LA ALDEA MALDITA Capítulo 7º

La aldea maldita

Capítulo 7º

“Adela y el señor Oscuro”



Adela, solicitó permiso para visitar a su buen amigo tras dejar la caja con sus pertenencias en su taquilla. Como no podía ser de otra forma, la jefa de enfermeras no puso objeción al empatizar con la treintañera relevándola durante el tiempo necesario, así mismo se lo hizo saber con mirada rota, conmovida.
Desde que despertara el durmiente fue testigo de la complicidad entre ambos, de sus paseos por el jardín del hospital. Incluso llegó a fantasear con la posibilidad de que pudieran llegar a algo de no ser por la avanzada edad del octogenario.
A diferencia del último piso, pese a estar en aras de vorágine heterogénea, la barahúnda acrecentaba copiando cualquier mercadillo o zoco a hora punta en la planta baja. Pacientes entrando y saliendo, enfermeras exhaustas, colas en las máquinas dispensadoras e incluso en los baños; al converger urgencias con las consultas externas en descarado desbarajuste agobiante. Argumento utilizado por Andrea en sus discusiones absurdas de cada mañana, al padecer los tormentos por cumplir jornada en el epicentro desastroso del mal organizado.
Amplia sala escoltada por imponente acristalado en fachada y las múltiples puertas enfrentadas al filme natura emitido por la pantalla trasparente, que moría en las correderas automáticas del mismo porte cual entrada principal del centro. Y justo en los bordes de la misma, regimiento de sillas de ruedas y alguna camilla arrinconada, los guardias de seguridad debidamente uniformados, porte solemne, con insignia identificativa que denotaba contrato basura. Puede que por eso distaba tanto la pulcritud de sus vestimentas con el desolado gesto de los esclavos modernos, como solía llamarlos Andrea en la intimidad de la cafetería mañanera.
―Buenos días, Adela. ¿Qué haces por estos lares?―Le preocupó Remigio, segurata cincuentón con capacidad humana disparada, todo un padrazo.― ¿Te encuentras bien? ¿Necesitas algo?
De todos los activos del equipo de servicio de vigilancia privado, el bueno de Remigio era sin duda al que peor le quedaba el uniforme. Su prominente barriga cervecera aun siendo abstemio convencido y exagerado sibarita; con la camisa por fuera en clara evidencia de sus soledades digeridas allá en la cárcel del apartamento divorcio, y un largo etcétera que dejaban a las claras que la felicidad no es coleccionar deportivos, millones o peloteo confundido con respeto. Prueba, la presencia del cercano a la jubilación que demostraba que la ventura reside simplemente en gozar existencia obviando taras. Al menos es lo que la muchacha pensó tras conocerle, testando el radiante estado de ánimo del barrigón que jamás mermó.
―Voy a visitar un paciente que ha recaído esta noche, un amigo, para ser sincera.
― ¿El de las tardes en el jardín?
―Sí, Andrés; el señor Andrés Cárdenas.
― ¿Qué extraño? Pensaba que se llamaba Remilgado López. Supongo que mis oídos andan en horas bajas. Lamento que el viejo alegre se las vea negras, me cae bien y tiene talento. Sobre todo cuando me contó ese fantástico cuento, increíble, no me extraña que venda tantos libros, su imaginación no tiene límites.
―Bueno. Está convencido de que se llama Remilgado López desde que despertó, de hecho, así lo llamo para que no se sienta extraño, esperanzada en que fuera cuestión de semanas, hasta que recuperara la memoria, y al final se quedó con ese nombre, al menos por mi parte. Me habitué a llamarlo así.
―Espero que se recupere, apagar luces en este penumbroso mundo enfermo no es sumar, más bien resta. Y sin duda ese hombrecillo cano es imponente estrella.
―Te lo agradezco, Remigio. Si te apetece, luego podemos tomar café y charlar un rato. Te veo algo tristón.
― ¿Tristón? Tristón el gorrión que no encuentra miga, niña. Soy un viejo sin cargas, solo la mochila de mi cuerpo que carga lo importante, mi alma. Nada de aquí me llevaré al otro mundo, hay que reír, hay que creer…
― ¿Creer?
