundos. El fracaso resultó sentencia.
Puede que si hubiese probado con esas páginas de Internet volcadas en el turismo alternativo...
Los intentos murieron hace años, tras década entera empujando imposible. El párroco se apiadó convenciéndome, mostrando la cruenta realidad. Esa que aterrizaba en mañana desayuno, en las horas salario del grupo de albañiles que hice venir de la ciudad en aquel fallido intento por revitalizar lo muerto. Sólo gané el honor de ser el último edil de las cuatro casas circundando ermita, a pocos metros del bosque encantado, de las montañas leyenda. Bueno, para qué extenderme en derrotas quedando resquicios de victoriosos años cuando alzaron la iglesia y las casonas en los tiempos oscuros de la edad media. Tenemos mil canciones que narran desventuras e imposibles, y de ellas, las más sobresalientes quedaron impregnadas en paredes, en la fuente seca o en el pozo de la consciencia.
Alcanzamos el hoyo empedrado con óxido cadena y cubo hojalata, su tono azulado gracias a la piedra virgen poco trabajada y de porte milenario, le daba aureola única, alma propia. Sobre todo cuando descubrí letras esculpidas junto a lo que parecían jeroglíficos indescifrables para ignorante en la materia. El alcalde apoyó sus manos observando impasible la profundidad imperceptible de sus densas entrañas carentes de luz, al mismo instante que lo contemplé atacado por curiosidad acrecentada, olvidando el motivo de mi viaje al sospechar coherencia en las historias que encerraban los enigmas cual herida incrustada en la roca. Aunque el prolongado silencio del anciano frenó mis pesquisas quedando embarrado y a la espera, aguardando la reacción del edil.
Nunca supieron el nombre del extraño, de hecho, en el libro de la parroquia solo existe frugal referencia hacia él como forastero, sin más. Pero su historia marcó destinos en aquella época donde la creencia imperaba sobre todas las cosas, arbitrando lo tremendamente complicado en bandos antagónicos. El todopoderoso y su adverso. Tanto fue así, que frente a cualquier enfermedad aplicaban el mismo remedio, rezos encadenados durante días mientras el afectado agonizaba decadente y sin mejora. Entonces culpaban al diablo, posesión o mero acercamiento, daba lo mismo, una locura. Llegaron a quemar víctimas de cualquier enfermedad para alejar la presencia del señor Oscuro, así lo llamaron. Puede imaginar aquella etapa catastrofista, los desmanes que diezmaron la población con variopintas excusas revenidas por intereses terrenales. De ahí Madre, la tierra viva donde se alza el bosque que asciende vigoroso encumbrando las montañas, esa vieja leyenda heredada desde hechos teñidos de desgracia; desapariciones y muerte, condición indisociable capaz de alzar palabrerías al estatus que regenta en la actualidad, leyenda, creencia, verdad. Una historia que persiste sin alcanzar fin al amanecer nueva peripecia incluso en nuestros días, ayer mismo… La desaparición de la joven turista francesa el año pasado, por ejemplo. Recuerdo bien el infierno que pasó la aventurada muchacha con mochila al hombro, paso vigor, miedo noqueado por la curiosidad aliada con su amor por la natura. La encontré en la orilla del arroyo inconsciente, semidesnuda y con horrendas heridas a lo largo de su virginal cuerpo.
¿La atacó el escritor?
No, el raro no hizo más que socorrerla para dejarla donde la encontré... Apareció el párroco en mi casa aquella desdichada mañana, avisándome del hallazgo gracias al rarito que lo alertó. Cierto que llegamos al fondo de la cuestión tras la declaración de la muchacha, la cual, insistió en que de no ser por el escriba andaría en el otro mundo tras purgar inocencias durante dios sabe, a golpe de cuchillo. Es una historia espeluznante por su crudeza, señor López. No creo que le guste escuchar bajezas humanas de humanos que olvidaron su condición, hay leyendas como la del forastero que seguro calmarán su sed sin entrar en viscosidad del todo incomprensible.
Soy periodista, señor. Mi trabajo consiste en contar lo inconfesable sin mediar opinión personal. Nada de lo que me cuente superará lo que conté en cualquier artículo, esos que resultaron aterradores quebrando incluso mí imparcialidad. Conozco bien la locura que utilizan los monstruos para excusarse.
