sábado, 6 de octubre de 2018

EL DUELO

Cansado. Harto. Hasta los colgantes capitaneados por la salchicha menguante.

¡Vil, hija de puta!

Ahí está, me espera dispuesta a combatir hasta el último aliento. Mírala, maldita descarada. Impávida vacila esperando que saque el hierro y lo hinque en sus entrañas, gire, la abra en canal para chillar insultante. ¡Lo tienes merecido, puta de mierda! ¡Jaque mate!

La miro dificultoso y hallo alianza en la pared de la escalera. Me apoyo, avizoro. Urgo en el bolsillo y rescato. No, no dudo. No tiemblo o pienso. Tengo el hierro y mando, gobierno, a pesar de las copas que mellan, el sueño que aflora o la lentitud de mis movimientos.

Ya no me teme, se descara por la ventaja que cree tener, decidida a impedir mis deseos imponiendo los suyos. Lo vuelve a intentar como lo intentó ayer.
¡Hija de puta! Y me avalancé acuchillando sin acierto, tanto, que el hierro aterrizó en el suelo por mi torpeza.
¡Mierda! ¡Maldita sea!
Recojo, encaro y ataco. Y ataco. ¡Y ataco desmedido, decidido, ofuscado!

-¡Joder, Rogelio! Todas las mañanas la misma historia. Tienes que dejar la bebida.

Jodido vecino, métete en tus mariconadas, pensé. Es posible que lo chillara, no estoy seguro dentro del obtuso cosechado por la parranda, el trago, la risa y el mal recibimiento de la asquerosa cerda petrificada frente a mi locura.

Me robó el hierro, miró a la hija de puta, le insertó puñalada a la primera, sin contemplaciones. Y la abrió en canal ignorando el fragor de nuestro particular duelo para decirme.

-Métete en la cama y deja de beber, amigo. Te dejo las llaves en la mesa.

Y como la abrió, cerró la puta puerta.

©La Ranura de la puerta

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