Mostró sonrisa en su redondo rostro anegado por taras medalla, por ojeras insomnio, barba de tres días junto al repeinado hacia atrás de aquellos cuatro pelos resistiendo el desierto en arrasada coronilla.
―Por supuesto creer en uno mismo. No pienses que abrazo dogmas rechazando mi peculiar personalidad. Nadie se parece a nadie aun siendo todos hermanos.
―Vaya, una nueva faceta, filósofo.
―Más bien asalariado con aires ideológicos de ideas repentinas. Y no me malinterpretes, en mi universo todo casa perfecto dentro de las fisuras que uno cree que existen, que pueda que existan o se empecina para que existan. Pero al trasmitirlo, las formas desvían ligeramente lo que se quiso decir a lo dicho. De ahí que sea vital saber escuchar, filtrar, digerir e interpretar cada pequeñez por muy absurda que sea. No sé si me expliqué bien, Adela. Al fin y al cabo, solo soy un tipo uniformado que pasa doce horas diarias de plantón.
―Eres todo ternura, Remigio. Te entendí a la perfección. Luego charlamos.
―Espero que sea leve lo del escritor, niña. Hasta ahora.
Unos cinco metros más adelante, superadas las puertas de acceso y la recepción, una de tantas salas de espera gobernada por varias máquinas de bebidas y comestibles a la izquierda, asientos de plástico anaranjado fijados al piso en cinco perfectas hileras centrales, encarados al enorme marcador electrónico que iba avisando del turno a los pacientes carentes de paciencia, víctimas de lo inmediato. Y solitaria puerta reservada para el personal, a la derecha; por donde se coló para evitar la aglomeración del ascensor que descendía a los sótanos perversos, las salas de cuidados intensivos y la morgue, sito en el corredor adyacente.
Bajar las angostas escaleras de aluminio alejadas del porte adonis del resto hospitalario, resultó desalentador. Todo aquel que descendía volvía con la tristeza enganchada al alma y ese mal sabor de boca alentado por impotencia. Abajo y arriba domina la muerte, se decía cual habladuría entre los trabajadores del centro sanitario.
Alcanzado destino, empujó la abatible adentrándose en el pasillo silencio tanto como corto, sin lumbreras por la naturaleza de su estado catatónico, iluminado por la artificial que emanaba de las lámparas encastradas en el cielo raso de lisa talla. Paredes del hueso color gemelo al resto del edificio aún más apagado, tristón por estar en el territorio de la morgue, marcador de la Parca.
―Detesto bajar a las cavernas.―Musitó.
El cambio lo marcó la siguiente puerta que presentaba las diferentes salas especiales de cuidados intensivos. Mero tránsito que no dejaba de lado la tragedia, tanto como al imbécil asignado por mala pata, tormento. El pesado drogodependiente y adicto a todo lo que crea adicción, Carlos, que quemaba horario en aquellas dependencias y no tardó en atisbar a la dulce treintañera cruzando el largo corredor a paso firme.
― ¡Hombre! ¿Mira a quien tenemos aquí? Es un enorme placer volver a contemplar tu carita, tus curvas, ese encanto a cada contoneo.―Arrimándola hacia él descarado.―Aun espero saborearte pleno, Adela. Conozco un rinconcito donde podríamos alcanzar un par de orgasmos antes del almuerzo. Me muero por colarme en tus carnes.
―Eres deleznable Carlos. De entrada suéltame y mide bien tus comentarios. No querrás enfrentarte de nuevo al juez, ¿verdad? Déjame tranquila, es mi última advertencia.
De entre nutrido grupo de especialistas que dialogaba a pocos metros, una doctora advirtió el pequeño altercado acercándose a los irreconciliables enemigos que llegaron a pleitos tras la sonada agresión, la misma que figuró en el periódico local y manchó la reputación del hospital. Quedando libre y sin cargos el agresor no por gusto de la afectada.
La médica, consciente, se plantó entre ambos mirando desafiante al enfermero de pelo rizado y destello delirio, provocando con su quehacer que soltara a la treintañera aun sin abandonar su fanfarronería machista. Lo podrido es simplemente podrido se mire por donde se mire.
―Usted dirá, doctora.