Está bien, le contaré la tragedia de la francesa… Aun reinaba cierta vida en la aldea tras mi último intento por promocionarla. Carteles y diferente publicidad usando emisoras de toda índole para dar a conocer la verbena, mera invención en pro del anhelo perdido a pesar de que nadie estuvo de acuerdo en celebrarla. La cuestión es que apareció en esta misma plazoleta cargada con mochila, gafas de sol y enorme mapa que parecía sábana, algo exagerado. No pude más que atender a cabellos oro y mirada celeste, no sin tropezar con el maldito idioma cual barrera infranqueable. No sé nada de francés y la muchacha sólo sabía destrozar nuestra lengua. Así que acudimos al sabio del lugar, el párroco, que por muy extraño que pueda parecer sabe hablar las lenguas vivas y alguna muerta, enterrada e incluso descatalogada, hundida en el olvido... Quería cruzar el bosque hasta el llano del lamento, más allá de las montañas, siguiendo la única senda existente que al parecer constaba en su mapa. Recuerdo la insistencia del cura por convencerla, machacaba en ese hermoso idioma latino con que agarrara la comarcal bordeando las montañas, evitando así el bosque hasta su destino, pero de nada nos valió. El resto se reduce a su esperpéntica declaración. Un sumun de incoherencias donde pulularon ateridos monstruos cercados por los guardianes del bosque. En definitiva, la muchacha fue víctima de la leyenda encontrando entre la arboleda su verdadera esencia…
No suena tan macabro, pizca exagerada de fantasía pero…
―… Los lobos la dejaron marchar sin atacarla, una buena señal que decía mucho de su alma, llegando al puente que antecede el llano, fuera de las magias de Madre. Nos contó que fue entonces cuando alguien se abalanzó contra ella proclamando a grito pelado algo así como “Alá es grande”, aunque no estoy seguro de que fuera esa frase… La tiró, la forzó, la apuñaló en brazos y piernas disfrutando de la barbarie que conducía al desastre cual único propósito, apareciendo milagrosamente el escriba. Supongo que quedó en estado de shock, divagando realidades que en verdad desconozco por ser incapaz de descifrar. Pasaron semanas hasta que se presentó una patrulla de la guardia civil… La cosa quedó en nada dentro del mucho que ocurrió, es posible que la muchacha solo quiera olvidar, seguir como sea hacia delante. Es lo que tienen las buenas gentes, las acuchillas destrozando su virtud, forzándolas cual animal y te piden perdón, perdonándote.
Me oculta los detalles, ¿verdad?
Regresó su mirada al abismo del pozo musitando incomprensible, para regresar atención con vidriosos ojos, temblaba leve su mandíbula deseosa de deshacerse de aquello que callaba gritando enervado en su coleto. Reconozco bien la aflicción al ser alumno aventajado. Y en el lienzo amargo del que se mostró campechano, anidaba la culpa sin excusas de quien se responsabiliza del desastre a medio contar, empecinado tanto como ofusco. Secó su frente con la palma soltando aquello de…
La creencia la salvó, su inocencia hizo todo lo contrario.
Entonces murió.
Estoy convencido de que hubiese sido el mejor de los desenlaces, señor López. La fragilidad crea escamas barrera frente abominación desmesurada. Siguió respirando, de eso no hay duda, pero con diferente ritmo, avizorando en rincones y explanadas, encontrando a Oscuro cuando quiebra la luz y estrecha manto la reina noche, quedándose más sola que en pleno día ebullición aun acompañada por el señor pesadilla. Aquella inocente mancillada no encontró jamás la paz que conociera antes de alcanzar el maldito puente emboscada. Y es extraño que le sucediera lo que le sucedió justamente en el puente, aún sigo dándole vueltas sin despejar nada… La última de sus cartas la recibí hace poco más de una semana y no la firmaba ella, señor, rubricaba su afligida madre para comunicarme que permanecía ingresada en el hospital, reviviendo el tormento que la atrapa entre las llamas imperceptibles para el resto, en su infierno condena, segundo estallido que la cazó vilmente. Una condena que la acompañará hasta el santiamén finiquito de su existencia, el peor de los dramas sin solución justa, puesto que lo justo sería que nada hubiese pasado… Insistí en que viniera a pasar unos días aquí, en la aldea, escribiendo misiva, rogativa casi desesperada. Sigo esperando respuesta. Una respuesta que sé que no llegará nunca, jamás.