―Te sientes intocable por la posición de tu padre pero sólo eres un niñato, saco roto incapaz de empatizar, de evolucionar, avanzar…
―Me encantan los celos. Me ponen, para ser más conciso. Puede que me pierda entre sus pieles en el rincón que ambos conocemos bien.―Oliendo el cuello de la profesional que retrocedió asqueada.―La última vez no estuvo mal, pero seguro que sabe hacerlo mejor.
Cierto extraño obró claro en los ojos enfermos del hijo predilecto, así lo apodaron entre bambalinas cuando se quitó la careta amabilidad apenas superadas un par de semanas en su puesto, para mostrar intenciones enrevesadas que al principio aparentaban simple cortejo de jovenzuelo algo descarado. La noche viene siempre de manos del crepúsculo, ese asesino que raja el gaznate de la luz otorgando oscuridad. Y Adela conocía de primera mano cómo se las gastaba Carlos, el crepúsculo de carne y hueso dominado por los más bajos instintos. Un auténtico animal.
Por suerte, del grupo de doctores se despegó el más veterano al avizorar lo que su colega advirtió antes, caminando enérgico hasta el epicentro para saludar a Adela, mero pretexto que desmontó el teatrillo sin evitar mirada depredadora del déspota. Sacándola de allí tras agarrar de forma patriarcal el brazo de la joven al mismo tiempo que saludaba con gesto a su colega, que nada tardó en evaporarse de allí regresando con el nutrido grupo de colegas.
―Adela, puede que su presencia sirva de algo. Está en la habitación 66, la acompañaré.
―No hace falta, doctor. Si no le importa, prefiero hacer esto sola.― Alejándose varios pasos para regresar.―Gracias, ese tipo cada vez muestra más resentimiento.
―No se preocupe, joven. Pero debería informar a la policía. Esto no suele tener un final feliz, es usted o él.

“Ahora sé que la oscuridad es incompleta, siempre existe destello que la rompe, gélido que la exagera o candor, falso abrazo que confunde para revigorizar llamas devorando lo poco que quedó. Sobre todo al despertar de nuevo.
Reconozco esos agudos pitidos, el olor sintético del hospital, los muchos que van y vienen sin percatarse de mi estado, el auténtico, el terrorífico cual Armagedón que cambiará la existencia en parca centésima.
Reaccionan primero los ojos, fantástica sensación dolor que anuncia la evidencia de que todavía existo en redundo necesario. Luego las manos, ligeros movimientos cual tics entrecortados hasta que comienza a molestar el dichoso tubo de mi garganta cuando recupero toda la movilidad. Estoy aquí aunque todavía no puedes verme.”
Giró a la derecha tras cruzar el pasillo tropezando con la habitación 66 al unísono de sospechoso desasosiego. La puerta permanecía cerrada y la única manera de acceder, llamar al timbre y esperar respuesta.
Aquel habitáculo se concibió para alguna rareza, es lo que pensaba todo el mundo que sabía de ella, pues muchos de los trabajadores ignoraban de su existencia. Así siguió el protocolo, invadida por preocupación aun sin cuestionar fábula.
“No queda otra, agarro el plástico y lo arranco de mis adentros sin poder evitar leve vómito, dejando imprenta desastre en las impolutas sábanas. Otra prueba irrefutable de que estoy en el plano realidad. Todo parece seguir los cauces designios.”
Tras breve, sonaron los cánticos cerrojo abriendo sin más. Un jovencísimo enfermero sonrió asintiendo leve y sin pronunciar palabra, simplemente la dejó entrar.
―Vengo a visitar al señor Cárdenas.
―Lo sé, señorita. La estamos esperando.―Sin borrar sonrisa que comenzara a destilar cierta incomodidad.―El señor Cárdenas está en la cápsula 6, observación. Una macabra coincidencia para los creyentes, ya sabe; puerta 66, cápsula 6… 666, el número de la bestia.
Caminaba encorvado, denotando evidente cojera y extraño respirar, agitado en ocasiones y casi imperceptible al siguiente. Junto a las ropas oficiosas, la mugre de su cabello castaño claro, de sus uñas espanto o las botas camperas que calzaba, atípicas… Estaba segura que algo no cuajaba, de nuevo amarga sensación que enseña llama esperanza en el centro del abismo, con la única intención de adentrarte llevado por señuelo. Por la única y enclenque luz engullida en el vasto reinante del todo, la oscuridad. Viejo truco; mientras atiendes a la débil llama no adviertes el gélido entorno. Jaque al rey. Y desfallece la luminaria bajo simple soplo haciendo lo propio la víctima… Jaque mate.
Aunque lo más extraño no fue el extravagante zagal, en cada “cápsula”, como las llamaba el hueso pellejo, permanecían pacientes sumidos en lo que parecía profundo estado comatoso, gente que debería estar bajo los cuidados de su planta, la quinta. Sumando la infinidad de maquinaria y cableado, cristal ejerciendo de tabique, la falta de iluminación; en vez de sala hospitalaria daba la sensación de futurista nave espacial o el laboratorio confección de Frankenstein.
Todos los pacientes tenían la cabeza afeitada y presentaban horrendas heridas; cortes en sus rostros, pecho, brazos, quemazones en cualquier fragmento de piel visible. Más que dormidos, parecían agonizar a la espera de la que nunca espera, manteniendo sus constantes vitales la milagrosa máquina… Locura, quizás pesadilla.
El piso impoluto en cualquier recodo del hospital allí mostraba dejadez, papeles por rincones, manchas e incluso alguna que otra colilla junto a lo que parecían entradas, billetes de metro o autobús, vete tú a saber. Se pellizcó convencida de seguir roncando en el retrete con la caja a sus pies, la hoja poema entre sus manos y el extraño reflejo monstruoso observándola acuclillado, enfrente. A pocos centímetros de su cara. Mofándose.
―Supongo que nunca visitó estas instalaciones, muy pocos han entrado, señorita. Suele causar diferentes efectos en los primerizos. Gracias a la providencia, ando acostumbrado por mi dilatada trayectoria entre estas cuatro paredes.―Siempre en tono enigmático, caminando algo adelantado a ella.―Aquí están los pacientes más graves, aquellos que sucumbieron en el puente, aquel maravilloso mediodía marcado en el calendario y subrayado en negra negrita. El gran acontecimiento, el pistoletazo de salida. Aunque yo prefiero llamarlo… la resurrección.
― ¿Qué?
“Y una vez reincorporado, muerto quien fuera para ser quien siempre fui. Queda alcanzar la meta, Madre.”
Aceleró el paso dejando atrás a la muchacha que nada tardó en posar su diestra sobre el hombro del extraño, con la intención de dilucidar sus palabras, puede que harta de toda aquella surrealista escena. Pero al tocarlo, las ropas cayeron al suelo mugre sin más, evidenciando pesadilla o afianzando locura, cualquier cosa que no case con la cordura que guía el despierto, vale, de ser así…
― ¡Mierda!
―Hola, pequeña cabrona.― Desde atrás.
“Alcanzar alma, torturar envoltorio, hacer que huya de sí misma para tenerla a merced, culminar meta, aniquilar a Madre y desencadenar el imperio de los Oscuros. ¿Quién me puede detener? Invisible, imperceptible, increíble por estar abocada mi presencia a mera fantasía infantil… Bienvenida a la nueva era, bienvenida a tu particular infierno, recipiente.”
Aliento polar chocó en su piel congelando alma, empedrada de nuevo, volviendo a pellizcar mano para sentir algo más que pavor. ¿Estaba despierta?, puede que anduviera despabilada en sueño profundo; puede que no lo fuera aun perdida en divagaciones con ojos plato, pulmones en funcionamiento, corazón acelerado y gélido sudor invadiendo cada milímetro de piel, del coleto, de su alma… Hasta apreciar la mano diabólica posando en su hombro izquierdo sin sentir calor tacto, agarró sus ropas levantándola en volandas, rajándose la tela para liberarse por capricho… Zanqueó rápida y torpe apenas cinco pasos despavoridos que la condujeron a la pared… no hay más salida que la entrada por donde entraste… Dime; ¿qué vas hacer ahora?
―No hay más salida que la entrada.―Así cuaja el desconcierto, frente a certezas.― ¡Dios santo! Nunca desperté, ¿verdad? Estoy atrapada en sueño reiterado, copiando a los comatosos que cuido desde siempre… No, no…No puede ser.