No encajé bien el final de la historia por evidente contradicción, aunque su estado borró las sospechas reafirmándose con su lloro cual verdad acontecida en el rincón escondido, entre las montañas legendarias, a pies del bosque maleficio y en su mente expuesta… Cerré el pico acachando moral, usando cual señal respeto mi propia cabeza inclinada con mirada fugada del espanto ajeno… Y sigo pensando que el edil me lo agradeció de algún modo a juzgar por su gesto humano, cercano en la distancia donde encerraba esa verdad verdadera al igual que muchos otros. Con la peculiaridad de la vivencia incendiaria que va devorando a ritmo silencio. A veces los dominios internos son enormes galaxias chocando entre sí, fundiendo vasto incomprendido con escueto aprendido para emerger del cataclismo cien mil preguntas entorno a una única duda. Algo que bien conocemos ambos, experimentamos desde nuestras rarezas que confluyen marcando un único destino conocido, mascado y definitivo para con nuestra natura. El fin de los tiempos es el principio de los mismos. Ese segundo dispuesto que nos condenó entre llamas y amasijos…
Me contó pequeñeces sin importancia, echaba cucharadas de arena intentando tapar socavón herida y no quise preguntar. Aclaró mucho más de lo que creyera, sus palabras, sus miedos, su forma de entrar y salir de las llamas, siempre circundante a la leyenda del bosque, de la tierra, Madre. Insistiendo en conocer mí ateísmo como todo aquel que se cruzó en nuestro camino o transitó fugaz por nuestros mundos ensoñados. Con toda seguridad algo pasó, seguía pasando centrando nuestra persona en papel protagonista de la errática obra sin escenario aún con telón y focos interés, cambiado por el romántico marco de la arquitectura local y sus pasados negros presenciando el ahora. Algo está pasando, algo nos pasa. Tropezando en equívoco que confunde diluyendo las evidencias, cambiando los papeles, convirtiendo pasados en presente y viceversa.
Doy por sentado que aun estás confundido, acosado por cuestiones que sueltas lanzando contesta lazo que las vuelve atar en tu mundo falaz; sin ser capaz de saber cuál es la naturaleza que te rige, copiando desconocido cercano que te imita cada mañana desde el otro lado del espejo. Te ayudaría abrir los ojos y otear afuera antes de que te engulla del todo la locura. Si tú vagas perdido entre las llamas del infierno, no sólo te estás condenando, también me condenas… A propósito, Remilgado; ¿eres creyente?
¡¿Qué coño está pasando?!
Cuando fue capaz de abrir los ojos olvidando aquellos murmullos dominantes tanto como confusos, advirtió belleza entre nutrida arboleda pinar, suelo húmedo anegado por el fruto del ingente ejercito árbol y agradecido viento que ondeaba su larga cabellera gris, apaciguando en cierto modo el desespero que lo abocó a la locura. Pudo ver entre los troncos a los lobos circundando sobre él, acelerados en distancia vigilancia, animales majestuosos con destellos mirada y blanquecinas fauces asesinas que no llegaban acechar aun sin dejar resquicio por donde pudiera escapar. En el claro soleado despertó repentino descubriendo sus arrugadas manos, su vestimenta enlutada, sus botas camperas que no era capaz de reconocer… Caminó errático hasta el enano charco fruto de reciente lluvia, donde se arrodilló ignorando el peligro de los carnívoros con el único objetivo de descubrir su rostro, su cara, la apariencia que le era imposible recordar por culpa de la rareza que desequilibraba el todo, la nada, en el guiso pesadilla del que parecía condenado a no despertar.
Las realidades se entremezclan con las verdades que siempre fueron, Remilgado. La fe es la trampa, la creencia nos mantiene en el subyugo de la maldita, atrapados en Madre.
Buscó al propietario de la perturbadora voz sin encontrar más que bosque, tierra húmeda, la misma que inició delirio aparente al respirar, leve movimiento casi imperceptible en el centro del claro. El pavor provocó que abandonara el espejo charco sin descubrir su identidad, para agarrar rama cual espada defensa y caminar consternado hacia la nueva rareza, a la espera de que se mostrase de una vez por todas. A la espera de encontrar el camino hacia la realidad. A la espera de hallarse entre las brumas que lo circundaban bajo el sol poderoso y las distintas miradas de los guardianes cuadrúpedos.
Estoy harto de tus paciencias, siempre mostrando amabilidad vana y reprimiendo deseos inconfesables. Somos el rigor que rige cuerpo tras olvidar la vida, gusano nacido de la podrida carne. De nada sirve intentar caminar al unísono con el resto porque no pertenecemos a su naturaleza enclenque, ofusca, obtusa; proclamando libertad y respeto mientras se encadenan temerosos al enfrentarse a esas mismas libertades, con el respeto reducido a su máxima esencia capaz de erizar vello, estremecer alma; pues simplemente es miedo apabullante que no les permite ver más allá de mera divagación, de sus narices. Son tan débiles como tú. Pero ellos no gozan de la oportunidad que el destino nos sirve a hurtadillas, lejos de la mirada omnipotente de nuestra carcelera.
Aceleró la respiración el terreno apareciendo de la nada cuadrúpedo enorme de pelaje nieve y ojos noche, sin destello vida en sus pupilas, con aspecto sobrenatural aun perteneciendo a su contraria, la presente, la regente, la maldita. Quedó a poco menos de un metro, a la expectativa, siguiendo el guion que siguió desde siempre. Inmovilizó ergo el extraño del suelo cuando el animal se sentó mostrando armamento enrabietado sin emitir ningún sonido. Sin erizar lomo ni mantener posición de ataque, sentado, solo mostrando, solo advirtiendo… Comenzando su ritual purificador.
¿Qué me está pasando?
Las almas corruptas no tienen cabida en Madre.―Susurró el animal sin dejar de mostrar su letal dentadura.―Ha llegado tu hora.
Se lanzó esquivando la rama, acometiéndolo hasta el suelo. Rugidos armonizaron el letal ataque del capitán lobo mientras braceaba desesperado intentando salvar su vida, víctima por no comprender que diantres estaba pasando, cómo llegó hasta allí, que era verdad y que ficción. Hasta detener su defensa tras descubrir que el enorme lobo no estaba sobre él, pese a seguir escuchando el cántico muerte interpretado por el animal asesino.
Cuando alzó mirada, observó la carga de unos veinte soldados canes que descendían desde el cerro conquistando el claro, colocó ambos brazos cubriendo testa, regresando el pavor, deliro, al son que encomendaba su alma al todopoderoso, al diabólico, a la suerte, al destino, a lo que fuera con tal de sobrevivir. Pasando la jauría por su lado sin recibir siquiera roce, ignorado o desechado cual presa.
Comprendió entonces el enrevesado, la pesadilla que armonizaba a pocos metros de él, cuando le sorprendió crujido seguido de lamento can, aterrizando a su lado el inerte cuerpo del capitán lobo, decapitado.
¡¿Qué?!
Allá, impávido combatía su propio reflejo, el mismo que arrancara de su cuerpo el líder canino de mirada penumbra, diseccionando su alma para extirpar otra diferente tras atravesarlo cual fantasma, dentellando al que terminó siendo su propio verdugo. Aquél, fiel reflejo de su estampa en la peor de sus versiones, pronto sembró de muerte la escueta explanada desperdigando los cuerpos destrozados del ejército legendario, haciendo aquello que mejor sabía hacer, lo de siempre. Para que imperara de nuevo el tenso silencio tras la masacre.
Maravilloso, supo a poco pero es mejor que nada.―Acercándose al desorientado.― ¿Lo entiendes ahora? Atrapados en el asqueroso bosque leyenda anidado por guardianes mágicos que procuran noblezas destruyendo infernales. Era cuestión de tiempo socavar a nuestra carcelera, Remilgado.
¿Qué eres?
Paso diera sobre la fértil yerba asesinándola en el acto, marchitaba veloz reduciéndose a mero polvo, al igual que los insectos que revoloteaban cerca de aquella dantesca presencia que vestía, hablaba y actuaba igual que él.
Es la segunda vez que me preguntas lo mismo. ¿Recuerdas la primera?
El astro sol se movió errático copiando luminaria linterna, extraña interferencia, decreciendo su poder para dotar en parco segundo fugaz noche, intermitente casado con el resto de delirantes acontecimientos que sólo impusieron desestabilidad en el ya de por sí desestabilizado. Mostrando ficticios en la panorámica que resultaba real.
Le reconoció, claro está, el rostro del propietario de la voz familia, aquellas cicatrices deformando su rostro, exento de cejas, con viejas taras en su semblante, quemaduras. Pensó que se trataba de un yo recién evadido del infierno, aura negruzca capaz de descuartizar incluso el ADN de la mismísima Parca.
¿Cárdenas?