Cárdenas, mostró su nuevo porte cuando ella lo buscó abatida, resignada frente a lo que parecía el final. Enorme alzada que superaba los dos metros, cabello largo, cano y tez impoluta, sin las viejas taras monstruosas, alejado de la imagen diabólica aun con enlutada vestimenta y sus botas camperas.
Caminó relajado, eco seco diera paso en retumbe inciso cual aguja hiriendo en el desespero de la dama, aun sumido en silencios que todo decían sin necesidad de palabras, para alcanzar el marco de la última donde supuestamente permanecía Remilgado. Tambaleó sus dedos sobre la metálica para ergo, apoyar espalda en la pared sin dejar de canturrear viejo éxito de los cuarenta, sin apartar mirada de la que vagaba peligrosamente hacia la locura, de bruces contra el muro realidad.
Recogió su largo cabello silenciando momentáneo, dando esos segundos tensos del sordo gritón, para cruzar los brazos con la tranquilidad exhibida por depredador saciado frente a presa perdida, indefensa.
― ¿Qué me está ocurriendo?―Le preguntó la gacela al león.
―Buscas afuera lo que está dentro, putilla. Tus juegos, tus besos, tus falsas promesas, tu traición. Lo bueno anhelado desde la más despiadada maldad. Eres un recipiente perfecto aunque todavía queda pulir un poco, hacer sitio, poca cosa.―Abriendo la puerta de la sala 6.―Es curioso, donde habita el tormento siempre existe una puerta. Juego para inteligencias engarrotadas, querida. Tanto el pavor como el amor causan ese efecto. Esta es tu entrada al mundo que habitas, que llevas poblando desde el primer recuerdo que eres capaz de invocar. Entrar, es descubrir nuevos interrogantes. Negarte, bueno; supongo que no consideras descubrir hasta donde pueden llevarte mis caricias, ¿verdad?
Del interior irradiaban destellos entre azulados y blanquecinos, proyectando distintas sombras nada amenazantes. Dibujando bondades en apariencia tras percibir quietud completa que la empujaba a colarse en aquella diferente que la diferenció, que la diferenciaba del resto. Recorriendo sus adentros ese sentimiento innato heredado de la infancia… el hogar, la familia, seguridad y divertimento, donde siempre se sintió a salvo. Ensalada que mal casaba con las brumas del fatídico día, sin saber a ciencia exacta que carajo la condujo hasta el desequilibrio. Qué diantres le esperaba en el otro lado de la puerta.
Tranco primero resultó trago duda, rompiendo el segundo en aras de renacida esperanza hasta alcanzar el tercero, que la dotó de esencias paraíso despojándola de miedo,  frío,  necesidades…
―Bienvenida, niña.―Apostilló cerrando la puerta, dejándola sola.
La intensidad de aquella apacible la deslumbró de tal manera que no era capaz de percibir nada, hasta que menguara la poderosa, lenta, cual cortina o telón que abre enseñando el cuidado escenario.
Pared azulejo enano en blanco cuadriculado y piso terrazo pálido gris, al igual que el horizonte. Volaba por sensaciones placenteras pese a observar celda que le resultaba horriblemente próxima, anexa por motivo insospechado. Y miró el resto.
Varias camas pegadas a la pared con divisorias tela, simples cortinas, hilaban a la derecha en el rectangular habitáculo alcanzando las entrañas, de donde distinguió lumbrera conquistada por los rayos del poderoso astro. El ambiente relajado, en calma gracias a la musiquilla del hilo que sonaba a través de varios altavoces estratégicamente colocados. Y aquel inconfundible aroma que recordaba aun sin saber a ciencia cierta a qué. De todas, se sintió como en casa sin porqués, mártir de sus sentimientos convergiendo en evoco que no le pertenecía. Al menos, eso creyó.
Varios cuadros con imágenes religiosas y crucifijos presidiendo el alto de cada cabezal cama, donde reposaban diferentes personas con gesto sosegado, dormidos, en aras de sueños algodón a juzgar por las idénticas estampas que presentaban todos dentro de la evidente diferencia entre ellos.
En el primer lecho, una niña de apenas diez años, cabello noche y tez inocencia, con tierno oso de peluche roncando junto a su cabecita; que con toda seguridad colocó desde incondicional amor su madre, enfrentada a la tortura de ver desvanecer a su niña. Parecía una muñeca de porcelana por la belleza incuestionable que no cuestionó, quedando atrapada en bonanzas que realzaban su humanidad en lo que a todas luces era el paraíso, confundía con el etéreo prometido por tantas religiones pululando por el caótico mundo enquistado. Ese otro alejado del emperador.
―Sí, creo.―Contestó al terrorífico que quedó fuera del hermoso habitáculo sonriendo malicioso, gozando del momento.
Fue visitando a cada residente fascinada por la paz que todos rezumaban en su descanso hasta alcanzar la última cama, la más cercana al ventanal, donde aletargaba cuerpo envenado por completo a excepción de sus ojos. Y sobre el cabezal, diferencia por la ausencia de simbolismos religiosos, sólo la cama, mesilla y la máquina emitiendo sonido reconocido, entrecortado e insistente.
― ¿Qué te pasó? ¿Un accidente de tráfico?
Agarró el soltero taburete que descansaba en el olvido, a los pies del lecho, para acomodarse al lado del desconocido que respiraba gracias a la ayuda mecánica. Varios tubos descendían de los goteros cual venas sucedáneo que alimentaban las auténticas en su descenso ralentizado, hasta la abertura provocada por diferentes agujas insertadas en la contra palma del convaleciente.
Las dulzonas del hilo musical descendieron varios tonos ante el sobrecogimiento de la apenada muchacha, que en ningún momento abandonó plenitud en extraña contradicción, sumida en postiza paz inexplicable.
Entonces, copiando las ya sufridas, un ruido interrumpió su comulga. Miró hacia las cortinas divisorias sin prestar demasiada atención a la rareza auditiva, ese primer acto antes de que entrase de lleno el desconcierto como ocurriera en el baño del quinto, en la entrada a la habitación 66.
Cuando regresó atención al rostro venda, fijándose en aquellos ojos con las persianas echadas, se percató de la gravedad que sufría, quemaduras…
“Dale alpiste y creerá en aquello que quieras, la condición del alma reviste influenciada por la experiencia carne. Guerra sanguinolenta, ánima abatida. Es tan fácil burlada la barrera que me atrapaba en el asqueroso bosque presidio, con los guardianes, el Maestro y Madre.”
Tornó el ruido como si cayera cualquier objeto en las inmediaciones de la entrada, luego silencio roto por el tema musical, éxito sonoro de los cuarenta, para percibir correteo leve acercándose a ella, similar al galopar de cachorro can en pleno juego.
Se levantó enrarecida al no poder despojarse del plácido sentimiento en confrontación interna, era como si su alma impidiera al miedo resurgir para avisar del inminente peligro.
Tras pirueta quimérica se plantó a los pies de la cama el imposible de imposibles, con brazos en jarra, sacando pecho arrogante y cabeza algo ladeada en su porte chulesco. Solo le faltaba rojiza capa y el inconfundible sello con la archiconocida letra. Claro está, sonando los acordes del Superhéroe de cómic y pantalla.
―Con esto, confirmo que ando dormida sin ninguna duda. Aunque confieso que es tierno de ver, tanto como inaudito.
―No hay tiempo.―Voz ridícula en tono pito.
Se trataba del oso de peluche que dormitaba junto a la pequeña, ilusión sin dudas ni terrores a todas luces, si es que le quedaba alguna, frente al despropósito infantil del sueño que al menos dejó de ser pesadilla.
No pudo evitar alargar su derecha para tocar le barriga azabache del peluche vida, alucinada por la versión macarra de los osos amorosos, a la par que el muñeco mal miraba su quehacer, nervioso, inquieto por algún motivo.
―No hay tiempo, ya te explicaré.―Agarrando la mano de la enfermera para empujarla violento hacia el cuerpo envenado donde se fusionó.
En la puerta, apoyado en la pared, esperaba el momento justo para iniciar su obra magna siguiendo a pies puntillas el guion. Cárdenas, presintió el desvanecimiento de la muchacha, sonriente, convencido del éxito. Para avanzar hacia la salida de la imaginaria habitación 66 con intención intacta y objetivo al alcance.