Vaya, me sorprende tu repentino albear, recordar apellido antes que nombre de pila proyecta cierta disociación con la realidad, siempre y cuando uno sea capaz de diferenciarla. Al menos es lo que no dejaba de repetir aquel jodido comecocos en su intento por rehabilitar el estropicio. Aunque es un buen comienzo. Tú y yo somos la misma persona, Remilgado, víctimas de verdugos y verdugos de muchas más víctimas. Me cansa este juego que está durando demasiado en redundo espacio tiempo que quiebra regenerándose en el todo inexistente, lejos de la existencia que nos otorga realidad. Creo que ya va siendo hora de hacer lo que debemos, esa maniobra tan habitual en el resto y que tanto te cuesta ejecutar. Nos esperan glorias deseosas de recibir nuestro estallido, otro diferente, distante del primero que resultó patético, dejando cuerpos desparramados en plena avenida. Aunque es demasiado pronto para abordar esa esencia, ¿verdad? Supongo que te suena a chino. Pronto entenderás.
¿Cómo he llegado hasta aquí? Estaba en la plazoleta, junto al pozo de la consciencia y de repente…
Y de repente abriste los ojos. Es como flas que te rescata o rapta, depende. Llevamos en el asqueroso bosque milenios, Remilgado. Es el modo operante de Madre, siempre nos somete a lo mismo tras zarandear recuerdos contaminados con falsas vivencias, entremezcladas con realidades cuartadas. Sería juego de niños para Madre hacerte soñar con extraterrestres y convencerte, digno de ver. Levántate del suelo y compórtate como aquél que eres.
Al colocar sus manos en la húmeda, sintió punzada gélida que lo estremeció encerrando cordura en barril lacrado que mal resistía en el centro hoguera de su interior atormentado. Sensaciones extrañas que experimentó desviando su atención hacia la copa de los árboles que revitalizaron con su gesta, a diferencia de la yerba abatida por Cárdenas, floreciendo de la nada para mostrar vigorosa juventud. Como si se diferenciaran cual luz y oscuridad, como si el mal sueño concediera trazas esperanza erradicándolas al instante siguiente, como si, y todo lo contrario; por tanto, halló la respuesta…
Estoy dormido, no puede haber otra explicación.
Lo estamos desde hace años, condenados, apartados, a merced de terceros que ni siquiera conocemos. En ocasiones suenan sus voces a lo lejos, algún chispazo camuflado tras relámpago que anuncia tormenta. Pero también estamos despiertos, viajando por el bosque maldito en busca de la choza del escriba, acechando la única senda que atraviesa nuestra cárcel, saboreando la mala suerte de los pocos inocentes que osan caminar por ella para alcanzar el paraíso del llano, como la jovenzuela francesa. No dejaba de suplicar piedad con rota voz, desesperada, al mismo tiempo que su alma chillaba empecinada por culminar nuestra obra, ansiosa...
¿Violaste a la muchacha?
No seas gilipollas, somos mucho más que eso. Ver sin aliento o alentar siendo ciego; disponemos del tiempo necesario para cambiarlo todo, un mísero segundo, no hace falta mucho más. Ella lo agradeció sin ser consciente de que nosotros fuimos… No me queda demasiado tiempo, necesito que ganes de una vez la mano, Remilgado. Quiero volver y acabarlo. Es la hora, nuestro turno.
Agudo y penetrante, le invadió consistente pitido uniforme obligándole a tapar oídos con ambas manos para caer arrodillado en la fértil tierra. Mientras Cárdenas contemplaba sonriente, acuclillado frente al periodista desbordado por nuevo evento que taladraba sus tímpanos.
La visión comenzó a fallarle copiando las interferencias típicas de televisión analógica, entrando en colapso parcial que terminó por inmovilizar su cuerpo, apagando el interruptor…Jaque al rey…
.― ¡Dios mío! ¡Llama a la doctora, rápido! No me lo puedo creer, está despertando.
Variaba entrecortado aun sin abandonar compás, agudo e idéntico pitido en regazo relax, armonizando desde su lado derecho junto a orquesta mal avenida en fondo discordante. Sintiendo la sed como nunca antes e intentando salivar sin éxito, para abrir ergo los ojos y contemplar paneles prefabricados en blanco hueso que poco le decían, hasta que entre el cielo postizo y su tez sorprendida apareció hermosa de ojos apacibles, pestañas gigantes, labios carnosos, mejillas globosas, cabello lacio del rojo vida recogido en coleta, para cantarle:
Hola.―Susurro madre.―Bienvenido de nuevo a la vida, me llamo Adela y soy tu enfermera. La que se dedica a lavarte mientras roncas a pierna suelta. Menuda siesta, ¡eh!
Adela.
Así me llaman.
¿Sigues leyendo el correo a tus vecinos?
¿Cómo?
Necesitó horas para poder sentarse en la cama gracias al motorizado que lo elevó tras superar mareos, donde esperó a la especialista entre apuros varios. No era capaz de ver con claridad más allá de parco metro, sentía terrible flojera en su enclenque cuerpo llegando incluso a no percibir sus extremidades. Y lo que más le fastidió, beber usando una pajita por culpa de la terrible descoordinación, sintiéndose igual que un bebé aventurado en la aventura de descubrirse.
Recuerdo la aldea. El párroco y su hermosa ermita que aun siendo escueta, enana, casi un vulgar cuarto, albergaba belleza en lienzos, retablos, pequeña maravilla dentro de la humildad que se podía respirar entre aquellas milenarias paredes.
Menudo sueño, al menos no lo ha pasado mal.
No, no. No. No es un sueño, estoy seguro. Estuve hospedado en tu casa, Adela, en la suite del piso superior. Cené y desayuné contigo con el grato descubrimiento de descubrirte desechando deseos primarios. Atisbando la pureza del sentido humano, toda una delicia.
Créame cuando le digo que todo es fruto de su imaginación. Yo vivo en un enano apartamento en plena gran vía, como no puede ser de otra forma, compartiendo piso. Lleva en coma cerca de cinco años, señor.
Llámame por mi nombre, tampoco soy tan viejo.
Cual vendaval benefactor y resguardada por varios colegas, entró la especialista con evidente entusiasmo al lograr ser testigo del despertar, el primero desde que comenzó su labor en años cercanos al franquismo. Soltó saludo que supo a poco para ordenar a la atractiva enfermera que saliese del habitáculo, mientras el debilitado intentaba descubrir el borroso rostro de la médico y sus acompañantes.
Tardará en recuperar plenamente la visión, señor. Tenga paciencia.
Llámeme por mi nombre.
No se preocupe, la amnesia es temporal y suele aparecer en estos casos. Se llama Cárdenas, Andrés Cárdenas. Un reconocido escritor y periodista. Hasta ahí puedo leer, como decían en aquel concurso televisivo de éxito. Dejemos el tema para que ocupe horas de conversación. Aquí todo el mundo le conoce, es como de la familia, así que le queda muchísimo por descubrir, descubriéndose.
Yo no soy el monstruo, mi nombre es Remilgado López, periodista en horas bajas. Divorciado desde hace lo que hace y víctima de mí mismo. Cárdenas es un despiadado asesino inhumano, mató al capitán de pelaje blanco y a todos sus soldados legendarios en el bosque embrujado.
Tendremos tiempo para eso, señor. Si lo desea, le llamaremos hasta entonces Remilgado. Ahora necesito chequearle a conciencia.
No me gusta que me llamen por mi nombre de pila, señora. Prefiero que se dirijan a mí como López. Nunca perdonaré a mi madre su pesada broma, más, teniendo en cuenta que no existe ningún Remilgado en la familia.
¿Se despertó tiquismiquis?
Recorrer el mismo recorrido que cuando andaba entre pañales fue la mejor de las aventuras. Cierto que insistió durante meses con aquella historia fantástica que sonaba como les sonó, comprendiendo la situación del escuálido que curiosamente no preguntó que diantres le había pasado para acabar comatoso entre aquellas paredes.
La costumbre se impuso y sus argumentos dejaron de recurrir a lo que creyó vivir, recuerdo veraz, agarrando el inmensurable placer de pasear por el jardín privado del hospital, entre otras tantas rutinas, acompañado por su cuidadora de cabello cobrizo. Recorrían la senda central custodiada por cuidado césped de donde imperaban en evidente estrategia varios rosales formando hilera perfecta, adornando lo bello con diferentes colores; para alcanzar el diminuto mirador techado que exhibía arquitectura románica rozando la perfección. De físico circundo con varias columnas y baranda de piedra, albergaba un único banco del mismo material en el epicentro del cubierto, donde solían sentarse al atardecer armados con cualquier libro. Remilgado amaba la lectura tanto o más que escribir, encontrando enorme ventaja revenida de su amnesia transitoria al haber olvidado los miles que leyó, para poder leer los millones pendientes.
Observar sus aniñadas reacciones ante los grandes conocidos que ya conquistaron su inquietud, afloraba ternura en la afable Adela, la misma que daba comienzo y fin a su efímero mundo recién albeado. Ella jugaba inocencias escogiendo aquellas obras que más le fascinaron, encabezando con la inmortal del “Principito” y sus magias mortales o humanidad vuelta poesía, al menos era lo que pensaba desde que la leyera fascinándose por la fascinante existencia de la obra magna siendo avivada niña.
Aquella tarde tocó misterio, intriga, terror victoriano en el inconfundible estilo de creador único, leyendo cuento de alado en noche tormento, obra encanto del señor Edgar Allan Poe.
¿No tienes curiosidad por tu vida, tu pasado?
Sufrir amnesia no se traduce en padecer tontuna, y consciente esperaba la hora clareada desde la preocupación de la hermosa. Cerró las tapas del mágico que descansó pausado en el borde banco, agarrando la mano de su cuidadora con el mismo afán que lo hace hijo con madre.
¿De qué me serviría? No recuerdo nada, solo lo que a todas luces parece mera fantasía inducida por el coma. La doctora me habló de la terminología que bautiza este entuerto, y tras escuchar complicación capaz de trabar lengua, decidí aprovechar mi amnesia para olvidar el enrevesado nombrecito.―Apaciguando lo que paz emanaba.―Prefiero el plato presente, recuperarme por completo desde las ventajas de no conocer nada, todo nuevo… Un nuevo comienzo curado de peros o pensamientos afligidos. De todos, sin duda represento milagro por emprender sin la necesidad de purgar lo que sea, ni siquiera recordar la purga, nada.
Pero tú no eres un recién nacido, perdiste casi cinco años, dormido. Tu postura denota cierto egoísmo que no llego a entender, te escondes detrás de la amnesia actuando como si recordaras. Si nada recuerdas; ¿por qué temes recordar?... Vino gente a visitarte y declinaste siquiera recibirlos, desechando un pasado que no conoces mientras musitas acerca de esa aldea medieval, extraños fenómenos y muerte. En el hospital se habló mucho al respecto, algunos comenzaron albergar dudas…
¿Dudas? Yo soy quién vivió en ese mundo que nadie cree despertando en este despropósito. Me enseñaron fotos de gente a la que nunca conocí entre tantas y tantas, que si el presidente del gobierno es tal, que si cambiamos de rey y ahora es fulanito en vez de sotanito (…) Soy capaz de nombrar y distinguir todos los colores, leer y escribir, sumar, restar, soy consciente de una vida entera que va más allá de mi viaje a la aldea. Cuando el servicio militar, mis escarceos juventudes en las noches mediterráneas, mis padres, mi excéntrica exmujer. Puede que ahora, en este presente, sea víctima de mi imaginación, del asesino. Que en realidad esté tumbado junto a los cadáveres de los guardianes mientras avanza hacia la aldea con intenciones salvajes. Suelo pensarlo detenido cuando me quedo solo en la habitación… Es posible que siga siendo prisionero de Madre y necesite despertar y encontrar al escriba antes de que el señor Oscuro culmine lo que pretende…
¿Qué puede pretender? ¿No te das cuenta? Argumentas incoherencias, pura y neta fantasía. Fuiste vitoreado escritor que publicó más que ninguno con ventas de vértigo, tanto, que tu apodo es el rey de la fantasía. Estás en la realidad pero te niegas a enfrentarte, como si temieras aquello que eres incapaz de recordar. No lo entiendo.
Puede que sufriera por el ansia de la siempre atenta, abrazando su cuerpo ante la imposibilidad de abrazar su alma, entretanto calló la fémina sorprendida por la reacción infantil del anciano. Deseando verle florecer en el tiempo que le pudiera quedar alejado de agobios o temores revenidos por el trauma que sufrió. Condena infierno que no podía superar siquiera la muerte, el peor mal de males. Terrible lance que con seguridad le perseguiría cuando la normalidad rigiera completa retomando el día a día, para tropezar con el muro lastre conocido por la sociedad que protagonizó acabando como acabó.
La miró esgrimiendo sonrisa mezclada con esa chispa infantil capaz de engatusar a cualquiera, de donde pudo destilar la voluntad del escriba por no ahondar más en el tema. Su paz resultó provechosa dentro de peligrosos lindes, al estar ensoñado por no querer vislumbrar la realidad de quien era y lo que representaba para la inmensa mayoría.
Puede que pase toda mi vida entre estas cuatro paredes, al menos hasta que te jubiles, entonces (…) Solo entonces pediré el alta.
Por supuesto (…) ¿Qué te parece si acabamos la lectura por hoy y regresamos adentro? Son casi las seis y…
Y adoro esta rutina.
Verles caminar de vuelta, inspiraba esa imagen que resta latente en el pensamiento de cualquiera que disfrutó de la compañía paterna en horas bajas, a semanas vista de la visita siempre detestable de la poderosa muerte. Un anciano con batín y pijama azulado y atractiva enfermera uniformada agarrando su delgado brazo, apoyando leve la cabeza en el hombro del renacido y charlando a paso tranquilo, pues así mismo hay que agarrarse tanto la vida como la despedida de ésta.
Lo duro siempre expandía en el cómodo cuarto universo, piso copiado del llano insustancial del pasillo, paredes lisas con pálido algo menos acrecentado y cielo terminado en tono casi gemelo del resto; de la cama mecanizada de hierro, de la mesita o el armario, de la abatible del baño, del marco aluminio ventana o la cortina que la arropaba… Un blanco hueso sintético típico de lares similares, donde distraerse con la televisión era como jugar a las tragaperras, echando moneda y reservando monto ante el cierre por falta de crédito a mitad del filme. Sin aliada radio pues mandaba el hilo musical condenado al silencio a partir de las diez sino antes.
A pesar de los pequeños inconvenientes, encontró grandes ventajas perdiéndose entre las páginas imaginarias que alguien imaginó partiendo de su realidad filtrada, del mismo modo que él filtraba párrafo tras párrafo, tumbado en la grata e iluminando la lectura con pequeña estrella ovalada, incrustada en la lámpara del reinante color monótono.
Silencio roto por el aparato acondicionador que respiraba profundo para inhalar calores y exhalar gélidos, manteniendo el ambiente idóneo que contrastaba con el agobio típico de las fechas canícula del exterior.
Pasó hoja tras humedecer su dedo índice, adicto a la historia terrorífica tanto como cercana del cuervo, precipitando estornudo violento que lanzó hasta el suelo sus lentes de pasta colorada. Mucosidades conquistaron las páginas, su cara pasa y parte de la sábana; obligándole a solucionar el problema con los pañuelos de papel que guardaba en el soltero cajón de la mesita, no sin antes descansar sobre ella la lectura con cierto mimo o ralentí revenido por su amor imperecedero a la lectura, en análisis romántico; o simplemente a causa de su estado declive que agudizaba punzando espalda si aceleraba cualquier acción. Tanto es así, que cuando pretendió recoger las gafas del suelo se vio obligado a arrodillarse con extraño descenso mal coreografiado, al mandar el hitleriano dolor cual director del ballet imposible. Aguijando acá y allá cuando doblaba la bisagra como haría cualquiera en su situación. Rodilla derecha al suelo sin doblar la dolorida, para hacer lo propio con su gemela… Palmas al enlosado e inclinación leve, casi imperceptible, dejando la cara a centímetros de las lentes…
Hay que joderse, de ser un cincuentón con movimientos de veinteañero a esto. Un desgarbado abuelo de no sé cuántos años incapaz de recoger cualquier cosa del suelo sin tener que arrodillarse.
Reverenciado en postura indescriptible y con el objetivo entre las manos, advirtió cuerpo zarco por el rabillo del ojo que permanecía debajo de la cama. Con ambas palmas sobre el pavimento tras soltar las coloradas, hizo lo propio con la mejilla buscando los latidos del firme, para sorprenderse cuando descubrió la vieja carpeta que le diera el supuesto párroco en la supuesta Aldea fantasía.
Ahora me diría la doctora con tono robotizado; tranquilícese, es un síntoma típico en estos casos.
Tras veinte minutos inmersos en misión rescate del imposible zarco, ganó de nuevo el lecho centrando toda su atención en la reconocible, al menos, mucho más que las fotografías de extraños y extrañas que decían ser sus familiares. O el reflejo de su cara en el espejo del baño donde descubrió desconocido octogenario falto de dentadura, de brillo en los ojos, de cabello colorido y con urgente necesidad por alisar aquella esperpéntica piel arrugada sobre arrugas, un auténtico caos donde no existía plancha capaz de deshacer el entuerto.
Supongo, queridísima prueba que demuestra que no estoy tarado, que cuando llegaste a mis manos debí escudriñar tus adentros. Dejar de visionar más allá del horizonte para entender el más acá real. ¿Guardas la verdad?…―La abrió pausado para descubrir lo que siempre supo, estuvo ahí, delante de sus narices todo el tiempo.― ¡Es imposible!
® Dadelhos Pérez
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